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Time Bandits, de Terry Gilliam

SESIÓN MATINAL

(Time Bandits); 1981

Director: Terry Gilliam; Guión: Michael Palin y Terry Gilliam; Intérpretes: John Cleese (Robin Hood), Sean Connery (Agamenón), Ian Holm (Napoleón), Ralph Richardson (Dios), David Warner (Satán), Shelley Duvall (Dame Pansy), Katherine Helmond (Sra. Ogro), Michael Palin (Vincent), Peter Vaughan (Winston el Ogro), David Rappaport (Randall), Kenny Baker (Fidgit), Malcolm Dixon (Strutter), Mike Edmonds (Og), Jack Purvis (Wally), Tiny Ross (Vermin), Craig Warnock (Kevin), David Daker (Padre de Kevin), Sheila Fearn (Madre de Kevin), ; Dir de Fotografía: Peter Biziou; Música: Mike Moran; Diseño de Producción: Millie Burns.

Time Bandits, los Bandidos del Tiempo. En España, los distribuidores cambiaron el título por el de Los Héroes del Tiempo, lo cual indica una curiosa percepción sobre o bien el heroísmo o bien sobre el bandidaje.
Como no podía ser de otra manera tratándose del ex-Monty Python Terry Gilliam, esta película es una fantasía desbordante pasada por el humor. Un niño, Kevin, hijo de los padres más vulgares, anodinos y descerebrados que puedan imaginarse en la sociedad de consumo, descubre que en su propia habitación existe una puerta temporal por la que pueden colarse algunas anomalías anacrónicas. El definitivo anacronismo que llega a su cuarto es un grupo de enanos constructores y reparadores de la Creación, que están huyendo del mismísimo Dios (un impecable Ralph Richardson), al que le han robado el plano de las puertas temporales, un plano ambicionado también por Satán (un disfrutable David Warner). Entre secuestrado y seducido, los seguirá por diversas épocas y universos (que pueden intuir en la ficha de la película) hasta llegar a la confrontación final con el Mal.
Pese a ciertos altibajos, es una película enormemente divertida, con un derroche de imaginación e imaginería que la convierte en una visión sorprendente y fresca del género y del cine. Detalles a cientos: El castillo de Satán parece construido con piezas de lego (no estoy diciendo que la maqueta esté hecha con estas piezas: el castillo está construido con materiales que parecen piezas de lego a gran escala). Un curioso barco pirata que en realidad es otra cosa; golpes de guión: "¡Ah! ¡Qué mal me siento!", dice Satán; respuesta de su acólito: "¡Felicidades, amo!"; una curiosa y fascinante visión de lo que podía ser el Minotauro; el doble papel de Sean Connery, siempre valor seguro; la ironía permanente; y la crítica subyacente a un mundo, el nuestro, que aspira al aburrimiento, que es lo que consideramos normalidad. No se la pierdan.
Gran tráiler este. No sólo permite vislumbrar las virtudes de las imágenes de la película y la imaginación que las ha concebido, sino que es una humorada en sí mismo, un gag hecho con el avance de la película. En resumen, como una propina de humor. Siempre son de agradecer estos regalos.

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Memorias de un Beduino en el Congreso de los Diputados, de José Antonio Labordeta

Eds. B, col. NoFicción/Crónica
Barcelona, 20099 [2009]

José Antonio Labordeta, para quienes no estén al caso, es cantautor, luchador antifranquista (con el pasaporte retirado durante siete años), profesor de instituto, buen poeta (hermano de un gran poeta ya fallecido, Miguel Labordeta), autor de Canto a la Libertad, un poema/himno que ha resistido el paso del tiempo y las vicisitudes políticas; y de, en tono más irónico pero igualmente reivindicativo, La Canción de Severino el Sordo; por ejemplo y entre otras muchas. Y es aragonés.
Por cuestiones familiares, he llegado a conocer a las gentes de Aragón. Y aunque hay de todo, como en todas partes, buenos y malos, cuando un aragonés sale bueno suele ser recio (de carácter; el físico es lo de menos), decir las cosas claras y tener a bien mantener la palabra dada. Lo que antes se hubiera conocido como "noblote", en el buen sentido de la palabra. Respecto a la proverbial tozudez aragonesa, tengo la impresión de que no es tanto un rasgo excéntrico como uno que surge del andar, quieras que no, hacia adelante por mucho que sople el cierzo (viento incordio donde los haya) o abrase el sol monegrino.
Labordeta es de los buenos.
Este libro son las memorias de cuando fue elegido durante dos legislaturas para ir a Madrid como único representante de Chunta Aragonesista, a meterse en el a veces circo, a veces componenda, unas pocas parlamento que constituye la máxima representación popular española, el Congreso de los Diputados. Durante la mayoría absoluta de Aznar y la primera legislatura de Rodríguez Zapatero. Pronto se convirtió en un forúnculo incómodo y odioso para la derecha.
Cabe preguntarse cómo alguien, metido en el Grupo Mixto, con un turno de palabra de, máximo, cinco minutos de tanto en cuanto, único diputado de un partido marginal dentro de los juegos de mayorías que se ejercen en el Congreso, y que (como a todos los del Mixto) hubiera sido tan fácil ignorar (la cortesía parlamentaria se perdió hace mucho tiempo) o marginar, se convirtió en un personaje tan odiado por los diputados del PP.
Supongo que tiene que ver con ese decir las cosas claras. Al fin y al cabo, ya lo dijo Rafael Sabatini en una de esas geniales frases de Scaramouche: «Los señores de la derecha se indignan. Es lógico; a los señores de la derecha no les gusta la verdad».
En la paramera parlamentaria que vivimos, gentes como José Antonio Labordeta hacen falta, pertenezcan al partido que pertenezcan, por inteligencia y discurso. Y dentro de la literatura parlamentaria, hace mucho tiempo que han desaparecido estas valiosas crónicas escritas por gente con criterio y expresión (y reflejar desde aquí la añoranza por el desaparecido Lluís Carandell). De modo que estas memorias parlamentarias son doblemente útiles y necesarias. No sólo reflejan uno de los períodos más tristes de la historia de la democracia española (en la que hubo una prepotencia parlamentaria y gubernamental que tuvo su reflejo en la Guerra de Irak, el Plan Hidrológico Nacional y culminó en el interregno en el intento de engaño del 11 de marzo), sino las miserias y también unas pocas grandezas de la actividad del legislativo. Un poder que, muchas veces, parece tan alejado del pueblo como Samoa lo está de España. Que en esa cámara esté alguien del pueblo y que explique lo que sucede allí día a día no nos hace más demócratas, desde luego, pero sí nos ayuda a implicarnos en una actividad que, queramos o no, nos guste o disguste, es necesaria.

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Voci, de Dacia Maraini

Biblioteca Universale Rizzoli, col. Scrittori Contemporanei
Milán, 20052 [1994]

Existe edición castellana en Herce Editores.

