Nadie Encendía las Lámparas, de Felisberto Hernández

RM Verlag, col. Perfiles
Barcelona, 2008 [1947]
Prólogo de Italo Calvino

La cuestión de las genealogías literarias es omnipresente. Aquello de qué autor ha influenciado a quién, qué nombre abrió el camino que después recorrió otro, etc. En ningún caso esto resulta tan evidente como en el de Felisberto Hernández con Julio Cortázar. El mismo Cortázar declaró: "desde la muerte o la distancia, hombres como Aragon, Felisberto Hernández, Rimbaud, Gastón Bachelard, Merleau-Ponty, me ponían una mano en el hombro, me empujaban hacia adelante". Esto no quiere decir una simple imitación o copia; también declaraba que su impulso era "seguir sin imitar" [Ernesto González Bermejo, Conversaciones con Cortázar]. Sin embargo, fácilmente puede vislumbrarse algo del futuro Cortázar en el inicio de La Mujer Parecida a Mí de Hernández: «Hace algunos veranos empecé a tener la idea de que yo había sido caballo».
En los cuentos reunidos en esta colección, la realidad sufre una transformación sutil que la introduce en un mundo fantástico, que no de fantasía. Hernández emplea esta intrusión de lo fantástico en lo cotidiano de forma insidiosa, entendiendo esta palabra no como malintencionada, sino como una filtración sutil e inapreciable que tiene la cualidad de modificar toda la atmósfera posterior sin que provoque un sentimiento de extrañeza repentino en el protagonista. Esta naturalidad de lo no natural es la marca de fábrica de Hernández, que emplea este efecto para modificar actitudes humanas y contraponerlas a las normales y cotidianas, pero en ningún caso con objeto moralista o alegórico, sino comprendiendo que la personalidad humana es tan compleja y, a veces, extemporánea, que puede comprender mucho más de lo que consideramos razonable. En suma, que sólo desde lo irracional podremos comprendernos a nosotros mismos. Si seguimos los postulados de la psicología, no es una conclusión demasiado alejada de la realidad, en unos comportamientos que muchas veces no son sino sublimaciones y sustituciones de nuestros impulsos.
Puede que el papel precursor de Hernández sea importante, pero estos cuentos se defienden solos. Su totalidad permanece como un monumento literario inconmensurable repleto de eneseñanzas, pero también de estilo y coherencia. Una prueba del modus operandi de Felisberto Hernández puede ser este fragmento de El Corazón Verde:
«Primero ese alfiler había sido una pequeña piedra verde que el mar había desgastado dándole forma de corazón; después la habían puesto en un prendedor y el corazón había quedado emplomado entre un cuadrilátero del tamaño de un diente de caballo. Al principio, mientras yo le daba vuelta entre mis dedos, pensaba en cosas que no tenían que ver con él; pero de pronto él me empezó a traer a mi madre, después a un tranvía a caballos, una tapa de botellón, un tranvía eléctrico, mi abuela, una señora francesa que se llamaba Ivonne y le daba un hipo tan fuerte como un grito, un muerto que había sido vendedor de gallinas, un barrio sospechoso de una ciudad de la Argentina y donde en un invierno yo dormía en el suelo y me tapaba con diarios, otro barrio aristocrático de otra ciudad donde yo dormía como un príncipe y me tapaba con muchas frazadas, y, por último, un ñandú y un poco de café.»
Lo prodigioso es que después Hernández componga una historia con todos estos elementos y que no esté hecha de retales, sino que tenga continuidad coherente entre un retazo y el siguiente, componiendo un mundo extraño, sí, una historia extemporánea, sí, pero una que es natural.
A Felisberto Hernández hay que leerlo con atención; todo está medido en sus relatos, todo es imprescindible, y esta construcción minuciosa acaba componiendo pequeñas joyas de relatos, fundamentales para entender la literatura contemporánea, pero imprescindibles por sí mismos.

Portada y sinopsis

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