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Dos Crímenes, de Jorge Ibargüengoitia

RBA Libros, col. Narrativas
Barcelona, 2010 [1979]

Con este título uno podría esperar una novela criminal de las de dos más dos. Pero Ibargüengoitia no era narrador proclive a dejarse llevar por las convenciones, fueran de género o estilísticas.
Marcos es objeto de una persecución policial, injusta e inmotivada. Sabedor de que es más fácil entrar en el sistema policial que salir, tiene que separarse de su pareja y huir de Ciudad de México. Donde va a parar es a la casa de su tío, un hombre rico que vive rodeado de su familia directa y política, toda a la espera de su fallecimiento y herencia.
Marcos urde unas mentiras, bastante ingenuas, para obtener el dinero que le permita desaparecer de la vida pública por un cierto tiempo, un hecho que le complicará la vida más tarde. Pero el lector tiene la impresión de que su tío está más al caso de estas mentiras de lo que deja traslucir, pero que no le importan.
Lo que es evidente, no obstante, es la hostilidad con la que la familia recibe a Marcos. Una actitud que provoca un ambiente sórdido y, en definitiva, criminal. Tan criminal como para provocar esos dos asesinatos del título.
Cualquier resumen argumental no hace justicia a las ficciones de Ibargüengoitia. Es a base del ambiente que crea que se conforman las situaciones. En este caso son la mezquindad, la avaricia, los juegos de poderes y contrapoderes, las conspiraciones ruines, más ruines en tanto que son familiares, y los celos, los que construyen un ambiente opresivo y amenazador.
Este estilo mueve una novela a la altura de los mejores autores del género, y del cual el lenguaje y la sabiduría literaria de Ibargüengoitia la hace trascender.

Portada y sinopsis

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Z, de Costa-Gavras

SESIÓN MATINAL

(Z); 1968

Director: Costa-Gavras; Guión: Costa-Gavras y Jorge Semprún, basado en la novela de Vassilis Vassilikos; Intérpretes: Jean-Louis Trintignant (el juez de instrucción), Jacques Perrin (el fotoperiodista), Yves Montand (Z un diputado de la oposición), François Périer (el procurador), Irene Papas (Helène, esposa de Z), Charles Denner (Manuel, un abogado del partido de Z); Dir. de fotografía: Raoul Coutard; Música: Mikis Theodorakis.

Un parlamentario opositor griego es asesinado en un mítin. La policía hace todos los esfuerzos para hacer pasar el hecho por un accidente, pero un juez y un periodista investigan para establecer la verdad.
Raro ejemplo de película de reivindicación política que funciona con agilidad, como si fuera un thriller (hecho que le hizo ganar el Oscar a la mejor película de habla no inglesa), esta supeditación de la tesis a la cinematografía no hace sino reforzar aquella.
Con el trasfondo del régimen de los coroneles griegos, desnuda los entresijos de las dictaduras, pone en su justo término el valor de la palabra, la resistencia y la información; y lo hace sin lanzar un mítin al espectador, antes bien, mediante un guión inteligente y una dirección acertada, demuestra la eficacia del método narrativo cinematográfico para mostrar hechos dramáticos y política y humanísticamente trascendentes.
Destaca también por su estructura autocontingente: no es necesario tener posición política previa, ni información histórica anterior; esta historia relatada posee en sí misma todos los elementos para ser comprendida. Y eso es buen cine.

Tráiler:

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Un Diamante al Rojo Vivo, de Donald E. Westlake

(The Hot Rock)
Eds. Júcar, col. Etiqueta Negra
Madrid, 1988 [1970]
Serie Dortmunder nº1

Hemos comentado ya algunas obras de Donald E. Westlake, recordado por ser el principal introductor del humor en el género policiaco, pero capaz también de recorrer las otras vertientes "serias" del género.
Pues bien, una de las series más queridas por su autor, que la prosiguió hasta poco antes de su muerte, y una de las más populares de su producción es la de Dortmunder, y en ella Westlake logró combinar ese humor característico con el tema, siempre favorito del público, del atraco perfecto.
Es posible que hayan visto la versión fílmica de Un Diamante al Rojo Vivo, interpretada por Robert Redford; es bastante fiel y, por una vez, permite hacerse una idea bastante exacta del espíritu de la serie. No obstante, y pese a que es eficaz y causa buena impresión, la película no es esa obra maestra que podía haber convertido el nombre de Dortmunder en uno común en el imaginario popular, de modo que sigue siendo buena idea referirse a la novela en la que se inspiró. Tengo un gran cariño a la versión fílmica, pero sigue gustándome más la novela.
Dortmunder es un planificador. Y uno de los mejores en su campo. ¿De qué? De atracos, por supuesto. De modo que cuando un diplomático de un país africano le contrata para "recuperar" un fabuloso diamante de gran significado religioso que, por una de esas particiones idiotas de la descolonización, quedó en manos del país vecino, Dortmunder se pone a ello con una precisión y eficacia impecables.
Pero el diamante se muestra esquivo. Pese al éxito completo de todos los planes para robarlo, por una u otra razón siempre queda en algún lugar cada vez de más difícil acceso. De modo que Dortmunder, con un sentimiento de que ese diamante les está gastando una serie de bromas pesadas, tendrá que planificar sucesivas incursiones en un centro de convenciones, una cárcel, una comisaría de policía, un manicomio y un banco.
El mérito apuntado es el de combinar el ingenio de los golpes planificados con la farsa del esquivo diamante, en un incremento de dificultad, como demuestra la escalada de material necesario para recuperarlo: unos uniformes, un camión, un helicóptero, una locomotora...
La Kirkus Review dijo de esta novela: "Donald E. Westlake se muestra aquí en su faz más brillante, por su ingenio y su humorismo. Junto a esta novela, Topkapi parece obra de aficionados".
Y es cierto.

Portada y sinopsis

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Razón de Amor, de Pedro Salinas

En La Voz a Ti Debida. Razón de Amor. Largo Lamento.
Ed. Cátedra, col. Letras Hispánicas
Madrid, 1997 [1936]
Edición de Montserrat Escartín

[6]
[...]
Es
que a ti sólo se llega por tu luz.
Y así cuando ardiste en otra vida,
en ese llamear tu luz nació,
la cegadora luz que te rodea
cuando mis ojos son los que te miran
─esa que tú me diste para verte─,
para saber quién éramos tú y yo:
la luz de dos.
[...]