Michela Canova vuelve a casa tras un cursillo de puesta al día y se entera entonces de que su vecina de rellano ha sido brutalmente asesinada a cuchilladas. Todavía con el trauma en la mente, recibe el encargo en la emisora de radio en la que trabaja de preparar una serie de programas sobre crímenes no resueltos (que son la mayoría) contra mujeres.
Empieza a compilar datos, pero sea por la proximidad o por la inmediatez, se implica cada vez más en la investigación del asesinato de Angela Bari.
Esta proximidad de domicilio le abrirá las puertas del entorno de Angela, y grabará y escuchará estas Voces del título, voces contradictorias sobre el carácter y la vida de de la víctima, tan contradictorias que resulta muy difícil descubrir la verdad. Todos o casi todos mienten, pero ¿por qué? Y, sobre todo, es muy probable que entre estas voces mentirosas, dolidas, asertivas, convencidas y presuntamente convincentes, esté la del asesino. Un asesino con una intensa sangre fría y una normalidad de comportamiento aparente que no es sino inquietante.
Es evidente que esta novela emplea los modelos del policiaco contemporáneo, pero va mucho más allá para convertirse en un alegato y una exposición contra la violencia hacia la mujer, sin caer sin embargo en el panfleto.
Dacia Maraini es una de las grandes escritoras italianas contemporáneas. Ha recibido casi todos los premios posibles en su tierra (esta Voces, por ejemplo, los Vitaliano Brancati, Zafferana Etnea, Città di Padova, Internazionale per la Narrativa Flaiano) y un gran reconocimiento fuera de ella (su obra más conocida es tal vez La Larga Vida de Mariana Ucrìa).
Desarrolla una narrativa impecable, comprometida, natural, con capacidades descriptivas notabilísimas, capaz de moverse en todos los ambientes sociales, y con una perspicacia psicológica en la creación de sus personajes difícilmente superable. Todas estas virtudes ayudan, y mucho, a hacer creíble una historia que en otras manos hubiese pasado a convertirse en un mero manifiesto; y en hacerla original y única sin renunciar al planteamiento de la problemática general de la violencia de género.
Y lo hizo, además, en 1994, cuando este fenómeno empezaba apenas a despuntar, pero para nada se había convertido en tema de primera página periodístico.
Dacia Maraini es una gran escritora; esto nos proporciona excelentes novelas, pero también nos da obras implicadas con la sociedad. En un mundo literario donde prima el oportunismo y la explotación, siempre será de agradecer que una escritora respete tanto la literatura como para componer relatos que saben tratar temas sociales pero conservando el lenguaje, la estructura y la dedicación literaria que los hacen permanentes en las mentes de los lectores.

Portada de la edición italiana
Sitio web de la autora (en italiano)

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La Neblina del Ayer, de Leonardo Padura

Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 2005 [2005]

Esta novela de Leonardo Padura, en teoría y en forma un policíaco, es en realidad un viaje por la historia social de Cuba, desde la época de la dictadura de Batista hasta la actualidad.
Empleando a su personaje Mario Conde (que provocó no pocos chistes en España, cosas de la serendipia), retirado ya de sus labores policiales y dedicado desde hace catorce años a la compraventa de libros antiguos en La Habana; Conde descubre un auténtico filón en forma de biblioteca de uno de los próceres de la sociedad cubana prerrevolucionaria, Alcides Montes de Oca. En uno de los libros encuentra un recorte de prensa que anuncia la retirada de una bolerista de físico espectacular, Violeta del Río. Un hecho que despierta ecos de un recuerdo en Conde, y es que su padre pudo estar enamorado de esta cantante. Más adelante, el asesinato del vendedor de esta biblioteca, uno de los hijos de la secretaria que ha cuidado de la casa desde que su propietario se exiliara vendrá a complicar las cosas. ¿Se puede matar por unos libros? ¿O puede que exista una historia más tenebrosa detrás?
Leonardo Padura hace un viaje sentimental por la cultura cubana y el mundo de sus libros, por la música de la isla y por las esperanzas frustradas que han ido jalonando la historia de Cuba. Y lo hace con estilo literario y con voz propia, en una narración que nos sumerge en La Habana y en sus gentes.
Porque es en el retrato de los personajes en donde el autor se muestra particularmente brillante, formando un cuadro perspicaz e incisivo de la sociedad habanera en particular y la cubana en general.
El nombre de Leonardo Padura ha ido sonando ya en los círculos literarios como el de alguien al que merece la pena seguir. A mí, que es la primera vez que me enfrento a su obra, me ha convencido plenamente como un autor que aprovecha los modelos pero huye del estereotipo, con unos planteamientos originales y con recursos estilísticos que van mucho más allá de la novela negra para adentrarse en la mejor narrativa latinoamericana contemporánea.

Portada y sinopsis

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Dark Star, de John Carpenter

SESIÓN MATINAL

(Dark Star); 1974

Director: John Carpenter; Guión: John Carpenter y Dan O'Bannon; Intérpretes: Brian Narelle (Doolittle), Dre Pahich (Talby), Carl Kuniholm (Boiler), Dan O'Bannon (Pinback), Joe Saunders (Comandante Powell), Miles Watson (Control de Misión), Cookie Knapp (Computador), Adam Beckenbaugh (Bomba #20), Nick Castle (Alienígena), Alan Sheretz (Bomba #19); Dir. de Fotografía: Douglas Knapp; Fotografía adicional: Cliff Fennemann y Dale Beldin; Música: John Carpenter; Montaje: Dan O'Bannon; Diseño de producción: Dan O'Bannon; Efectos especiales fotográficos: Dan O'Bannon; Efectos especiales: Dan O'Bannon; Consultor de efectos especiales ópticos y fotográficos: Bill Taylor; Animación: Bob Greenberg; Animación especial: John Walsh; Diseño de Nave: Ron Cobb; Miniaturas: Greg Jein y Harry Walton; Efectos de Sonido: John Brasher y Nick Spaulding.

Para valorar o simplemente ver una película, muchas veces es necesario realizar un ajuste respecto a la época y los medios con los que fue filmada. El caso más claro es el del cine mudo. En su época, un criterio de valoración objetivo era que una película muda era mejor cuantos menos rótulos tenía, señal que la mímima y la expresión eran suficientes para comprenderla. Bien, esta película fue filmada en 16 mm y con un presupuesto de 6.000 dólares; se vio que tenía posibilidades comerciales (en principio era el film/tesis de fin de carrera de Carpenter y O'Bannon) y Jack H. Harris financió su extensión de 30-45 minutos a los 83 finales y su paso ("hinchado", según el argot) de 16 a 35 mm. El presupuesto final fue la ridícula suma de 60.000 dólares. Jamás muestra esta carencia de medios.
Si esta película estuviera sólo soportada por sus efectos sería un fiasco (recuerden: esto sucedía antes de Star Wars; los efectos especiales aguantan muy mal el paso de 16 a 35 mm, etc.). Pero lo que convierte a esta cinta en una de culto y una pequeña joya es su imaginación, argumento y guión.
En el siglo XXII la tripulación de la nave "Dark Star", en una misión de larguísima duración en busca y destrucción de estrellas inestables, está cada vez más cansada y harta de esta misión, y sus componentes se han convertido en gentes alienadas y hurañas. Uno de los tripulantes no sale de la cúpula de observación. El capitán está criogenizado por una enfermedad no tratable. Otro tripulante está en guerra con la mascota alienígena de la nave, algo parecido a una pelota de playa (en realidad, una pelota de playa) con patas.
Bien, ¿no? Bueno...
Para destruir las estrellas inestables, la nave va equipada con su arsenal propio de bombas semiinteligentes. Por un fallo eléctrico, una de estas bombas, perparada para estallar en un tiempo determinado, no se desprende de la bodega de carga y se niega a desarmarse a sí misma. Ante esta situación dramática y contrarreloj, el consejo del capitán descongelado para la ocasión a su segundo es "Dialogad con ella. Habladle de filosofía".
Je, je, je.
Divertidísima, imaginativa, realizada profesionalmente, con un talento inmenso (aparte de Carpenter, que confirmó lo que se esperaba de él, está Dan O'Bannon, alguien no muy notorio pero que, cuando aparece en los títulos de crédito de una película, merece la pena verla; por ejemplo, en Alien, o en Total Recall), esta es una película sorprendente, fresca, y una de las mejores cosas que se pueden encontrar en el cine de ciencia ficción, a pesar de su modestia o precisamente por ella.
Hay películas con 6 ó 60 millones de presupuesto que dan la impresión de tener uno de 12 dólares con cuarenta centavos. Este filme de 60.000 dólares da la apariencia de que, sólo con el guión, se hubiera derrochado dinero y talento. Una joya.

