The October Game, de Ray Bradbury

En The World Fantasy Awards, vol. 2
Doubleday, col. Science Fiction
Garden City (Nueva York), 1980 [1948]
Ed. por Stuart Davis Schiff y Fritz Leiber

Cuando se habla de Ray Bradbury, la palabra más empleada es "poesía". Es una caracteríatica auténtica de su obra, y ciertamente en ella desarrolla una visión poética, muy americana y tal vez nacida de los grandes espacios, en la que uno puede trasladarse al espacio infinito y a los planetas distantes manteniendo una actitud de contemplación desde el porche de casa. Es una característica casi propia de la poesía americana, el considerar el universo entero como una extesión del individuo, hasta donde puede alcanzar, no su vista, sino su pensamiento, mientras que alrededor del poeta que mira se percibe el olor de la tierra, la hierba bajo los pies y la pertenencia a un fragmento de ese universo.
Pero poesía también se halla en la otra visión de Bradbury, y esta otra mirada es una de tintes macabros. Recordemos que, antes de mirar a cómo se elevaban esos cohetes hacia Marte, Bradbury siempre fue un niño que, cuando creció, no olvidó ni ese reino de la infancia y sus ceremonias ni el hecho de que el mundo es cruel y despiadado. Su primera colección de relatos fue publicada por Arkham House, un raro honor, pero también un recordatorio de que antes de explorar las oscuridades del espacio, Bradbury había explorado las oscuridades del alma humana.
El Juego de Octubre (no confundir con su colección de relatos El País de Octubre) es un cuento cruel, un cuento de choque, un cuento de terror, pero un cuento dulcificado por esos rituales infantiles que son inofensivos y evocadores salvo cuando caen en las manos de un adulto.
Por descontado, al octubre en el que se juega el juego le quedan pocas horas de vida, porque se trata de un juego de Halloween.
Mich es un hombre amargado. hay muchas causas para su amargura, pero además del fracaso profesional está la monotonía, el que su esposa no pueda volver a tener hijos y que su hija no se parezca en nada a él. Hay más motivos, pero esta burda enumeración es obra del que escribe estas líneas. Bradbury, en una prosa melancólica que evoca al mejor Poe, no hace un casus belli sobre el trazo psicológico de Mich ni sobre sus imperativos mentales. En un flujo que se mueve desde la cotidianeidad hacia la locura pausada y nada estridente, el relato deja claro que la venganza de Mich no se satisface con el divorcio; desea algo más, y es arrebatarle la hija a su madre. Y en la fiesta de Halloween que se ha organizado en su casa, en el sótano, los niños y los padres que han asistido a ella empiezan a seguir el juego tradicional de "La bruja ha muerto", dirigido por Mich. El juego en el que, a oscuras, alguien va entonando pareados (del estilo "la bruja echaba mal de ojo, aquí están sus despojos") y pasando objetos a los reunidos en corro. ¿Qué objetos está pasando Mich?
Realmente, hay que leer este cuento de Bradbury para reconocer que, más allá de la historieta macabra, hay una densidad, una progresión, una lógica, un ritmo que lo hace en extremo delicado. A eso se le llama poesía, ¿no es cierto?

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