Si La Voz a Ti Debida era una especie de ascensión mística hacia el ser amado, a la vez que la constatación de que el amor cambiaba al autor provocándole una voz especial, una expresión mutada por fuerza del amor, este poemario en cambio nos muestra la voz del autor ya viviendo en armonía junto al ser amado, como en un milagro de consecución.

[13]
[...]
A esa, a la que yo quiero,
es a la que se entrega venciendo,
venciéndose,
desde su libertad saltando
por el ímpetu de la gana,
de la gana de amor, surtida,
surtidor, o garza volante,
o disparada ─la saeta─
sobre su pena victoriosa,
hacia arriba, ganando el cielo.

El título no debe ser entendido como "motivo de amor" o causa, sino que Salinas, ante este milagro que transforma, se dedica al razonamiento de este amor como fuerza motriz, en la primera parte en su aspecto más espiritual, en la segunda más físico, pero siempre buscando el análisis (el análisis racional de lo irracional, podríamos decir) de este sentimiento.

[23]
[...]
Delicadas, ardientes,
nuestras almas se buscan
por nuestro diferir
como por un camino
donde no hay despedidas.
Y al final, el hallazgo,
el contacto, la nueva
separación vencida,
la unión pura brotando
de lo que desunía.
Y tu cara y mi cara
mirándose en el triunfo
como en un agua quieta,
no verán diferencias
─uno y uno, tú y yo─;
sólo verán un rostro,
amor, que les sonríe.

Pese a ser un poemario "racional", no deja de ser sentimental y sentido. Salinas, en otro tono, prosigue su exploración del amor como fuerza vital capaz de transformar a las personas y al mundo, y lo comprende, con extraña belleza, como algo enorme, que multiplica, y que no se puede reducir a las manifestaciones que de este amor se dan los enamorados:

[38]
Si te quiero
no es porque te lo digo:
[...]
Y algunas veces te lo digo a ti
pero nunca sabrás que ese "te quiero"
sólo signo es, final, y prenda mínima;
ola, mensaje, roto al cabo,
es son, en blanca espuma,
del gran querer callado, mar total.

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El Gran Zoo, de Nicolás Guillén

Ed. Libros del Zorro Rojo, col. Encuentros
Barcelona, 2009 [1967]
Ilustraciones de Arnal Ballester

Ya en su prólogo Guillén nos advierte de que este poemario va a ser un gran zoo que va "Del bongó a la pajarita de papel ─dirán algunos─. Del cañaveral a la nube. De Viet Nam al cangrejo. Y el gángster ─diré a mi vez─. Y Mr. Lynch ─volveré a decir─. Y la bomba atómica ─diré todavía."
Y es que más que un zoo lo que tendremos en estos poemas es un titirimundi, un vistazo a un aparejo óptico que nos mostrará curiosidades maravillosas y terribles, como La Osa Mayor,
[...]
Cazada en junio 4, 64,
por un sputnik cazador,
(No tocar las estrellas
de la piel.)
···············Se solicita
un domador.

o El Tonton Macoute,

Cánido
numeroso en Haití bajo la Era
Cuadrúpeda.
···················Ejemplar
hallado en el corral presidencial
[...]

Gran parte de los poemas están escritos, como dirían los ingleses, tongue in cheek, con una saludable ironía, pero además su estructura que salta de un tema a otro con naturalidad poética contribuye a la maravilla del lector.
Y si bien la trascendencia se mezcla de continuo en estos poemas, como en La Bomba Atómica y KKK, es también reunión, como dice Guillén, de amigos, como El Tenor,

Está el tenor en éxtasis
contemplando al tenor
del espejo, que es el mismo tenor
en éxtasis
que contempla al tenor
[...]
o en Las Nubes.

Pero por muy diversos e imposibles que sean los especímenes, la gran fascinación de este poemario es que mediante la expresión poética podemos ver ante nosotros aquello que quisiéramos ver y que nuestro diario pragmatismo no nos permite:
La Guitarra

Fueron a cazar guitarras
bajo la luna llena.
Y trajeron ésta,
pálida, fina, esbelta,
ojos de inagotable mulata,
cintura de inagotable madera.
Es joven, apenas vuela.
Pero ya canta
cuando oye en otras jaulas
aletear sones y coplas.
Los sonesombres y las coplasolas.
Hay en su jaula esta inscripción:
···································«Cuidado: Sueña».

Portada, sinopsis y algunas ilustraciones

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To Be or Not to Be, de Ernst Lubitsch

SESIÓN MATINAL

(To Be or Not to Be); 1942

Director: Ernst Lubitsch; Guión: Edwin Justus Mayer sobre un argumento de Ernst Lubitsch y Melchior Lengyel; Intérpretes: Jack Benny (Joseph Tura), Carole Lombard (Maria Tura), Robert Stack (Tte. Stanislav Sobinski), Stanley Ridges (Profesor Siletsky), Felix Bressart (Greenberg), Lionel Atwill (Rawitch), Sig Rumann (Coronel Erhardt), Tom Dugan (Bronski), Charles Halton (Productor Dobosh); Dir. de fortografía: Rudolph Maté; Música: Werner Heymann; Dir. artística: Vincent Korda.

En la Varsovia ocupada por los nazis, una compañía de actores se ve involucrada en un plan de la resistencia que implica la suplantación de personalidades alemanas, incluyendo la de Hitler.
Esta comedia maravillosa, deliciosamente interpretada y dirigida, se ha constituido como una sátira propagandística perfecta. No es ajeno a ello el que toque todas sus teclas con una maestría inigualable (como demuestra el abismal remake de Mel Brooks), iniciándose en tono de drama para pasar a la comedia romántica, después al suspense y acabar en farsa.
Ejemplo cumbre del trabajo del director, que consiste no sólo en la dirección de actores sino en aportar cosas que no pueden figurar en el guión, Lubitsch aplica su famoso "toque" en el juego de puertas y equívocos, en la exposición visual combinada con la aserción de los diálogos, y en un trabajo de interpretación magistral: Carole Lombard demuestra porqué era la reina de la comedia: irónica, suave, chispeante; Jack Benny desarrolla un personaje con toques de autoparodia que es más que completo; un Sig Rumann expresívo y ridículo, con un lema bandera que ha pasado a la antología de las citas fílmicas ("¡De modo que me llaman Campo de Concentración Erhardt!"), y del resto de los actores (salvo Robert Stack, tan rígido como siempre, aunque tampoco desentona).
Y unos golpes de guión magistrales, desde el "Heil yo mismo" del principio hasta la escena final.