Lamento decir que el tráiler es nefasto. No aprovecha apenas las posibilidades de la película: ni los diálogos filosóficos bomba/tripulantes, ni las posibilidades visuales (¿recuerdan una escena que se hecho ya tópica en el cine de género? El destructor estelar que pasa ante la cámara, interminablemente... Pues la primera vez que se concibió y rodó esta escena fue en Dark Star; en el tráiler, vergonzosamente, esta escena está acelerada, con lo que pierde toda potencia), ni las posibilidades inmensas de su guión. En fin, efectos de la comercialidad. La película es mucho mejor que el tráiler, créanme. Intenten verla (no es fácil encontrarla) y luego me comentan.


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Les Benignes, de Jonathan Littell

(Les Bienveillantes)
Quaderns Crema, col. Biblioteca Mínima
Barcelona, 20072 [2007]

Dentro de la evolución natural que la narrativa sobre el Holocausto está obligada a seguir, es sólo consecuencia lógica que se tenga que llegar a enfrentarse a la voz de los verdugos, y escribir una novela desde su punto de vista.
Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato? En efecto, semejante novela tiene unos riesgos inmensos, y no es el menor el convertirse en un alegato defensivo por parte de los nazis (de los que vamos sobrados: para aquellos que gusten de semejante literatura, pues no son más que unas ficciones autoexculpatorias y, en muchos casos, miserables, existen múltiples memorias de nazis corriendo por ahí, algunas más desvergonzadas que otras) o, incluso el riesgo de hacer que el lector empatice con el verdugo narrador.
Déjenme explicarles algo. Existe, en España, un escritor bien conocido que ya hace tiempo tiene el proyecto de escribir algo similar. Cada vez que lo ha hablado con su agente, con sus editores, éstos han torcido el gesto y han intentado por todos los medios quitárselo de la cabeza. Espero que no lo hayan conseguido definitivamente, tanto más cuanto estas Las Benévolas de Littell no sólo eluden estos riesgos, sino que le han valido a su autor el Premio Goncourt. [Lo cual dice mucho de nuestro país, en donde se edita mucho, muchísimo, pero aquejado de una cobardía intrínseca que habla con claridad de la calidad de edición que tenemos.]
Hemos hablado ya de Littell y su Lo Seco y lo Húmedo, una obra seguramente surgida de la necesaria (y extensa, añado yo) documentación a la que ha tenido que recurrir para escribir esta fundamentada y realista ficción (una contradicción de términos sólo aparente). Monumental, también: 1.151 páginas (que, en la edición catalana, van complementadas con un glosario de siglas y organismos nazis, necesario y muy didáctico).
Por resumir una historia larga con brevedad, la novela se inicia cuando el protagonista, teniente de la SD (la rama de inteligencia de las SS), es destinado a un Einsatzgruppe tras la vanguardia del avance alemán en Rusia con la misión de organizar los grupos de limpieza étnica en los territorios recién conquistados por los alemanes. Por unas rencillas dentro del servicio, será enviado a Stalingrado, de donde logrará salir herido y de milagro. Con semejante hoja de servicios, será reasignado para racionalizar la fuerza de trabajo de los campos de concentración y de exterminio. Desde esta posición nos relatará la vida en la retaguardia, su percepción (muy exacta) de lo que sucede en los campos y las vicisitudes del Reich hasta su hundimiento en Berlín.
He dicho antes que la novela se inicia en Rusia. Falso. En ralidad, el relato empieza cuando el supuesto redactor de estas memorias toma la pluma desde su casa en Bélgica, salvado de toda persecución, llevando una vida que denominaríamos normal después, mucho después de la guerra.
Es evidente que hay más: una historia de la persona del narrador, psicopática (no se asusten: sigan conmigo un poco más), que es necesaria narrativamente para marcar las distancias con el pseudoensayo o el panfleto. Y ahora vamos a lo de la psicopatía. No, la tesis de Littell no es que los verdugos fueran psicópatas. De hecho, Aue, el narrador, siente piedad por los prisioneros de los campos. Una piedad pasiva y ambigua, pero piedad muy en el fondo. En este contexto, convertirlo en psicópata, en un auténtico caso clínico, no hace sino remarcar, destacar, lo normales que eran sus colegas en el exterminio. Littell desdeña la mera explicación sádica o psicológica de un golpe. Quien quiera aseverar esta explicación, nos dice, que estudie las auténticas psicopatías del individuo; así verá lo diferentes que eran con respecto a lo que ocurrió en el Holocausto.
Y hemos hablado de piedad. No crean que es redimente. En el fondo, es autoexculpatoria, sin más. Lo que dice Aue es que hacía eso porque si no lo hacía lo habría hecho otro. Lo que no dice, pero deja claro, es que si no lo hacía no ascendería dentro del mundo del Reich alemán. Antes bien, descendería. De modo que encuentra una conveniencia en hacer lo que hace aunque diga que no le gusta.
Es también de agradecer que el autor no se haya decidido por uno de los ejecutores (ni por uno de los grandes jefes) sino por un ejecutivo planificador. En estos temas es muy fácil caer en la caricatura, y eso es algo que un escritor debe evitar a toda costa. Y también porque el quid de la cuestión no está en porqué sucedió lo que sucedió en Alemania, sino porqué se permitió que sucediera. Y para que el Holocausto se llevara a cabo fue necesaria una voluntad, sí, pero también muchas connivencias, un constante mirar hacia otro lado y un perpetuo autoconvencimiento de lo que se hacía era lo correcto.
Es por ese terreno por donde pasea Littell, que ha tenido que consultar de todo para hacer que esta obra suene tan auténtica como lo hace. En Lo Seco y lo Húmedo vimos cómo había realizado un análisis preciso y exacto del lenguaje nazi-fascista. En esta novela lo ha aplicado hasta sus últimas consecuencias. Todo suena verosímil, y si algunas cosas parecen extremas, sin embargo resultan posibles (salvo, tal vez, los últimos instantes en el búnker de Berlín, pero Littell da la impresión de haber querido marcar distancias entre ficción y realidad allí).
Por todo lo visto y muchas cosas más, esta incursión en la visión del otro no puede sino definirse como un ejercicio literario mayúsculo, lleno de perspicacia, militante en favor de los asesinados, que desnuda las mentiras formuladas por tantos y tantos discursos y memorias exculpatorias. Una obra maestra.

