Come Dio Comanda, de Niccolò Ammaniti

Arnoldo Mondadori Ed., col. Scrittori Italiani e Stranieri
Milán, 20063 [2006]

Es un curioso ejercicio comparar este Como Dios Manda con Io non Ho Paura; las similitudes son evidentes, tanto que ambas obras parecen las caras de una misma moneda, pero teniendo en cuenta que la una es el reverso de la otra.
Ambas comparten la bien conocida premisa de que cuanto más corrupta es una sociedad más corrupto es el individuo.
En una landa marginal y suburbial viven Rino Zena y su hijo Cristiano, una pareja que forma una familia tan desestructurada como pueda haber, que mantiene una unión basada en el amor paternofilial, pero también en un odio profundo contra toda la sociedad, que ven ajena y agresiva. Así, sólo tienen dos amigos: Cuatro Quesos, un marginado retardado después de haber sufrido una descarga de alta tensión, y que tiene toda la apariencia del loco inofensivo pero que va acumulando todos los desprecios y mofas que le hacen en una psique aislada y propia que amenaza con estallar en cualquier momento; y Danilo Aprea, que vio morir a su hija en el asiento trasero de su automóvil debido a una concatenación de defectos industriales y mala fortuna, una muerte que le obsesiona y que le ha causado la ruptura de su matrimonio, algo que nunca ha acabado por asumir y aceptar, y un alcoholismo galopante, que por supuesto cree que controla.
En esta acumulación de odios y desesperanzas que se realimentan entre sí, pasar de la pequeña delincuencia al gran delito representa un paso muy corto. Así, acuerdan lanzar un vehículo pesado contra un banco y llevarse el cajero automático entero. Pero, en una noche en la que diluvia, un hecho mínimo provocará una cadena de acontecimientos trágicos para todos.
Donde en Io non Ho Paura teníamos un padre fundamentalmente honrado que se abocaba a la delincuencia para que su familia viviera mejor, aquí tenemos un Rino brutal, nazi y xenófobo cuya visión de la vida pasa por la violencia y una eterna revancha contra una sociedad que ve como enemiga. Donde había un hijo normal, bueno e integrado, aquí hay un Cristiano que desearía serlo pero que es un marginado por desconfianza hacia los demás y por seguir a su padre, al que admira, aunque con unas dudas existenciales enormes al respecto de llegar tan lejos en el odio.
Es en la descripción del ambiente que crea estas personalidades donde Ammaniti llega a sus más altas cotas: la miseria e incultura permanente (reforzada por una televisión omnipresente como un personaje más, que sólo mantiene el status quo mediante el atontamiento de los espectadores) que hacen que la vida se vea como una lucha continua contra los demás y la violencia sea un mecanismo compensatorio. La incapacidad de los mecanismos sociales, no en ayudar o remediar, sino en comprender a los que pretende proteger e integrar. El abismo entre estos mecanismos sociales y la sociedad en sí, con actuaciones totalmente divergentes.
El ejercicio que propone Ammaniti es duro: comprender a alguien fundamentalmente despreciable, compadecer a un niño del que sospechamos ya es demasiado tarde para que tenga una posición estable en la sociedad. Entender a un loco al que, en definitiva, nosotros somos quienes hemos dejado suelto y al que, al menos en parte, nosotros hemos vuelto psicopático por acumulación.
Las cosas se hacen como Dios manda. Pero, nos dice Ammaniti, en realidad Dios no manda hacer nada. Somos nosotros los responsables, en parte porque no hacemos lo que fundamentalmente manda Dios y en parte porque esperamos que alguien nos diga qué manda Dios realmente. Y uno sospecha que, para que le hiciéramos caso, ese alguien tendría que ser el propio Dios.

Portada y sinopsis de la edición italiana
Portada y sinopsis de la edición castellana

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