Tráiler:



Tráiler alemán:

Les incluyo el tráiler alemán por ser un poco más extenso, más variado (más tráiler, diríamos) y porque da mejor idea de la película. Y también porque demuestra que los alemanes tienen sentido del humor, con ese subtítulo de "Heil Hamlet!"

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Una Mujer en Berlín, anónima

(Eine Frau in Berlin)
Ed. Anagrama, col. Panorama de Narrativas
Barcelona, 20054 [1954]
Introducción de Hans Magnus Enzensberger
Epílogo de Kurt W. Marek (C. W. Ceram)

Este libro son las "Anotaciones de diario escritas antre el 20 de abril y el 22 de junio de 1945" por una mujer en Berlín, es decir, desde poco antes de la caída de la ciudad en poder de los rusos hasta el establecimiento de las zonas de ocupación aliadas. Respecto a la autoría, como dice Ceram en su epílogo, "que la autora desee permanecer en el anonimato es algo que cualquier lector del libro entenderá sin necesidad de explicación".
Si el frente de guerra, e incluso la victoria, es un mundo masculino, el frente de la derrota es, en cambio, un mundo casi totalmente femenino. Son ellas las combatientes por la supervivencia y las luchadoras frente al ocupante, una lucha que, frente a las violaciones y los abusos, salvo en contadísimos casos, perdieron irremisiblemente.
Su autora era periodista, y eso hace de su relato uno tremendamente objetivo. Apenas hay lugar para los sentimientos aquí. Y es, en efecto, una narración realizada con una gran frialdad, lo que para nada resta valor a lo narrado, antes bien, lo realza en su brutalidad y realismo. No es tampoco un relato solipsista; no nos hallamos ante una mujer encerrada en sí misma, sus necesidades y sus temores, sino frente a una mujer de mundo que sigue conservando su curiosidad por lo que le rodea y sus dotes de relación con los demás, por mucho que esta relación, tanto con sus vecinos berlineses como con los ocupantes rusos acabe más en el homo homini lupus que en la solidaridad o la piedad.
Y hay otra cosa que llama poderosamente la atención: este es un diario de apenas dos meses, un diario de trescientas páginas impresas. No es que sea mucho texto: es que fueron demasiados acontecimientos, demasiadas luchas por unas astillas de madera, por el racionamiento, por obtener un simulacro de normalidad, por evitar la violación, por la supervivencia física y emocional, todos concentrados, demasiado concentrados en muy poco tiempo, en algo que asemeja una pesadilla densa, excesiva para cualquiera que la haya tenido que sufrir.
Los libros de historia se detienen cuando acaban las batallas o las guerras; casi nunca caen en la cuenta y en el relato de que se sigue librando un combate, ilegal, criminal y casi siempre impune, contra la población civil. Por ello este testimonio de Una Mujer en Berlín es doblemente valioso.

Portada y sinopsis

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Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

(Fahrenheit 451)
Ed. Plaza & Janés, col. Rotativa
Barcelona, 1974 [1953]

Dentro del campo de la ciencia-ficción, Ray Bradbury empezó muy pronto a descollar como algo único. Y es que la visión poética del universo no suele casar bien con un género, al menos en la época en que Bradbury empezó en él, que se pretendía tecnificado y científico. Por eso Bradbury, ya desde su época macabra que le llevó a ser editado por Arkham House, se encontró cultivando una parcela peculiar y propia, la de la ciencia-ficción humanística. Sobre todo con los relatos que componen Crónicas Marcianas, en los que los cohetes, por ejemplo, no son tanto vehículos como resplandores evocativos de un mundo nuevo y de uno que se deja atrás.
Sigue siendo cierto incluso en la distopía que es Fahrenheit 451, en sí la quintaesencia del género al proponer una situación posible en el futuro y ver qué sucede. Sin embargo, cuando ya en la primera página encontramos frases como: «Quería, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, parecidos a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.»
O los títulos de las respectivas partes del libro, "Era estupendo quemar", "La criba y la arena" y "Fuego vivo". Cuando nos encontramos ante esto, sabemos que no vamos a leer una novela puramente factual.
En un cierto futuro, los libros han sido desechados e ilegalizados; el cuerpo de bomberos (que, dicen, jamás se dedicó a apagar incendios) es el encargado de gestionar las delaciones y los comportamientos asociales (pasear a pie; hablar con los vecinos; no ver lo suficiente la televisión) y de descubrir y quemar los alijos de libros, junto a las casas que los alojan.
En este contexto, Montag, un bombero consciente y contento de su trabajo, llega a la lectura mediante el vacío vital en el que está inmerso cotidianamente. Y se convertirá en prófugo después de ser delatado por su esposa, para ser él mismo un libro viviente y preservarlo así de la destrucción.
Dice mucho de Bradbury lo fresca que se ha conservado esta novela; lo bien argumentada filosóficamente que está y que más allá de basarse en una premisa extemporánea, el universo que nos presenta es terriblemente plausible:
«La realidad es que no anduvimos muy bien hasta que la fotografía se implantó. Después, las películas, a principios del siglo XX. Radio. Televisión. Las cosas empezaron a adquirir masa. [...] Y como tenían masa, se hicieron más sencillas. En cierta época, los libros atraían a alguna gente, aquí, allí, por doquier. Podían permitirse ser diferentes. El mundo era ancho. Pero, luego, el mundo se llenó de ojos, de codos y de bocas. Población doble, triple, cuádruple. Films y radios, revistas, libros, fueron adquiriendo un bajo nivel, una especie de vulgar uniformidad. ¿Me sigues? [...] En el siglo XX, acelera la cámara. Los libros, más breves, condensaciones. Resúmenes. Todo se reduce a la anécdota, al final brusco. [...] Los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas en un diccionario. Claro está, exagero. Los diccionarios únicamente servían para buscar referencias. Pero eran muchos los que sólo sabían de Hamlet (estoy seguro de que conocerás el título, Montag. Es probable que, para usted, sólo constituya una especie de rumor, Mrs. Montag), sólo sabían, como digo, de Hamlet lo que había en una condensación de una página en un libro que afirmaba: Ahora, podrá leer por fin todos los clásicos. Manténgase al mismo nivel que sus vecinos. ¿Te das cuenta? Salir de la guardería infantil para ir a la Universidad y regresar a la guardería. Ésta ha sido la formación intelectual durante los últimos cinco siglos o más. [...] Selecciones de selecciones. ¿Política? ¡Una columna, dos frases, un titular! [...] La fuerza centrífuga elimina todo pensamiento innecesario, origen de una pérdida de valioso tiempo. [...] "Quiero ser feliz", dice la gente. Bueno, ¿no lo son? [...] A la gente de color no le gusta El Pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La Cabaña del Tío Tom. A quemarlo. ¿Alguien escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro. Serenidad, Montag. Líbrate de tus tensiones internas. Mejor aún, lánzalas al incinerador.»