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El Hijo de Lagardère, de Paul Féval (hijo)

(Le Fils de Lagardère)
Ed. Mateu, col. Juvenil Cadete
Barcelona, s. f. (c. 1955?) [1893]

Dentro de la literatura folletinesca de aventuras, la ocurrencia de descendientes de los héroes queridos y apreciados por el público ha sido constante, aunque pocos de estos vástagos han sobrevivido al tiempo. El mismo Dumas practicó el sistema con su Vizconde de Bragelonne y el hijo de Athos. Otras manos apócrifas se aprovecharon de los mosqueteros y así surgió, por ejemplo, La Hija de Porthos (de Féval hijo, curiosamente). El mismo Salgari puso en escena a Yolanda, la Hija del Corsario Negro. Y así podríamos seguir, con estos émulos de sus padres a veces escritos por sus creadores y, las más, por otros escritores más vampíricos que eficaces.
Cuando menos, el recurso del hijo tiene un punto de respeto por el héroe creado por otras manos en el hecho de que le deja en paz y carga las nuevas invenciones en el hijo, bastardo o no, por poner un ejemplo, de d'Artagnan en lugar de masacrar el personaje original.
Sin embargo, en este El Hijo de Lagardère, quien retoma la saga es asimismo hijo del creador original. Un hecho notable. Para los freudianos que se están arremangando, les diré que tienen razones para alegrarse. Féval hijo explica los últimos instantes y circunstancias de la heroica muerte de Enrique de Lagardère, por ejemplo. El resto del análisis psicoanalítico se lo dejaré a ellos.
El caso es que Enrique de Lagardère dejó descendencia en forma de un hijo de tres años, que presuntamente murió o fue asesinado, aunque es más que posible que en realidad, y por motivos que quedarán claros, fuera sustituido in articulo mortis y hecho desaparecer, y que sea, justamente, el sargento "Bella-Espada" que aparece desde las primeras páginas del libro. Dejémonos de cuentos, la sutileza no es precisamente el terreno del folletín.
En cambio, lo que constituye su medio es el suspense periódico, el melodrama, la acción y la resolución final del misterio. Final y feliz, por supuesto. Suelen ser reglas que se siguen y es necesario que el lector se sitúe en ellas, así como se sitúa en otras en la contemplación de, por ejemplo, una película de dibujos animados.
Y funcionan en esta novela, como funcionaban en la de su padre. Si quieren un resumen argumental les doy uno somero: Bella-Espada es Felipe, el hijo de Lagardère y está siendo perseguido por uno de los antiguos enemigos de su padre, persecución que se extiende a su madre, a la que no conoce. En una serie de trampas y peligros, que sólo podrán ser desbaratados en el último momento y con la ayuda de los viejos camaradas de Enrique de Lagardère, Felipe encontrará su familia, su posición y el amor después de múltiples peligros y de culminar (o no) la venganza sobre el asesino de su padre.
Si les parece simplista, en efecto, lo es. Pero ¿y lo que se disfruta leyéndolo? Hay folletines y folletines. He leído, por puro completismo, algunos de los más caducos e infectos. De los que no funcionan, vaya. Pero este Hijo de Lagardère funciona. Y Paul Féval hijo no desmereció en nada a su padre.

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Nunca Enamores a un Forastero, de Ramón Díaz Eterovic

LOM Ediciones/Ed. Txalaparta
Tafalla (Navarra), 2006 [1999]

El saludable fenómeno de la novela negra autóctona está extendido por toda Latinoamérica, aunque aquí en España sólo nos lleguen breves y erráticos soplos de esta producción.
En esta novela Díaz Eterovic retoma el personaje de su detective Heredia «investigador privado, ebrio, metiche y pleitero», y lo lleva a la Punta Arenas natal del autor.
Acude a investigar unos anónimos remitidos a un antiguo amigo de universidad que está involucrado en una organización social católica, y que será asesinado al poco de su llegada. Su investigación se verá complementada cuando le encarguen buscar al culpable del asesinato de una muchacha.
Demasiados crímenes en tan poco tiempo. Pero también un ambiente en el que todavía medran aquellos que, aun cuando la dictadura pinochetistas acabó hace años, no creen que el mundo y la sociedad haya cambiado. Y, visto lo visto, puede que tengan razón.
Sé que me hago pesado, pero repito que los valores de la novela negra contemporánea consisten en reflejar el estado moral de una sociedad.
Díaz Eterovic, que conoce muy bien los modelos del género, ejecuta en esta novela un ejercicio de desarrollo de su personaje, pero también un relato de combate político, aunque su única reivindicación sea la de tener el derecho a estar desencantado, y a buscar un poco de decencia en un mundo indecente.
Escrita con ritmo, con personajes que traspasan la página, en el ambiente de la austral Punta Arenas y con situaciones creíbles, Díaz Eterovic logra una novela que no desmerece ni al género ni a la sociedad que recrea.

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Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola

(Apocalypse Now); 1979

SESIÓN MATINAL

Director: Francis Ford Coppola; Guión: John Milius y Francis Ford Coppola, basado en The Heart of Darkness, de Joseph Conrad; Intérpretes: Martin Sheen (Cap. Benjamin L. Willard), Robert Duvall (Tte. Col. Bill Kilgore), Frederic Forrest (Jay "Chef" Hicks), Marlon Brando (Coronel Walter E. Kurtz), Sam Bottoms (Lance B. Johnson), Dennis Hopper (Fotoperiodista); Dir de Fotografía: Vittorio Storaro; Música: Carmine Coppola, Francis Ford Coppola; Diseño de Producción: Dean Tavoularis.

Dentro del género bélico, la ruptura con los modelos establecidos la ejerció formalmente (y, desde este punto de vista, de forma magistral) esta película. Basada, a veces más y a veces menos, en El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, este filme deslumbró a los que no habían leído la novela conradiana, exasperó a los que esperaban una trasposición literal y desconcertó a los que entendemos que es posible captar su espíritu pero no es necesario (ni deseable) aferrarse al detalle.
Un rodaje complicado, un derroche de medios (que proporcionó la valiosa lección de que tener mucho dinero para rodar puede ser tan perjudicial como tener poco); un retraso en la producción tan descomunal que la película fue apodada como Apocalypse Later; y una en la que los excesos se notan en un desequilibrio temático y hasta formal.
Sin embargo, esta película sigue teniendo momentos tan brillantes (cada espectador tiene los suyos, que pueden o no coincidir con los de su vecino de butaca) como para justificar su visionado y su revisión.
La brillantez surge desde el inicio mismo, con Jim Morrison cantando The End sobre el fondo de un ataque de helicópteros sobre la jungla. Y sigue hacia arriba. El propio Coppola declara: "A medida que el viaje remontaba el río, la película fue menos trama para convertirse en una experiencia". Y es en este momento en el que la audiencia se divide en sus gustos (algo a lo que ayudan sobremanera los delirios mascullados de Brando/Kurtz): los que esperan más trama quedan defraudados y los que se dejan llevar creen haber llegado, al fin, a ese Corazón de las Tinieblas. Cosa que no es del todo cierta. En mi caso, mi posición es intermedia. Hay cosas interesantes en ese encuentro con Kurtz, pero el cambio de ritmo entre la primera y segunda parte es demasiado brusco, poco gradual. Y, además, el viaje no es precisamente hacia el horror, pero tampoco es un alejarse alegórico de él. En resumen, lo que transmite más Brando es ser un loco, pero no un iluminado. Haber llegado tal vez a su horror, pero no al horror absoluto. En ese aspecto, la película es un fracaso.
Pero esto no impide que, sin ser una obra maestra, sí sea una obra que marca al espectador.

