El Guardagujas, de Juan José Arreola

El genial autor mexicano Juan José Arreola tiene varios padres literarios: Papini, Marcel Schwob... Pero sucede que su producción es inmensamente variada en estilo y temática, de manera que no puede ser adscrita a una corriente. Y, además, Arreola ha llegado a tener un estilo tan propio que se puede afirmar que, bebiendo de todas las fuentes, las ha transformado hasta dejarlas irreconocibles y convertirlas, así cambiadas, en cosa únicamente suya.
Es lo que sucede con El Guardagujas, que escribía Borges era el cuento más popular de Arreola, en el que la primera referencia que nos viene a la cabeza es la de Kafka, pero que pronto descubriremos que cuando Kafka escribía de forma universal, Arreola viaja de lo universal a lo local para entonces, en un trayecto genial, trascender de nuevo a lo universal. Y si Kafka era un autor de lo más serio y angustiado, Arreola casi siempre emplea un humor mordaz, que critica, de nuevo, los usos y costumbres del país para que, al final, el lector comprenda que en realidad esos usos y costumbres no son sino una variación de la demencia humana.
En este relato nos hallamos ante un viajero que desea ir en ferrocarril hasta T. En un país donde la red ferroviaria es excelente, la planificación absoluta, los horarios irreductibles. Todo lo cual estaría muy bien, si no fuera porque «Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
»─Pero ¿hay un tren que pase por esta ciudad?
»─Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo, mediante dos rayas de gris. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder.»
Acaban ustedes de leer unas de las primeras vueltas de tuerca de este relato. No son las únicas, antes bien, a cada párrafo se produce una nueva que incrementa una carrera hacia el absurdo, hacia un clímax de la estupidez humana, perfectamente organizada y lógica, eso sí, que es como a la humanidad le gusta que sean sus estupideces. Incluyendo una sorpresa final que, después de lo que antecede, no es sino una especie de metáfora de la claudicación del individuo y su integración en la locura colectiva.
Un relato maestro, que pueden leer en su integridad en el enlace al pie de esta reseña, en el que el humor desaforado no hace sino reforzar la perspicacia que muestra su autor en el análisis de los comportamientos humanos.

En Mujeres, Animales y Fantasías Mecánicas
Tusquets Ed., col. Cuadernos Marginales
Barcelona, 1972 [1952]
Selección y prólogo de Jorge Arturo Ojeda

Texto de El Guardagujas

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