Preflash, de John M. Ford

El prematuramente desaparecido John M. Ford (1957-2006) era un bicho raro dentro de la fantasía y la ciencia ficción. Sus argumentos intentaban, siempre, alcanzar la máxima novedad, dando giros que los convertían en atractivos (pero no comerciales: la originalidad y la comercialidad son cosas distintas); su lenguaje siempre se adaptaba a estos argumentos, lo que ha sido motivo para que se le criticase la falta de "estilo" y, porqué no decirlo, desconcertara a los lectores habituales de género. No obstante, fue un autor irreductible en sus creencias literarias, y no se puede sino lamentar que su obra haya quedado truncada por la muerte. Probablemente, el cuadro hubiese adquirido más sentido cuanto mayor hubiera sido lo escrito.
Preflash es uno de esos relatos desconcertantes. Tanto porque su argumento es potente en extremo como porque su final es tan abstracto y enigmático como para considerar que o bien se trata de un relato mal terminado o que sencillamente el autor quiso darle un final en extremo abierto. He tenido mis dudas en si merecía la pena comentarlo o no (a Ford le hubiese gustado eso), pero su planteamiento, insisto, es tan potente que el final abierto no puede desmerecer la visión (porque es un relato enormemente visual, como no podía ser de otra manera) de lo que lo ha precedido.
A. D. Griffin es un corresponsal de guerra. Cámara al hombro es muy bueno, y ha aprendido el oficio con el mejor. En un incidente mientras está filmando una reunión neonazi en Iowa, un disparo destroza la cámara en su hombro, causándole daño cerebral. La cirugía no puede hacer nada por remediarlo, y cuando vuelve a la vida normal, padece doble visión. Su ojo derecho ve el mundo y las personas como son, su ojo izquierdo ve el destino final de esas personas, su muerte.
Griffin no vuelve a los campos de batalla, y se dedica a filmar videoclips musicales para una pareja ciertamente singular, la de la cantante Suzy Lodi y su letrista y mánager Jesse Rain. Lo que les hace tan peculiares es que los ve completos. No hay muerte en sus destinos reflejada en su visión. Y sin duda esto quiere decir alguna cosa, y más cuando el letrista pasado un tiempo, conversa con A.D. y parece saber lo que le pasa, y lo asimila a un don que él también posee, el de hacer variar el destino de la gente con sus letras. Por lo que insinúa el relato, A.D. podría también variar el argumento de la película que ve con su ojo izquierdo, haciendo que los finales fueran diferentes.
Pero ersto es mera especulación, porque el final, como ya hemos dicho, se hace menos explícito desde esta conversación con el letrista, hasta pasar a ser ciertamente interpretable como una fantasía total o una imagen metafórica.
No obstante, el pathos que lo precede es enorme, y toda la narración es un continuo salto a imágenes de la vida anterior de A.D., al presente, a las enseñanzas que recibió de su mentor Carrick y de nuevo al presente, lo que compone un caleidoscopio de sensaciones y sentimientos del propio A. D., más que de hechos.
Sobre todo es un relato estimulante. Cualquiera es capaz de crear su historia basándose en los postulados que Ford traza en Preflash. Y tal vez fuera esa su intención al escribir un final tan abierto.

En Demons & Dreams. The Best Fantasy and Horror 2
Legend / Random Century
Londres, 1990 [1988]
Ed. de Ellen Datlow y Terri Windling

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