Tráiler original:

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El Sec i l'Humit, de Jonathan Littell

(Le Sec et l'Humide. Une Brève Incursion en Territoire Fasciste)
Quaderns Crema, col. Assaig
Barcelona, 2009 [2008]
Postfacio de Klaus Theweleit

En el postfacio que Klaus Theweleit (y que, a mi juicio, hubiera sido más clarificador como prólogo) escribe a este Lo Seco y lo Húmedo, enuncia la tesis que le llevó a escribir Männerphantasien [Fantasías Masculinas]: «el intento de describir el fascismo, y más concretamente el nazismo alemán, no como el aborto de una "ideología" espantosa, sino presentándolo, partiendo de la relación hombre-mujer en la historia europea, como una manera violenta de establecer la realidad. [...] El estado fascista como una realidad producida por el cuerpo de quien yo denomino el hombre soldado. [...] Littell encuentra en Degrelle ─[...] aun protagonista de otra cultura─ casi los mismos comportamientos y grupos léxicos ordenados en torno al pánico ante la "disolución de los límites corporales". Suciedad, fango, pantano, mocos y caldo para designar el "comunismo" como "marea roja", el miedo a todo aquello que disuelve los cuerpos, a la mujer erótica, a la denominada Flintenweib ("la mujer escopeta"), a la cual el soldado masculino opone la "virginal enfermera blanca", así como la verticalidad de su presencia en el mundo, su coraza corporal endurecida, indisoluble.»
Theweleit y Littell explicitan en mayor detalle esta hipótesis, nacida de «cuando de mis investigaciones resultó que las respuestas freudianas no explicaban de manera satisfactoria la obsesión por el exterminio que tenían los nazis y su generación de asesinos, me vi obligado a continuar adelante; entre otras fue importante la ayuda que me proporcionó la "antipsiquiatría" francesa, Deleuze, Guattari». [Theweleit]
Así pues, nos hallamos ante un texto que analiza un aspecto que últimamente ha llamado la atención tanto de historiadores como de escritores, como es el discurso nazi-fascista. Entendiendo como discurso no el de los mítines (aunque, me apresuro a remarcar, existen identidades psicológicamente importantes entre éstos y el lenguaje expositivo privado), sino el parlamento que emplean los fascistas en sus expresiones privadas, expositivas, asertivas o autojustificativas.
Lo hace mediante el análisis de las obras de un fascista después nazi, no alemán sino belga francófono, trepa y arribista, hasta tal punto que fue consciente de escoger el poder o su apariencia aunque no tuviera ningún futuro antes que renunciar a él. Leon Degrelle, jefe del partido rexista, comandante de la Legión Valona, después integrada en las Waffen-SS.
Si alguien piensa que este aspecto, el del lenguaje, es trivial, el libro de Littell desmiente esta impresión. Toda ideología, sobre todo las totalitarias, formula un lenguaje propio, y llama la atención cómo cualquier dictador o aspirante a serlo formula también este lenguaje y una serie de expresiones repetidas como si fueran mantras, que se convierten en tópicos que parecen risibles, pero que combinados con el adecuado populismo, se tornan mensajes psicológicamente, si no potentes, sí conformantes de una realidad.
No se trata de un libro divertido, por descontado, ni tan siquiera uno cuyo tema se haga atractivo, pero necesario e incisivo en su análisis, puesto que apenas tenemos base real que analizar para intentar comprender los mecanismos psicológicos que mueven a unos torturadores y exterminadores que parecen situarse más allá de la razón y que, sin embargo, mediante este análisis del discurso, podemos aprehender.
Me gustaría resaltar un aspecto que Littell no señala. Degrelle, como los miembros de los freikorps analizados por Theweleit, como máximo pueden ser definidos como listos, pero no como inteligentes. Una persona inteligente puede modular su discurso, disimularlo o revestirlo de razones (verdaderas o falsas), pero sobre todo es capaz de autoanalizarse y ejercer una autocrítica que mediatiza su discurso y lo hace, a la vez, más adaptable a otras personas no afines a su ideología y menos autoexplicativo psicológicamente. No obstante, cuando quien asume este discurso es alguien como Degrelle, esos conceptos ideológicos y autojustificativos surgen sin ambages, porque necesita creer en ellos, casi literalmente, y porque cree que las imágenes que emplea son ciertas. Por así decirlo, el inconsciente fluye incontrolado. Por eso este libro, al tratar de Degrelle, un tipo al que le calaron argumentos ideológicos muy superiores a los que hubiera podido crear él, acierta. Porque Degrelle asumió estos argumentos hasta crear con ellos una Weltanschauung. Su discurso, consciente e inconscientemente, es la esencia del discurso nazi.
Y por eso este análisis es esclarecedor, no sobre el personaje, sino sobre la ideología.
Littell ha dado en el calvo con este libro, y pone una piedra más en la deconstrucción de ese discurso y, por ende, del discurso dictatorial.

Sinopsis

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L'Home que es Va Esfumar, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö

(Mannen Som Gick Upp i Rök)
Ed. Columna, col. Clàssica, serie Negra Martin Beck
Barcelona, 2009 [1966]

En las expediciones de búsqueda de autores nórdicos que puedan estimular el vaciado de los bolsillos del lector aprovechando el tirón Mankell-Stieg Larsson se ha llegado al punto de la necrofagia.
El matrimonio formado por Maj Sjöwall (n. 1935) y Per Wahlöö (1926-1975) no es un desconocido en las librerías españolas. En los estantes de los lectores sí. En la ya lejana década de los setenta se editaron algunas de sus obras, con éxito menos que escaso. Curiosamente, las mismas que hoy reciben el raro privilegio de haber sido compradas en bloque y editadas con los honores del nombre de su inspector protagonista Martin Beck.
Los esfuerzos de justificación de portadilla resultan un poco patéticos: "pretendían ser una denuncia contra las vacas sagradas de la sociedad sueca". "Permiten al lector curiosear en la sociedad sueca". Puesto que estamos hablando de novelas escritas en los años sesenta, comprenderán con rapidez que el espectro de nuestro curiosear será ciertamente limitado, tanto más cuanto no queda reflejado el gran trauma que representó en esa sociedad el asesinato de Olof Palme, un trauma que pervive hasta hoy (como testimonian las obras de Henning Mankell).
En fin. Maniobras comerciales aparte, he curioseado poco en la sociedad sueca, entre otras cosas porque esta novela se desarrolla en su mayor parte en Hungría, en Budapest. La Budapest de los años sesenta, claro (descrita como una de las capitales con menor índice de criminalidad del mundo; hoy es una de las capitales con mayor índice de criminalidad de Europa).
Un periodista sueco ha desaparecido sin dejar rastro en Budapest, y allá va el inspector Martin Beck a intentar averiguar lo que pueda y abortar un hecho que puede convertirse en una bomba de relojería política.
La novela está bien construida. Es eficaz, de personajes bien trazados y con trama sólida. Incluso puede ser que para un sueco represente un viaje, sentimental o no, hacia una época. Todo lo cual, puesto en su sitio, quiere decir que hemos (re)descubierto a unos autores dignos dentro del género. Como hay muchos en la historia de la literatura policial. Pero no llevan diéresis o circulitos sobre sus vocales.

