How the Wind Spoke at Madaket, de Lucius Shepard

En The Mamoth Book of Short Horror Novels
Robinson Publishing
Londres, 1988 [1985]
Ed. de Mike Ashley

Lucius Shepard vendrá más veces a este blog; material tengo (aunque muy poco traducido al español), estilo y originalidad le sobran, y su ficción, a veces declaradamente de género, a veces imbuida de un cierto realismo mágico, a veces basada con firmeza en el realismo, pero pasada por el monólogo interior y modificada por la perspectiva del protagonista, es interesante y reminiscente de muchos ismos, pero con un paso adelante que la hace propia.
En el caso de Cómo el Viento Habló en Madaket, Shepard entra en el cuento de terror sobrenatural, pero como acostumbra va más allá del estereotipo.
En Madaket, población vecina a nantucket, isla ballenera y feudo de Edgar Allan Poe desde que escribiera su Arthur Gordon Pym, vive un escritor con un problema sentimental pasado, una situación de pareja que no sabe si tiene futuro y un presente creativo muy fructífero.
Conforme crece en él un sentimiento de inquietud, en el pueblo empiezan a producirse desapariciones inexplicables en principio. La respuesta parece hallarse en un cúmulo de basura flotante que ha aparecido en un punto muerto entre corrientes. Y la respuesta es que un elemental del aire ha ido tomando entidad; algo que se hará evidente, incluso para el escéptico policía del pueblo, cuando este elemental, como un niño malcriado que prueba sus poderes y se divierte con ellos, provoque una orgía de muerte y destrucción en el pueblo. Shepard empieza a desmontar tópicos, aquí: los elementales, figuras míticas de la religión natural, siempre han sido representados como ajenos, ausentes e ignoradores de la raza humana. O bien, en un fenómeno de domesticación psicológica, integrados en la magia y la religión. Shepard, en cambio, describe un ser que es consciente de la presencia humana; le importamos poco, pero algunos de nosotros puede que excitemos su curiosidad. En ambos casos, la conclusión es terrible. Y también, y sin tratarlo como tal directamente, considera al elemental como un personaje. Difícil de expresar por escrito, pero lo logra, y es una vuelta de tuerca que se agradece.
La ficción de Shepard es siempre difícil de describir, porque por una parte depende mucho de las impresiones que el lector siente, y por otra porque puede combinar la descripción detallada con la ambigüedad de conceptos y su expresión en el relato. Que ningún lector espere más explicaciones de las necesarias; el resto serán impresiones, sentimientos, conceptos expresados más entre líneas que sobre el papel. Esto pone una carga, de trabajo si quieren, sobre el lector, pero también abre las posibilidades de interpretación a cada uno, con lo que le hace partícipe en el desciframiento del relato. Es una técnica difícil de conseguir sin convertirse en tramposa (demasiada ambigüedad, y el autor se reiría del lector) o en intrusiva (demasiado poca, y el lector se encontraría con una lectura dirigida). En hallar ese punto justo, en el que el lector mismo se encuentra incitado por lo que el autor le cuenta, es en lo que Shepard ha conseguido una excelencia que es casi su marca de fábrica. Y que sólo los grandes escritores pueden conseguir.

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