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Un Cec amb una Pistola, de Chester Himes

(Blind Man with a Pistol)
Eds. 62, col. Seleccions de la Cua de Palla
Barcelona, 1995 [1969]
Serie Coffin Ed Johnson y Gravedigger Jones nº 8

En Un Ciego con una Pistola (podría haber leído la versión castellana pero, francamente, la traducción es horrible), Himes se desencadena. Por supuesto, hay un crimen, y es eel que hará posible el sempiterno deambular de sus protagonistas, los policías de Harlem "Ataúd" Ed Johnson y "Enterrador" Jones, pero eso es una cotidianeidad tan normal que apenas tiene importancia. Tan poca que Himes ni se molesta ya en resolverlo. En cambio, Himes tiene gran cuidado en mostrarnos el caos en marcha en Harlem y, por extensión, en toda la parte negroamericana de los Estados Unidos. Dice Himes: «Un amigo mío, Phil LOmax, me explicó la historia de un ciego con una pistola que, en el metro, disparó a un hombre que le había dado una bofetada y mató a un inocente que leía pacíficamente el periódico en el otro lado del pasillo. Pense, caramba, es tal como las noticias de hoy día, los disturbios en los guetos, la guerra de Vietnam, las conductas masoquistas del Oriente Medio. Y después pensé en algunos de nuestros líderes alborotadores que instigan a los hermanos de raza vulnerables para que se hagan matar y se me ocurrió que toda violencia desorganizada es como un ciego con una pistola».
En este caso (y además del ciego con la pistola, que también aparece en la novela), la violencia desorganizada surge de tres marchas simultáneas que acaban encontrándose en un punto de Harlem; la de los adoradores del "amor fraterno", la de un grupo religioso de seguidores del "Jesús Negro", y la de los manifestantes del "Poder Negro". Una estúpida intervención de la policía blanca acabará desencadenando el enfrentamiento entre sí de estas tres manifestaciones y la violencia y el saqueo.
A falta de leer la inconclusa y final novela de la serie, Plan B (que sigue en el limbo editorial después de una única y fugaz edición en España, destino que comparten casi todas las obras de Himes, por demás), en la que el autor mataba a sus protagonistas, nada menos que el habitualmente reflexivo Enterrador Jones disparando a Ataúd Johnson antes de ser asesinado él mismo en un clima de apocalíptica revuelta racial total, llegamos a la conclusión de esta serie, un auténtico fresco del conflicto racial en Estados Unidos. Si su tono final pesimista (y de revuelta abierta) hoy parece irreal no es porque Himes fuera mal profeta, porque Himes no pretendía ser adivino. Chester Himes, en sus novelas, se limitó a denunciar un clima moral que pudo desembocar en aquello que temía que sucediera. Tuvo que hacerse un gran esfuerzo por parte de las autoridades y la sociedad civil para revertir la situación y hacer que Harlem, por ejemplo, dejara de ser un gueto para convertirse en el pacífico barrio que los que visitan y viven hoy en Nueva York dicen que es. Pero, insisto, el esfuerzo fue enorme. Y de no haberse hecho, Un Ciego con una Pistola o Plan B serían tal vez más crónica que ficción.
En El Avispón Negro, James Sallis se permite introducir un fragmento de conferencia de Chester HImes. Sallis es biógrafo (tal vez el biógrafo definitivo) de Chester Himes, de modo que no es ocioso que destaque estas palabras. Habla Chester Himes:
«Si al fondear en busca de la verdad, ya como escritor, como es mi caso, o simplemente como individuos que reconsideramos nuestras experiencias, si al fondear en busca de la verdad se nos revela la existencia en la personalidad del negro de la manía homicida, la lujuria, un patético sentimiento de inferioridad, arrogancia, odio, miedo y despecho, debemos admitir que es la consecuencia de la opresión sobre la personalidad humana. Porque estos son los horrores cotidianos, las realidades cotidianas, las experiencias cotidianas, la vida misma de los hombres y mujeres negros de América».

Portada y sinopsis de la edición castellana

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El Tesoro de Sierra Madre, de John Huston

SESIÓN MATINAL

(The Treasure of Sierra Madre); 1948

Director: John Huston; Guión: John Huston, basado en la novela de Bern Traven; Intérpretes: Humphrey Bogart (Dobbs), Walter Huston (Howard), Tim Holt (Curtin), Alfonso Bedoya (Gold Hat), John Huston (Americano del traje blanco en Tampico), Bruce Bennett (Cody), Barton MacLane (McCormick); Dir. de fotografía: Ted McCord; Dirección musical: Leo F. Forbstein; Música: Max Steiner.

Buena adaptación de una novela de Bern Traven, que se beneficia del toque de John Huston en la dirección y de algunas interpretaciones por encima de lo correcto, destacando la de Walter Huston, el patriarca de una saga familiar dedicada al cine.
Tres (después cuatro) gringos en México, arruinados y prácticamente desechos en una sociedad extraña para ellos, se deslumbran por un yacimiento aurífero que, por una vez en esta clase de historias, existe. Tras hacerse ricos en el yacimiento, tras pasar fatigas y penalidades y sufrir el trastorno que siempre provoca la fiebre del oro en su frágil asociación, tendrán que hacer frente al ataque de unos bandidos, sólo para llegar a un final sorpresa de lo más desolador.
Lo que destaca tanto en la novela como en el filme es el sentimiento de miseria y de fatalismo; el aislamiento y las tensiones entre tres hombres solos en un ambiente hostil. Y sobre todo, el hecho de que la vida es una especie de rueda de la fortuna cruel y despiadada, en la que acciones nimias tienen consecuencias terribles.
Un ejercicio equilibrado de estudio psicológico y de película de aventuras que explora el universo de unos caracteres arquetípicos, como son los eternos perdedores.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Centenario del Nacimiento de Django Reinhardt - Concierto de la DR Big Band con Adrien Moignard