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Aurora Boreal, de Åsa Larsson

(Solstorm)
Seix Barral, col. Biblioteca Formentor
Barcelona, 20097 [2003]

Para tranquilidad del público, y abundando en una opinión que escuché el otro día por la radio, la invasión de novela policíaca escandinava debe estar a punto de acabar, más que nada porque ya no quedarán autores que traducir. Las editoriales ya empezaron a hurgar en estos países a raíz del éxito de Mankell (recuerdo una novela noruega, con un desagradable inspector de policía que eliminaba sus neurosis con saltos en paracaídas); desde el fenómeno Larsson (ningún parentesco con la autora que tratamos hoy), se ha extraído el oro (o la pirita, llamada también "el oro de los tontos") de Noruega, Dinamarca, Finlandia y, por supuesto, Suecia. En estas expediciones depredadoras, como decía este comentarista radiofónico, ya hemos llegado hasta Islandia, de modo que tranquilos todos. Sólo queda, decía él, Groenlandia. Y, añado yo, las islas Feroe, o Føroyar si se muestran ustedes nativos (algo fácil. Hemos seguido un curso intensivo de cultura vikinga).
En fin. Respecto a esta Aurora Boreal, me he encontrado con un fenómeno infrecuente en mis lecturas. Es una obra que tiene todos los elementos necesarios para ser una buena novela, y sin embargo, el conjunto es inferior a sus partes consideradas por separado. Un caso desconcertante. La protagonista es una abogada (comercial y fiscal) que debe volver a su tierra natal para asumir la defensa de una amiga suya cuyo hermano, un iluminado cristiano que es considerado un profeta, ha sido asesinado muy ritualmente.
Enclavada en el norte de Suecia, un lugar de población escasa y dispersa (y, por supuesto, donde se conoce casi todo el mundo), con una fuerza policial voluntariosa y eficaz, personajes y situaciones son muy atractivos. Pero parece como si la construcción, elaborada con estos materiales tan fantásticos, se hubiera finalizado en una cabaña más que en un palacio.
Si algo salva a esta novela, más allá de sus elementos constitutivos, es que trata de la religiosidad en Suecia, un país tradicionalemente puritano, cuya iglesia o iglesias siempre han tenido un control social muy fuerte sobre el caarácter de la población.
Lo confieso, no volvería a leerla; pero tampoco me ha disgustado tanto hacerlo una única vez. Sin ser una mala novela, tampoco es buena, aunque no pueda calificarse de mediocre. Y si esto les parece inconcreto, lo siento. Pero es lo que hay, a mi parecer.

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Scaramouche, de George Sidney

SESIÓN MATINAL

(Scaramouche); 1952

Director: George Sidney; Guión: Ronald Millar y George Froeschel, basado en la novela de Rafael Sabatini; Intérpretes: Stewart Granger (André Moreau/Scaramouche), Mel Ferrer (Noel, Marquis de Maynes), Eleanor Parker (Lenore), Janet Leigh (Aline de Gavrillac de Bourbon), Henry Wilcoxon (Chevalier de Chabrillanne), Nina Foch (María Antonieta), Lewis Stone (Georges de Valmorin), Robert Coote (Gaston Binet), Richard Anderson (Philippe de Valmorin "Marcus Brutus"); Dir. Fotografía: Charles Rosher; Música: Victor Young; Dir. Artística: Cedric Gibbons y Hans Peters; Coreografía de combates: Jean Heremans.

Esta semana les he hablado de Scaramouche, la novela. Ya saben que las versiones difieren, para bien en ambos casos. Esta película ha sido definida como un musical sin música (o, para ser más precisos, sin canciones) y es una acertada descripción.
En glorioso (nunca mejor dicho) tecnicolor, con un vestuario esplendoroso, con un guión algo más allá del código Hays, unas interpretaciones grandiossas en su género, aprovechando lo mejor de la novela y lo mejor del lenguaje fílmico, bellamente coreografiada, esta aventura se erige como una de las más perfectas jamás filmadas, con acción, ironía, suspense e incluso algo de mensaje.
Posee el duelo a espada más espectacular y largo de la historia del cine, y sólo esa escena ya vale verla una y otra vez.





Pero no les voy a dejar en ascuas. Ese famoso duelo a espada, de seis minutos y medio, pueden verlo clicando en este enlace. Coreográfico, acrobático, real (con muy pocos dobles; Stewart Granger recibió doce puntos de sutura en una pierna) y maravilla del género (se suprimió la música para dejar sólo el sonido de las espadas y las exlamaciones y jadeos del público y los espadachines, y se instalaron micrófonos para captar el sonido de las espadas sobre el mobiliario y decorado), con unos Stewart Granger y Mel Ferrer más allá de la plena forma.

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Scaramouche, de Rafael Sabatini

(Scaramouche)
Mondadori, col. Grandes Clásicos
Barcelona, 2007 [1921]

Los mejores personajes de Sabatini son aquellos que se mueven entre dos mundos y su conflicto vital no es tanto lograr pertenecer a uno de ellos como conseguir hacerse un sitio en la vida sin renunciar a ser ellos mismos. Este es el caso de Scaramouche, su obra cumbre, y aquella en la que su protagonista, André-Louis Moreau, es un bastardo no reconocido pero con estudios de abogado que ni es noble ni es plebeyo.
Tal vez por ser lo que es, ha aprendido a contemplar con cínico distanciamiento ambas sociedades. Sin embargo, y como ocurría con el Capitán Blood, André-Louis se verá forzado por las circunstancias a tomar partido. Pero lo que hace grande a esta novela es que esas circunstancias jamás le harán renunciar a sí mismo.
El argumento debería ser conocido por todos, puesto que existe una película magistral del mismo título, pero sucede que ambas versiones difieren en ciertas cosas fundamentales. Sabiamente organizada en tres partes, La Toga, El Coturno y La Espada, André-Louis reacciona en la primera ante el asesinato de su revolucionario y seminarista amigo Vilmorin (la acción se desarrolla antes y durante la Revolución Francesa) por parte del Marqués de la Tour d'Azyr, en un duelo imposible de ganar por el aspirante a abate, prometiendo venganza y exigiendo justicia. Al serle negada ésta, abrazará la causa revolucionaria y, perseguido como sedicioso, buscará refugio y anonimato tras la máscara teatral del personaje Scaramouche, de la Comedia del Arte, un tipo "sutil y peligroso, que consigue sus propósitos tortuosamente". Un enfrentamiento frustrado con el Marqués le llevará, por casualidad, a parar en una academia de esgrima, donde se convertirá en una de las mejores espadas de Francia.
Reclamado por Danton y otros diputados de la Convención para detener la sangría que los nobles hacen a copia de duelos de los diputados del Tercer Estado, se negará en un principio hasta enterarse de que es la Tour d'Azyr el instigador de esta carnicería, con lo que aceptará al ver la posibilidad de venganza.
Más la clásica historia de amor y el descubrimiento de su historia familiar.
Scaramouche es una novela muy citable, desde su frase inicial («Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco») hasta otras muchas perlas que se encuentran en el texto. Pero es como monumento de la novela de aventuras por lo que realmente es válida. Todo lo que compone el género está quintaesenciado aquí, pero lo está con una agilidad narrativa asombrosa, unos recursos argumentales notabilísimos y un estilo impecable. Y, cosa rara, con un sentido del humor infrecuente en el género. Sólo Sabatini pudo competir con Sabatini, y han pasado los años y nadie ha podido escribir una novela que superase los logros de Scaramouche.

