Nothing in the Rules, de Lyon Sprague De Camp

En The Mammoth Book of Fantasy All-Time Greats
Robinson Publishing
Londres, 1988 [1939]

Dentro del repaso que estamos haciendo al Fantasy hall of Fame, esos relatos inmortales que, escogidos por votación de los profesionales que concurren a la World Fantasy Convention, y que representan lo mejor del fantástico desde que Poe puso el género en la modernidad hasta la instauración de los premios mundiales de fantasía, dentro de ese repaso, decía, llegamos a una época curiosa. Tan curiosa que sólo puede explicarse haciendo un poco de historia.
Las revistas han representado un papel fundamental en el desarrollo del género fantástico (que incluye tanto la fantasía y el terror como la ciencia-ficción; algo parecido, aunque a menor escala, puede decirse del policíaco en relación con la revista Black Mask). Tenían, no lo olvidemos, una vocación descaradamente popular, un objetivo claro como eran las ventas. Pero también eran un estímulo (mal remunerado, pero remunerado al fin y al cabo) para nuevos escritores, que podían "probarse" a sí mismos mediante un relato, sin tener que escribir un novelón, aprobar el examen y pasar la criba y ser publicados... y recibir una respuesta (hoy se llama feedback) de los lectores.
Weird Tales ha sido siempre el epítome de este fenómeno. Era la revista en la que todos querían publicar, y su criba darwiniana fue en la que (aunque publicó muchos relatos francamente olvidables) gente como Howard, Lovecraft, Clark Aston Smith y muchos otros entraron en la relación biunívoca de mejorar sus escritos para seguir siendo publicados, y ser publicados porque eran talentos cada vez mejores.
Estamos hablando de una revista que, en el fondo, no tenía un director que pretendiera ir más allá de las ventas: sencillamente esos autores vendían más porque el público los reconocía como buenos, de modo que los directores pedían más material a esos autores. (Digamos, de paso, que el público no siempre es sabio ni infalible; la mayor estrella en ventas de Weird Tales fue Seabury Quinn, un autor del que hay que leer por lo menos uno de sus relatos de la serie Jules De Grandin... y no volver a leerlo jamás.)
Pero cuando existe un director de revista inteligente, las cosas pueden ser todavía más estimulantes. John W. Campbell fue uno de estos directories, hasta el punto en que dentro de la historia de la ciencia-ficción se habla de una "Era de Campbell". Era exigente, y devolvía manuscritos (debidamente anotados) a firmas ascendentes como Asimov o Heinlein. Tenía, aparte de su visión personal sobre la ciencia-ficción, la idea de que el género fantástico, si quería pervivir, tenía que estar bien escrito.
Pues bien, la editorial en la que trabajaba Campbell compró otra revista y también le encomendó su dirección. Esta revista era Unknown.
Uno no debe hacerse la competencia a uno mismo. Un tipo inteligente como Campbell lo sabía, y abrió una línea nueva para Unknown.
Y creó un fenómeno. Pese a su corta vida como revista, unificó una corriente, prácticamente la creó de la nada, y cualquier aficionado estadounidense hablará de Unknown con reverencia, aunque no haya tenido jamás un ejemplar en sus manos. De repente, escritores que enviaban sus relatos humorísticos, de fantasía ligera, irónicos, aéreos (y que los enviaban casi como una broma, sin esperanza de publicación) empezaron a recibir notas que decían que en Astounding no les interesaba para nada ese material, pero (con las habituales anotaciones de Campbell) Unknown sí estaba interesado; ¿tal vez el autor tenía más relatos de ese estilo? Bajo la égida de Campbell se creó un estímulo para un estilo, para lo que los anglosajones llaman whimsical, caprichoso, extravagante, fantástico no en el sentido de irreal sino de inusitado. Este estilo encontró un canal de expresión que rápidamente fue copiado por las demás revistas, que procuraron incluir en cada número un relato "al estilo de Unknown".
No tengo ni idea de si este Nada en las Reglas se publicó en Unknown o no. Y da igual. De Camp ha sido definido por un crítico como "el epítome del autor de Unknown debido a su mezcla de lo fantástico y lo humorístico, que evocaba con precisión el tono exacto de la revista" [Baird Searles, A Reader's Guide to Fantasy], de modo que este relato (y otros que figuran en este hall of Fame) hubieran sido improbables sin la existencia de Unknown.
Y como relato, sorprende por su aparente sencillez. Si les digo que las reglas en cuestión son las de una competición de natación, si les digo que hay un elemento de fantasía, y que el relato debe por fuerza ser humorístico, sólo hay una solución posible, y es la que se imaginan: llevar a competición a una sirena.
Y sin embargo... De Camp no se detiene en el mero chiste. Por suspuesto, complica las cosas con las peculiaridades de la sirena, con los peros reglamentarios que se pueden oponer, etc. Y sin embargo... Hay suficiente pathos en este cuento. Es un tall tale, por supuesto, expresión casi intraducible que se refiere a la historieta, al relato de algo que resulta increíble pero que, tan sólo admitiendo una pequeña premisa, resulta verosímil. Pues Nada en las Reglas es uno de esos tall tales: sin pretensiones, sólo distraer, hacer sonreír, reír incluso. Pero uno llega a interesarse por los sentimientos de esa sirena. Y a compadecerse del pobre Vining, que la ha hecho participar en esa competición, por lo confuso y desolado que se siente al despedirse de ella...

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