Un descubrimiento excepcional.
Django Reinhardt se sitúa entre los mejores guitarristas de jazz, si no el mejor, que jamás hayan existido. Desde luego, fue el epítome de la guitarra en el jazz durante los años 30 y 40, sobre todo su etapa con su Quintet Hot Club de France. No sólo tenía una técnica excepcional, que reaprendió cuando un incendio en su caravana le privó del uso del meñique y el anular de la mano izquierda, surgiendo después mejor guitarrista que antes; poseía un swing tremendo, un dominio del tempo inverosímil (existe una grabación de "Old Man River" con Stéphane Grappelli tocada a un ritmo infernal impecable); una capacidad para las baladas y composiciones lentas absolutamente sentida (como lo demuestra su propia composición "Nuages", un apieza inmortal); y un sonido propio, la guitarra manouche, que ha sido imitada pero nunca superada.
¿Hasta hoy? Porque el descubrimiento no es la música de Django Reinhardt, harto conocida (pregúntenle al Woody Allen de "Acordes y Desacuerdos"), sino Adrien Moignard.
Seguro que no es un descubrimiento particularmente nuevo. Seguro que en los medios especializados, Moignard ya habría sido recibido con todos los honores. Pero para los que no leemos revistas especializadas, que el Cifu nos lo haya mostrado significa señalar a alguien al que vale la pena prestar mucha, muchísima atención, sobre todo después de lo que van a oír.
He escuchado a muchos imitadores, epígonos, seguidores, de Django. Pero cuando oí los primeros compases a la guitarra de este concierto, el libro que tenía entre las manos se me cayó al suelo. Era Django. Después, descubrí que no, que era Moignard, pero que no era una imitación de Django. Sencillamente era un guitarrista que había entendido tan bien la música de Django Reinhardt y que tenía tal técnica y calidad que, por fin, había un sucesor digno de tal nombre en la guitarra manouche. Con estilo propio, aviso; en el estilo de Django, pero con ideas propias, como lo demuestra este concierto y una pieza en especial, el "Impressions" de John Coltrane, algo que Reinhardt no pudo tocar jamás porque ya había muerto, pero que, de haberlo tocado, hubiera podido sonar tal como Moignard lo interpreta.
El futuro de este chaval veinteañero es inmenso. Para empezar, tiene dos dedos más para los acordes que Django; tiene estilo; tiene la herencia de Reinhardt pero también todo lo que ha venido después; tiene técnica y talento para derrochar.
Tal vez les interese saber algo más de él. En esta página tienen una entrevista y algunos fragmentos de sus interpretaciones. Es tímido y simpático. Y un gitarrista enorme.
Gracias al Cifu y su programa Jazz Porque Sí por el descubrimiento y a Rádio Clásica de Radio Nacional de España por ponerlo al alcance del público en sus podcasts.
El programa se completa con grabaciones en recuerdo del espléndido pianista Ronnie Matthews, que no es poca cosa.

Centenario del nacimiento del gran guitarrista Django Reinhardt (Jazz porque Sí)

Nota para la audición: Si el reproductor de RNE fallara, cosa que sucede con demasiada frecuencia, y no se mostrara bien en su pantalla, debajo de la caja del reproductor hay una serie de enlaces. Clicando sobre el último de ellos aparecerá la pantalla de los podcasts de Jazz Porque Sí, con un reproductor que, esta vez sí, reproducirá a la perfección el programa.

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La Pista de Sorra, de Andrea Camilleri

(La Pista di Sabbia)
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2010 [2007]
Traducción de Pau Vidal
Serie Comisario Salvo Montalbano nº 16

Conforme avanza la serie de Salvo Montalbano, el peso novelístico va recayendo cada vez más sobre las circunstancias vitales del comisario más que sobre la trama policial. Así, y tras la crisis vital y personal que sufría en La Vampa d'Agosto, un Salvo Montalbano que creía estar acabado profesionalmente y se consideraba despreciable como persona encuentra la oportunidad de demostrarse capaz de resolver un crimen con la brillantez y heterodoxia que acostumbra.
Una mañana, al despertarse (porque todas las novelas de Montalbano, salvo la primera, se inician cuando se despierta en su cama) descubre frente a su casa de Marinella el cadáver de un caballo. Todavía más: mientras él y sus subordinados están siguiendo la pista de por dónde ha venido la pobre bestia, el cadáver desaparece. Esa misma mañana, Rachele Esterman, amazona de rompe y rasga, llega a la comisaría de Vigata para denunciar la desparición de su caballo. Dos más dos deberían sumar cuatro, pero hay detalles lo bastante extraños como para sospechar que el hecho no es tan sencillo.
Montalbano sigue siendo el personaje de la literatura policial más sólidamente enraizado en el territorio y las gentes que le rodean, y ese es su gran mérito. Los casos pueden ser enrevesados, pero la ecología siciliana es un sistema cuasi cerrado que funciona con una precisión matemática. Entenderlo significa descubrir sus anomalías que se desarrollan en casos criminales atípicos, y saber quién no se mueve a su ritmo es tener el indicio de quién es el criminal. Sólo Montalbano está tan inmerso en este biotopo como para vencer en él, y Andrea Camilleri ha comprendido este método y lo desarrolla con una maestría que repite novela tras novela.