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La Mirada del Observador, de Marc Behm

(The Eye of the Beholder)
RBA Libros, col. Clásicos Novela Negra
Barcelona, 2008 [1980]
Prólogo de Paco Camarasa

Marc Behm es un autor que ha alcanzado en España una condición casi legendaria con apenas tres novelas publicadas. Una de ellas, La Doncella de Hielo, ha sido un título mítico. Su publicación en nuestro país precedió por poco tiempo al hundimiento de Editorial Júcar, que fue quien la publicó. Desaparecida la edición del mercado, y sólo mediante el comentario de los lectores (pocos) que tuvieron la oportunidad de leerla, se convirtió en uno de los libros más buscados de España, y de los más inencontrables, porque nadie (como dice Paco Camarasa en su prólogo) presta un libro de Marc Behm; mucho menos lo vende. Este estatus de autor de culto casi siempre se justifica por la obra, pero en este caso algunos antecedentes vienen a aclarar y potenciar las virtudes que le han llevado a esta posición. Marc Behm fue guionista. ¿De qué películas? de Help!, por ejemplo. O de Charada, y ahí ya encontramos claves que rigen también su ficción literaria, como son los giros argumentales; la estructura en arabesco, que se reproduce a sí misma, como si sus argumentos fueran matrioshkas que se contuvieran a sí mismos en progresión; como la escalada de tensión.
Esta La Mirada del Observador es singular por muchos motivos. El Ojo (nunca sabemos su nombre) es un investigador privado que tiene una hija a la que no ha conocido jamás. Unos clientes le encargan que averigüe lo que pueda sobre la novia de su hijo. Y lo primero que descubre es que, después de un matrimonio rápido, esta Joanna Eris asesina a su reciente marido con una frialdad (no; con una naturalidad) pasmosa. El Ojo, un poco irracionalmente, asimilará a esta chica con su hija perdida, mandará al infierno a los clientes y a la agencia para la que trabaja y empezará a seguir (y a proteger) a Joanna. Un recorrido criminal, porque Joanna es una auténtica femme fatale, una viuda negra,
El New York Times define esta novela como una memorable combinación de thriller y suspense psicológico. Es una adecuada descripción. En esta persecución cada vez más al límite, cada vez más tensa, asistimos a una evolución del pensamiento del Ojo, casi rayano en la locura, pero que entendemos muy bien. Y a una estructura que nos deja queriendo leer, saber más, hasta llegar a su conclusión.
Behm aprovecha los modelos del género, sus estructuras, pero nunca para escribir cosas al uso. En su caso, es el género el que se adapta a él, y no es él el que se conforma a los usos de la novela negra.
Marc Behm es un autor de culto, y lo es muy justificadamente. Porque nadie en el género ha escrito como él.

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La Verdad, de Terry Pratchett

(The Truth)
Plaza & Janés
Barcelona, 2009 [2000]
Serie del Mundodisco nº25

Terry Pratchett ha obtenido un éxito tan absoluto y ha realizado las cosas con tal aparente simplicidad que cabe preguntarse por suál es su secreto. No es que se base en un único concepto, pero uno de los principales factores que lo han hecho grande es la profunda humanidad de sus personajes y la profunda humanidad que despliega Pratchett al tratarlos.
Grandes o pequeños, grandiosos o ridículos, son gentes a las que reconocemos, con sobre todo sus defectos, pero con alguna grandeza intrínseca corriendo por ahí. Pero sobre todo por el trato que Pratchett les dispensa. Malvados o benéficos, todos gozan de un trato (y un fin; o a veces hasta de un principio) justo. Y es que puede parecer que hay muchas cosas irracionales en la ficción del Mundodisco, pero hay también una justicia intrínseca, aunque sea la que la física o la naturaleza reserva al orden de las cosas.
No es una ficción que nos tranquilice, por supuesto, aunque siempre nos divierta. El auténtico humor despoja, más que viste, al ser humano. Tampoco es que nos reafirme en nada, salvo en lo chapuceros que podemos ser los humanos. Aún así, nos sentimos, si no bien, sí justamente tratados.
La Verdad. ¿Qué sería esto, así, con mayúscula, sin ser un tratado filosófico? Vamos, piensen. Pero no olviden que somos humanos. ¡Ajá! ¿qué otra cosa podría ser, sino un periódico? En efecto, esta es una novela sobre la aparición de la prensa informativa en el Mundodisco. Y no, el periódico no se llama La Verdad, sino el Ankh-Morpork Times, pero todo director de periódico piensa en realidad que lo que su prensa edita es esa verdad.
Ingeniosa y humorística como siempre, esta novela es, a la vez que un homenaje, una exposición de lo que es el periodismo, lo que fue en sus tiempos heroicos y una adecuada alegoría del conflicto entre poder e información.
Veinticinco novelas después de que Pratchett encontrara el canal adecuado para su humor, que a la vez es visión esclarecedora de los absurdos y contradicciones del ser humano, su ingenio sigue aguzado, su humor fresco y su mundo (familiar para los lectores avezados, deformante en el sentido de que contiene al nuestro según normas que no debemos seguir para los nuevos en el Mundodisco) sigue siéndonos tan propio que no podemos sino contemplarlo con auténtico cariño.

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La Grande Illusion, de Jean Renoir

SESIÓN MATINAL

(La Grande Illusion); 1937

Director: Jean Renoir; Guión: Jean Renoir y Charles Spaak; Intérpretes: Pierre Fresnay (Cap. de Boeldieu), Erich Von Stroheim (Cap. Von Rauffenstein), Jean Gabin (Tte. Maréchal), Julien Carette (Cartier, el actor), Marcel Dalio (Tte. Rosenthal), Gaston Modot (El ingeniero), Jean Dasté (El profesor), Dita Parlo (Elsa); Dir. Fotografía: Christian Matras; Música: Joseph Kosma; Canciones (música/letra): Vincent Telly / Albert Valsien; Dir. Artística: Eugène Lourie; Montaje: Marguerite Renoir y Marthe Huguet.

