El Cobrador, de Rubem Fonseca

(O Cobrador)
En El Cobrador
LaBreu Edicions, col. La Intrusa
Barcelona, 2010 [1979]

Rubem Fonseca es perfectamente capaz de emplear la sutileza, la mediatinta, la implicación (como se demuestra en algunos de los relatos de la colección en la que está incluido este cuento), pero no hay duda de que se mueve como pez en el agua en los extremos. En el caso de este relato, es el odio extremo.
El Cobrador se inicia (de forma bastante bestia) cuando un hombre acude al dentista a que le extraigan una muela y, en el momento de exigírsele el pago, saca una pistola con la que amenaza al dentista mientras destroza el consultorio; después le dispara una bala en la rótula y grita: «¡Yo ya no pago nada más, estoy cansado de pagar! ¡Ahora soy yo quien cobro!».
Desde esta premisa, Fonseca nos embarcará en un seguimiento de las acciones y pensamientos de este autodenominado "El Cobrador", en lo que es una inmersión en la mente de un psicópata con un motivo, el resentimiento. Escalofriante es seguirle mientras recolecta las armas que serán instrumento de su ajuste de cuentas; más escalofriante todavía presenciar sus dilemas cuando juzga a las personas a las que se encuentra considerándolas o no "deudoras" según su vida aparente y su balance según la vida les haya dado o quitado, un balance que resulta en la pena de muerte o la decisión de dejarlos con vida.
Por descontado, Fonseca no se limita al mero morbo, ni a la historia simple de un psychokiller. Cuando el cobrador se decide a dar el paso de la venganza colectiva en vez de la individual, motivado por un hecho sorprendente que no revelaré, lo que hace Fonseca es reconsiderar los límites de la demencia: ¿es el terrorismo producto de la organización de una locura individual? ¿es esa supuesta "justicia social" terrorista justificable por su motivaciones? ¿o bien, cuando es individual, sólo es considerada una enfermedad? ¿Son, por tanto, dementes enfermos organizados los terroristas?
Fonseca no proporciona respuestas a estos interrogantes, pero los plantea (no a las claras, por supuesto; hablamos de estilo literario, no de panfletos). Y ese mero hecho es valioso. Como individuo, sería socialmente aceptado enviar al cobrador a un manicomio. Al organizar la violencia, la sociedad exigiría la pena más dura de prisión (o de vida) para él y los que le acompañan. Pero, ¿existe la diferencia?
Es evidente que esta disyuntiva no se planteará jamás en el mundo real. Pero es el reino de la literatura explorar las posibilidades y plantearse interrogantes, de modo que en el campo de la ficción relatos como este son perfectamente lícitos, en tanto en cuanto nos hacen reflexionar sobre hechos que son muy reales.

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