Carta a una Señorita en París, de Julio Cortázar

Tal vez, si lo han leído, no identifiquen el relato por su título. Les doy una pista: es el del hombre que vomita conejitos.
Y si no lo han leído, esta frase debería despertarles curiosidad. Porque, en efecto, el relato es una carta escrita por un hombre que está alojado en el apartamento de una señorita que está en París; un hombre que, sin embargo, tiene un secreto, y es que más o menos una vez por mes, vomita un conejito. Algo controlable, y no demasiado molesto, puesto que ya tiene costumbre y sabe cómo resolver la situación. El problema es que, ya subiendo en el ascensor para instalarse en la casa, vomita uno. Y al cabo de dos días, otro... y así hasta diez.
Habrán observado que he descrito el fenómeno anterior con la mayor naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo; bien, el fantástico, el realismo mágico si quieren, es así. El lector diluye las fronteras entre realidad y fantasía, entre plausible o inesperado, entre normalidad y anormalidad.
Si recorren internet buscando explicación a este relato, que empieza de forma ciertamente humorística y acaba trágicamente (al fin y al cabo, se trata de la carta de un suicida), se encontrarán conque no se da ninguna, salvo el mero encasillamiento en el orden fantástico del mismo. Ciertamente este relato es un enigma. Acostumbrados como estamos a un Cortázar simbólico, se nos hace extraño que no pueda añadirse al cuento una clave de interpretación. Puede que no haya ninguna, y que Cortázar quisiera expresar sólo lo expresado en el texto, un relato entre cómico y trágico en el que se produce una situación irreal o surreal. Ciertamente podemos buscar alguna. Los conejitos, que hay que mantener en secreto y que ejercen una presión psicológica tremenda sobre el protagonista podrían ser vistos como una alegoría de la clandestinidad. No hacía tantos años que Argentina había pasado por una dictadura cuando se escribió el relato. Sin embargo, el final es demasiado derrotista como para creer que Cortázar haya escrito el cuento con esa intención.
Más bien creo que, y prefigurando un poco el universo en el que se situarán cronopios y famas, Carta a una Señorita en París es un relato de lo opresivo del orden, de lo angustioso que puede ser el caos, lo dionisíaco, angustioso no por sí mismo, puesto que el protagonista bien que admite a esos diez conejitos y sus destrozos en la casa mientras puede controlarlos, sino por lo qe representa frente a los demás: cuando el onceno conejito surge, hay algo que se quiebra, lo apolíneo ya no puede ser recuperado, el protagonista quedará deshonrado, avergonzado ante todos, y ante esa perspectiva, decide quitarse la vida.
En esta dualidad entre lo apolíneo y lo dionisíaco, y en el perpetuo equilibrio (o control de su desequilibrio) en el que nos movemos, creo que radica el intríngulis. Al fin y al cabo, justamente el noventa por ciento de la literatura fantástica trata de esa dialéctica.
Como digo, se estaba a un año vista de que Cortázar empleara por primera vez el término "cronopio", esa palabra que distingue a esos seres humanos que rompen los moldes de lo apolíneo, que trascienden la vida introduciendo en ella un elemento de caos que, no obstante, resulta benéfico.
Creo que es una explicación tan buena como cualquier otra. Pero nunca olviden que por encima de las interpretaciones está la literatura. Sobre todo ello, piensen que Carta a una Señorita en París es un relato perfectamente escrito, digno del mejor Cortázar, un cuento que merece la pena leer, aunque sólo sea por sí mismo.

En Los Relatos. Ritos
Alianza Editorial, col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19763 [1951]

Publicado originalmente en Bestiario

Texto de Carta a una Señorita en París

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4 comentarios:

Lola dijo...

Adoro a Cortazar. Y este relato es uno de mis favoritos. Lo que empieza como algo surreal y hasta cierto punto cómico en un principio va tiñendose de angustia como una cuerda que se tensa demasiado. :-/
En conejito once es el que rompe la cuerda, acaba con el equilibrio y origina la tragedia.
Interesante tu confrontación entre lo apolíneo y lo dionisíaco.
Un saludo.

Peke dijo...

Creo que hace más de treinta años que leí los maravillosos cuentos de Cortázar, no sé si todos, pero una gran parte. Me suena este que comentas, pero no lo recuerdo con exactitud. Sí me quedaron grabados otros, como Casa tomada, el del jersey o el del hombre que lee un libro en el que el amante de su mujer lo va a matar y es lo que está ocurriendo (grandiosa obra en ¡una! sola hoja).
Me asombra que haga tanto tiempo desde entonces. ¡Ays!

Lluís Salvador dijo...

Hola, Lola:
Gracias por el comentario y la apreciación, en la que coincidimos. Añado el tono epistolar, que siempre parece más analítico, y que ayuda a que el relato tenga un punto de inquietante desde el principio.
Y creo que esa confrontación se da muy a menudo en la ficción de Cortázar. Ya emenudo en la no ficción, como Los Autonautas de la Cosmopista, una idea dionisíaca en el más prosaico y apolíneo (aunque feo) de los escenarios, como es una autopista de peaje.
Un saludo!

Lluís Salvador dijo...

Hola, Peke:
Durante mucho tiempo este blog tuvo una deuda con Cortázar que he decidido empezar a saldar poco a poco; de modo que aparecerán más relatos suyos reseñados aquí, incluyendo los que citas.
Y te recomiendo su relectura... :-)
Te aseguro que se revalorizan con el tiempo.
Un saludo!