Son muchas las cosas que se podrían decir sobre La Gran Ilusión, y confieso que no sé por dónde empezar. Tal vez por lo superficial, y es que es una película en la que uno de sus protagonistas es Erich Von Stroheim. Es curioso, pero lo primero que había visto de este buen hombre era su filmación de Gloria Swanson bajando las escaleras en Sunset Boulevard (ya sé; pero no se preocupen, tarde o temprano hablaré de esa película, de modo que entonces entenderán lo que quiero decir, si no lo han comprendido ya); y lo segundo fue este papel de oficial alemán en La Gran Ilusión. Por tanto, que después o mientras me enterase que Stroheim era "el hombre al que todos adoran odiar" jamás me hizo efecto. Sobre todo por La Gran Ilusión.
Verán, es una película que parece como cualquier otra del género: un terceto de aviadores aliados en la Primera Guerra Mundial han sido hechos prisioneros y están encarcelados en un castillo alemán, de donde intentan la fuga una y otra vez.
Y sin embargo, esta es una película en que los estereotipos, los lugares comunes, se ven desplazados por las personas. Estos aviadores, mal que bien, mantienen una relación con sus captores, y esa relación trasciende a la guerra para hacerse más personal.
En esta película presenciarán cómo los seres humanos lo son a pesar de las guerras, y aunque no puedan sustraerse a ellas. Cómo las fronteras son una invención y las lenguas una barrera fácilmente evitable.
Les he dicho ya que es una película en apariencia bélica.
En realidad, es un alegato contra todo aquello que nos hace renunciar a ser humanos, y una visión de cómo esas enemistades figuradas pueden llegar a torturar a quienes, en el triste cumplimiento de su deber, más triste por cuanto les destroza interiormente, tienen que abatir a seres humanos a los que, antes o después, comprenden y reconocen como personas antes que enemigos.
Por eso jamás he sentido animadversión por Stroheim cuando lo he visto en la pantalla. Porque siempre me retrotrae a este militar prusiano de La Gran Ilusión, por el que sigo teniendo una compasión y un afecto inconmensurables.
La Grande Illusion es una película conmovedora, uno de esos ejemplos de cómo el cine, cuando es cine, puede resistir los años y seguir trayéndonos historias inmortales, enormes y nuestras.

Les traigo hoy una curiosidad, antes del acostumbrado tráiler, y es el tráiler para la redistribución de la película, en el que el propio Jean Renoir (en inglés) explica el surgimiento de la película, su recuperación y esboza algo de lo que pretendía hacer con este filme. Un documento de gran valor.





Y, finalmente, el tráiler de la película. Tal vez no demasiado bien hecho como tráiler, pero con algunas de las mejores escenas que pueden encontrarse en el filme. No las tomen en consideración por este avance: el conjunto de la película, como no podía ser de otra manera, es infinitamente superior.

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Pequeña Fiesta, de Li Bo

(Yuè Xià Dú Zhuó/月下獨酌)

Li Po, o Li Bo, o Li Bai, o Li Tai-pe (701-762), que de todas estas maneras se ha escrito su nombre, fue un poeta legendario en vida, legendario en su muerte y legendario después de ella.
Vital, juerguista y borrachín, fue inmensamente popular en su tiempo (hecho al que contribuyó la invención de la imprenta en China. ¿La imprenta? Sí, señoras y señores, Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles), y lo ha seguido siendo desde ese lejano siglo VIII.
Sus temas eran, cómo no, la vida, el amor y el vino, y sus poemas eran tan buenos, tan avanzados y tan vitales y alegres que era considerado por sus contemporáneos como alguien tocado por los dioses. Tal vez fuera así. Uno se imagina al Augusto Personaje de Jade, allá en su palacio celestial, suspendiendo con un gesto una audiencia para inclinarse a escuchar, interesado, el nuevo poema que Li Po tuviera a bien componer.
Si su vida fue enorme, no menos lo fue su muerte. Dicen que en una excursión en barco, ebrio y emocionado, se lanzó al agua para abrazar el reflejo de la luna. Y se ahogó. Cierto o no, era muy capaz de hacerlo, y eso es prueba de lo emocional y auténtica que podía ser su poesía.
Uno desea que ese fuera su final. Que el Augusto Personaje de Jade, harto de esperarle, lo tentara con esa Luna tan buena amiga y lo alojara, ya definitivamente inmortal, en una constelación. Sin duda su poesía ya era divina.
De entre su producción, el más inmortal de sus poemas es esta Pequeña Fiesta, que reproduzco aquí (a menos que Wikipedia me haya tomado el pelo, porque ustedes entenderán que yo, de chino, no tengo ni idea):

花間一壺酒
獨酌無相親
舉杯邀明月
對影成三人
月既不解飲
影徒隨我身
暫伴月將影
行樂須及春
我歌月徘徊
我舞影零亂
醒時同交歡
醉後各分散
永結無情遊
相期邈雲漢

La, dicen, más fiel traducción al inglés es esta, de Arthur Waley:

A cup of wine, under the flowering trees;
I drink alone, for no friend is near.
Raising my cup I beckon the bright moon,
For her, with my shadow, will make three people.
The moon, alas, is no drinker of wine;
Listless, my shadow creeps about at my side.
Yet with the moon as friend and the shadow as slave
I must make merry before the Spring is spent.
To the songs I sing the moon flickers her beams;
In the dance I weave my shadow tangles and breaks.
While we were sober, three shared the fun;
Now we are drunk, each goes their way.
May we long share our eternal friendship,
And meet at last on the Cloudy River of the sky.

Que les traduzco, para darles cuenta de la letra del poema:

Alzando mi copa con un gesto invito a la brillante luna,
Pues con ella, y mi sombra seremos tres.
La luna, cielos, no es bebedora;
Silenciosa, mi sombra gatea a mi lado.
Pero con la luna como amiga y la sombra como mi esclava
Debo hacer fiesta antes de que pase la Primavera.
A las canciones que canto la luna ondula sus rayos;
En la danza que trenzo mi sombra se enreda y se parte.
Mientras estuvimos sobrios, tres compartieron la diversión;
Ahora estamos ebrios, y cada uno va por su lado.
Que podamos largo tiempo compartir nuestra eterna amistad,
Y encontrarnos al fin en el Brumoso Río del cielo.

Pero es el espíritu de este poema el que ha inspirado centenares de versiones, hasta el punto de que pocos poetas no han sido tentados por él.
Una de las mejores, a mi juicio, es la catalana, debida a Marià Manent:

Prenc un flascó de vi
i entre les flors bevia.
Som tres: la lluna, jo
i l’ombra que em seguia.

No sap beure, per sort,
la lluna, bona amiga,
i la meva ombra mai
la set no l’angunia.

Quan canto, vet ací
la lluna que s’ho mira;
quan em poso a dansar,
l’ombra em fa companyia.

Quan s’acaba el festí,
els convidats no em fugen:
vet ací una tristor
que mai no l’he tinguda.

Si me’n torno al casal
em segueix l’ombra muda,
i una mica més lluny
m’acompanya la lluna.

[Tomo un frasco de vino
y entre las flores bebía.
Somos tres: la luna, yo
y la sombra que me seguía.

Por suerte, no sabe beber
la luna, buena amiga,
y a mi sombra la sed
jamás la mortifica.

Cuando canto, he aquí,
la luna se lo mira;
cuando me pongo a bailar,
a mí se añade la sombra.

Cuando se acaba el festín,
los invitados no me rehúyen:
he aquí una tristeza
que me es desconocida.

Si vuelvo a casa,
me sigue la sombra muda,
y un poco más lejos
me acompaña la luna. ]

Los poemas están para ser oídos. E incluso cantados. Muchos han cantado esta versión, con música de Toti Soler, y de entre ellos, Joan Manuel Serrat:



¿Quién no puede emocionarse ante la belleza? Yo, cuando levanto mi copa en soledad, no puedo menos que sentirme acompañado por mi sombra y por Li Po. Y sí, a veces también por la Luna.

Feliz Año Nuevo.