Portada y sinopsis de la edición castellana
Portada i sinopsi de l'edició catalana

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Mi Mujer de Cabellera de Fuego de Madera, de André Breton

(Ma Femme à la Chevelure de Feu de Bois)
En La Unión Libre (L'Union Libre)
Poemas, vol. I
Visor Libros, col. Poesía
Madrid, 19933 [1931]

Mi mujer de cabellera de fuego de madera
De pensamientos de relámpagos de calor
De cintura de reloj de arena
Mi mujer de cintura de nutria entre los dientes del tigre
Mi mujer de boca de escarapela y de ramo de estrellas de última magnitud
De dientes de huellas de ratón blanco sobre la tierra blanca
De lengua de ámbar y de vidrio frotadas
Mi mujer de lengua de hostia apuñalada
De lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
De lengua de piedra increíble
Mi mujer de pestañas de palotes de escritura infantil
De cejas de borde de nido de golondrina
Mi mujer de sienes de pizarra de techo de invernadero
Y de vaho que empaña los cristales
Mi mujer de hombros de champaña
Y de fuente con cabezas de delfines bajo el hielo
Mi mujer de muñecas de cerillas
Mi mujer de dedos de azar y de as de corazones
De dedos de heno cortado
Mi mujer de axilas de marta y de haya
De noche de San Juan
De ligustro y de nido de escalares
De brazos de espuma de mar y de esclusa
Y de mezcla del trigo y del molino
Mi mujer de piernas de cohete
De movimientos de relojería y de desesperación
Mi mujer de pantorrillas de médula de saúco
Mi mujer de pies de iniciales
De pies de manojos de llaves de pies de calafates que beben
Mi mujer de cebada no perlada
Mi mujer de garganta de Valle de oro
De cita en el lecho mismo del torrente
De pechos de noche
Mi mujer de pechos de topera marina
Mi mujer de pechos de crisol de rubíes
De pechos de espectro de la rosa bajo el rocío
Mi mujer de vientre de despliegue de abanico de los días
De vientre de garra gigante
Mi mujer de espalda de pájaro que huye vertical
De espalda de azogue
De espalda de luz
De nuca de canto rodado y de tiza mojada
Y de caída de un vaso en el que acaba de beberse
Mi mujer de caderas de barquilla
De caderas de lucerna y de plumas de flecha
Y de tronco de plumas de pavo real blanco
De balanza insensible
Mi mujer de nalgas de gres y de amianto
Mi mujer de nalgas de espalda de cisne
Mi mujer de nalgas de primavera
De sexo de gladiolo
Mi mujer de sexo de yacimiento de oro y de ornitorrinco
Mi mujer de sexo de alga y de bombones antiguos
Mi mujer de sexo de espejo
Mi mujer de ojos llenos de lágrimas
De ojos de panoplia violeta y de aguja imantada
Mi mujer de ojos de sabana
Mi mujer de ojos de agua para beber en prisión
Mi mujer de ojos de madera siempre bajo el hacha
De ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego

De André Breton se recuerda que fue el autor de manifiestos surrealistas y que acabó peleado con medio movimiento y ridiculizado por autores y artistas del más diverso pelaje. Se olvida que fue poeta. Tal vez no se le lea mucho. Creo que por lo que antecede deberían cambiar de opinión.
Apenas voy a comentar este poema. Lo publico porque me gusta, porque hoy es hoy y porque me parece una de las aproximaciones a la mujer amada más directas, salvajes y bellas jamás escritas. Si quieren ver surrealismo o escritura automática en alguno de sus versos, adelante, son ustedes muy libres. Pero yo no voy a destripar este poema.

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La Pasión de Multitudes, de Rodrigo Fresán

En Historia Argentina
Ed. Anagrama, col. Otra Vuelta de Tuerca
Barcelona, 2009 [2008]


Como se le comentó al autor desde la apariciónen 1991 de Historia Argentina, ¿cómo era posible que en un libro así titulado no hubiera ninguna historia sobre fútbol? La Pasión de Multitudes es ese cuento, y es excepcional no sólo porque trate de fútbol, que ya es cosa rara.
El relato se inicia in medias res, y su principio solipsista no puede sino evocar a Peter handke, pero de inmediato el protagonista sale de sí mismo para recordar a su familia, un lugar de la memoria en el que expresa el deseo de permanecer. ¿Qué está sucediendo? No lo sabemos. Estamos en la mente del protagonista, sabemos que es portero de fútbol, suponemos que está ante un penalty. Nos enteramos por sus recuerdos que a él nunca le gustó el fútbol, que su triunfo como arquero es del todo inesperado. Sabemos que es el héroe de los partidos en El Colosal, también llamado La Chocolatera.
A partir de ahí seguimos la marcha del pensamiento del protagonista, de sus aspiraciones anteriores, que han quedado en nada hasta convertirse, en forma que intuimos casual, en portero de fútbol. Y entonces, en una brutal vuelta de tuerca, descubrimos la realidad; que los campos de fútbol lo fueron de concentración, que se celebraban partidos entre presos y entre éstos y sus carceleros. Y que hay un penalty que no se puede atajar.
Sin embargo, hay que decir que este no es un cuento de choque. No es importante el detalle revelador y revelado en el momento oportuno, por más que represente una bofetada para el elector, que poco puede esperárselo. Lo importante es la contención de Fresán en el relato, que nos lleva de manera implacable y con maestría hasta el momento del descubrimiento de que hay realidades que se superponen a otras. En este estilo, firme y trazado, es donde el cuento alcanza su totalidad. Porque cualquier parte es relatable, pero no será comprensible sino en el todo.
Me gustaría decir algo sobre Historia Argentina, el libro de relatos que contiene este cuento. Mi costumbre es tratar a los relatos como entidades literarias per se, salvo que la compilación que los agrupa tenga un hilo conductor o relacional que justifique el considerar la colección como un todo. Historia Argentina es uno de esos libros de relatos que podría haber sido tratado de esta manera, con sus personajes que entran y salen de sus narraciones y entrecruzan sus historias en diversos relatos (muy a la manera de Kurt Vonnegut, un autor particularmente querido por Fresán). Sin embargo, y dudando hasta el último momento, he considerado que estos relatos convergentes divergen tanto en su trayectoria como para hacer de una síntesis de todos ellos algo burdo, enrevesado en tan poco espacio y, sobre todo, incompleto. Pero les recomiendo encarecidamente su lectura. Los hay de todos los registros (y mejores y peores, claro) pero todos juntos forman un mosaico admirable.

Portada y sinopsis de Historia Argentina

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Yo Confieso, de Alfred Hitchcock

SESIÓN MATINAL

(I Confess); 1953

Director: Alfred Hitchcock; Guión: George Tabori y William Archibald, basado en la obra teatral de Paul Anthelme; Intérpretes: Montgomery Clift (Padre Michael William Logan), Anne Baxter (Ruth Grandfort), Brian Aherne (Willy Robertson), Karl Malden (Inspector Larrue), Dolly Haas (Alma Keller), O. E. Hasse (Otto Keller); Dir. de fotografía: Robert Burks; Música: Dimitri Tiomkin.

Un sacerdote católico no puede decir a la policía quién ha cometido un asesinato por tener este conocimiento bajo secreto de confesión, y eso aunque el principal sospechoso sea él. Este supuesto se parece a uno de tantos argumentos de telefilmes que tanto abundan hoy. Sin embargo, el toque del maestro se deja sentir: no hallarán un telefilme que, con este argumento, no sea vulgar; pasado por las manos de Hitchcock, el tema adquiere cuerpo.
Es evidente que se trata de una de las obras menores de Hitchcock, pero la perspectiva histórica nos ha mostrado que, en comparación con lo que se rueda hoy en día, una obra menor suya se eleva a la categoría de magistral.
Detalles: la muy buena utilización de los exteriores de Quebec, donde fue rodada. Interpretaciones correctas, sobre todo porque los actores están bien escogidos para sus papeles. Y un sentido fatalista que pervade toda la película y que sólo es responsabilidad del director.
Las historias críticas del cine son fundamentalmente ecuánimes en sus juicios, pero carecen de perspectiva global y temporal. Si están cansados de aburrirse (o irritarse) con pretendidas películas de suspense contemporáneas, les sugiero que vuelvan a cualquiera de los filmes de Hitchcock, aunque sean los menores. La satisfacción está garantizada.

Tráiler:

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A Confederacy of Dunces, de John Kennedy Toole

Grove Press
Nueva York, 198045 [196?]
Prólogo de Walker Percy

De La Conjura de los Necios, casi un emblema para toda una generación, se puede decir que es única. En primer lugar por las circunstancias de su publicación: la madre que lleva la obra de su hijo fallecido, en una mala copia al carbón, a editores hasta que uno de ellos la lee y queda encantado; un morbo al que se añade el hecho de que, en la novela, se hable de una peculiar relación entre un hijo y su madre. Uno puede insistir una y otra vez en que una cosa son los personajes de ficción y otra las personas reales; en el pensamiento común será recurrente la identificación (y Freud y Jung se reirán a carcajadas de todos nosotros en el café vienés de la rueda de las transmigraciones, tanto por las pretensiones de unos como por la malicia de otros, claro). En segundo, por lo misterioso de su autor; es falso que de los muertos no se pueda decir nada que no sea bueno. De los muertos se puede decir, y se dice, de todo. Y, nuevo proceso de identificación, el protagonista es un genio incomprendido, etc.
En seguida, se han establecido comparaciones desmesuradas. Sigue siendo un latiguillo común comparar cualquier novela sonriente o absurda con La Conjura de los Necios. Es como decir que un pato se parece a un ornitorrinco. Tienen elementos comunes, pero así como La Conjura de los Necios es una extraña novela heterogénea que, sorprendentemente, funciona, otras novelas no son más que vulgares patos, en muchos casos mareados o simplemente cojos.
El hecho es que La Conjura de los Necios ocupa un nicho habitado sólo por ella, y la explicación de porqué esto es así es difícil. No es que no beba de tradiciones y sea completamente nueva y original. La influencia del Quijote es clara y directa, en el sentido de que trata de un loco inmerso en un mundo cuerdo que, en realidad, está tanto o más loco que él. Si Reilly, el protagonista, carece de Sancho Panza que le acompañe es porque Toole decidió que ambos no se encontrasen más que por unos breves momentos, porque este personaje existe: el negro Burma Jones, probablemente el carácter más fascinante de esta novela, al menos en su relectura. Si las influencias de Cervantes son evidentes, las rabelesianas son palmarias; todo en Ignatius Reilly es excesivo: su físico, sus costumbres, su apetito, su visión macrocósmica de su propio microcosmos, su habitación, su salud, su carácter, su prosa y su verbo. Incluso, y arriesgándonos algo, podríamos hallar algo de Bulgákov (o de Flann O'Brien), por lo menos en la comisaría de policía.
El caso es que, insisto, funciona. Y ese es su gran mérito, porque en esta novela no se puede empatizar con nadie. El zafio, rastrero, mentiroso y aprovechado Ignatius Reilly se merece con justicia tres cuartas partes de los reproches que su zafia, rastrera, mentirosa y aprovechada madre le dedica. Los únicos personajes redimibles (salvo Burma, insisto, todo un carácter) son marginales en la narración.
Y, en efecto, Reilly sufre una auténtica conjura contra él, y de la peor especie, como son las conjuras bienintencionadas, que pretendes alienarlo del undo para que así la locura normal, la necedad, siga su transcurso normal y necio.
Pero las aventuras que se relatan son tan extemporáneas (como las de Don Quijote), que la novela es divertida, por lo menos en su primera lectura. Releída, lo es menos.
Releída, lo que uno percibe es lo opresivo que debió resultar Nueva Orleans, no para Reilly, sino para el propio Toole (en contraste, por ejemplo, con la Nueva Orleans de las novelas de James Sallis, descarnada, brutalmente realista en sus miserias, pero contemplada con afecto) y que hace que la redención de Reilly, aportada por su estrafalaria novia, Myrna Minkoff, sea la del traslado a Nueva York, la tierra de los genios locos y patria de las locuras. Releída, se percibe lo angustioso de la visión utilitaria de la cultura, la incomprensión hacia esta por sí misma; la contemplación de una sociedad y personajes vulgares y provincianos, que asumen sus defectos como tradiciones de las que sentirse orgullosos en un mundo lineal y cuadriculado. Hay un hubris de la sociedad "normal" neorleanesa incesante en esta novela, y es uno con el que Toole no se sentía a gusto, hasta el punto de hacer de ella ─el novelista siempre se venga─ una venganza permanente.
Léanla, si no lo han hecho. Pasarán un rato muy divertido. Y reléanla si ya han pasado por ella. Encontrarán cosas que no sospechaban en su primera lectura. Por eso es única.

Portada y sinopsis de la edición castellana
Portada y sinopsis de la edición estadounidense
Ignatius' Ghost, blog que hace un recorrido fotográfico por las localizaciones de la novela

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La Vida de los Piratas, edición de Stuart Robertson

(The Pirate's Pocket-Book)
Ed. Crítica, col. Tiempo de Historia
Barcelona, 2010 [2008]

Editado por Stuart Robertson, porque en realidad este libro es, en efcto, la vida de los piratas «Contada por ellos mismos, por sus víctimas y por sus perseguidores», algo que ya se había intentado hacer con The Pirates Own Book, publicado por Dover Books (y que se puede encontrar en este enlace del Proyecto Gutenberg).
Por descontado, libros de divulgación sobre la piratería hay muchos, pero uno que se refiera, para los diversos temas, a la propia voz de los protagonistas, añade un sabor especial a la cuestión.
Anotado y precisado lo justo para hacer comprensibles los testimonios y poner en situación los temas, pasa por lo habitual en estos casos, como son las andanzas de los piratas más famosos, la bandera pirata, la historia de los bucaneros, etc. y por los aspectos menos conocidos, como la vida de los piratas en tierra, la cirugía a bordo, lo que hay de verdad en el pirata con un loro al hombro, la vestimenta, la justicia y los motines a bordo, la alimentación y la bebida, ron principalmente (ahí va la receta de una de las bebidas piratas favoritas, el ponche de ron: una parte ácida (zumo de limón o lima o naranja), dos partes dulces (azúcar blanco o moreno o sirope), tres fuertes (ron) y cuatro suaves (agua); puede aromatizarse con especias, como la nuez moscada, y servirse frío o caliente).
Que está bien documentado, tratándose de un libro de testimonios, es innegable. Que esta selección es buena lo muestra que cubra todo este espectro de la vida de los filibusteros, con amenidad y rigor. Por su composición, un libro imprescindible para el estudio y comprensión de la Edad de Oro de la piratería.



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Stuart Robertson


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Galápagos, de Kurt Vonnegut

(Galápagos)
Ed. Planeta/Eds. Minotauro, col. Clásicos
Barcelona, 2009 [1985]

Pese a que en las obras de Vonnegut las cosas no suelen ser lo que parecen, esta Galápagos sí va sobre las islas Galápagos y sobre la evolución.
Relatada por Leon Trout, hijo del recurrente personaje escritor de ciencia ficción Kilgore Trout, convertido en fantasma, un millón de años después de una gran catástrofe (incidentalmente, esta gran catástrofe es un colapso financiero mundial junto a una enfermedad que inhibe la reproducción), catástrofe que elimina casi por completo a la raza humana de la faz de la Tierra, describe cómo los últimos supervivientes llegan, en un crucero desngelado, a las islas Galápagos y así se convierten en el núcleo de la nueva humanidad (que, un millón de años después, es algo muy diferente de lo que conocemos).
Vonnegut siempre emprende un viaje de ida y vuelta desde lo universal a lo individual y de regreso a lo universal, aunque nunca regrese al mismo punto del que partió. Así, de la descripción del mundo y su reflejo en Guayaquil, donde se alojan los pocos participantes en ese crucero, descendemos hacia las vidas de cada uno, y de esas vidas, anodinas y particulares, volveremos a la historia de la humanidad, consecuente con sus caracteres pero que, con sus defectos, serán el punto de renacimiento de ésta.
La omnipresente ironía suave de Vonnegut sigue señalándonos lo estúpido de nuestra sociedad y de nosotros mismos; lo absurdo de nuestro comportamiento y de nuestras convenciones, y nuestra fragilidad humana en lo efímero de nuestras vidas, en las que lo mejor a lo que podríamos aspirar es a tener un poco de amabilidad para con nuestros semejantes.
Hay otro punto, sin embargo, distintivo de esta novela. Hemos dicho que es una novela evolucionista; de hecho, darwinista, y este factor está perfectamente reflejado en la misma: desde la supervivencia accidental de unos genes, que pueden desarrollarse si encuentran un ambiente favorable, a la supervivencia de los genes más aptos, están incluidos en el texto. En este aspecto, Galápagos es una de las pocas novelas que tratan el tema como hay que hacerlo, es decir, sin dejarse llevar por él y supeditándolo a lo literario; pero tampoco evitándolo.
Como siempre, un placer de lectura proporcionado por un autor único.

Portada y sinopsis

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Luna Nueva, de Howard Hawks

SESIÓN MATINAL

(His Girl Friday); 1940

Director: Howard Hawks; Guión: Charles Lederer, basado en la obra The Front Page de Charles MacArthur y Ben Hecht; Intérpretes: Rosalind Russell (Hildy Johnson), Cary Grant (Walter Burns), Ralph Bellamy (Bruce Baldwin), Gene Lockhart (Sheriff Hartwell), Porter Hall (Murphy), Ernest Truex (Bensinger), Cliff Edwards (Endicott), Clarence Kolb (Alcalde), Roscoe Karns (McCue), Frank Jenks (Wilson), Abner Biberman (Louie), Frank Orth (Duffy), John Qualen (Earl Williams), Helen Mack (Mollie Malloy), Billy Gilbert (Joe Pettibone), Alma Kruger (Sra. Baldwin); Dir. de fotografía: Joseph Walker; Dirección musical: Morris Stoloff; Música: Sydney Cutner.

La primera vez que se rodó este argumento (The Front Page, 1931) funcionaba; Hawks hizo Luna Nueva y no sólo siguió funcionando, sino que hizo esta obra maestra; en 1974 Billy Wilder lo hizo funcionar de nuevo (Primera Plana); y en 1988 se volvió a roday y, aunque más débilmente, siguió funcionando. De modo que loor y gloria a Charles Lederer, autor del guión, y a MacArthur y Ben Hecht, que lo eran de la obra teatral.
Y en cuanto a esta versión, la mejor de todas (lo que demuestra que no todos los remakes tienen que ser menores que el original), Hawks realiza una película con un ritmo endiablado, una de las más trepidantes de la historia del cine (tal vez junto a Uno, Dos, Tres de Wilder), que salta a velocidad de vértigo de situación en situación, de agudeza en agudeza, y con unos movimientos de cámara magistrales y unas actuaciones, tanto principales como secundarias, de libro. Un Cary Grant inconmensurable, en el papel que mejor le cuadraba, el del simpático bribón, y una Rosalind Russell espléndida. El papel le llegó después de haber sido rechazado por Jean Arthur, Ginger Rogers, Claudette Colbert e Irene Dunne, pero la Russell está maravillosa: guspísima, atrevida, mordaz en un mundo masculino, ingeniosa, cínica y tierna en los momentos en que debe estarlo, compone un monumento interpretativo.
Una de las mejores comedias, con toques de humor negro, jamás rodadas, Luna Nueva es una obra maestra del cine.

Tráiler: