El No Va Más, de Stanley Elkin

(The Living End)
Ed. Empúries/Paidós, col. Narrativas de Hoy
Barcelona, 1988 [1977]

Stanley Elkin es uno de esos autores que, vaya usted a saber por qué, son reconocidos y prestigiados en su país pero no han acabado de dar el salto fuera de sus fronteras. Este El No Va Más, que yo sepa, es el único libro suyo editado en España (y, me temo, caído en el limbo de la descatalogación), y pasó sin pena ni gloria, lo que dice algo de qué y cómo leen los críticos literarios de nuestro país (por lo general, poco y mal o por modas ajenas e igualmente mal). Una lástima, porque esta novela no tiene demasiadas hermanas en su campo.
Verán, déjenme citar la contraportada: "Es la uténtica historia de Ellerbee, comerciante de vinos y licores en Minnesota, y de sus múltiples peripecias y sinsabores, así en la Tierra (es decir, en Minneapolis) como en el Cielo y en el Infierno (que recorre azarosamente después de morir). Y es la historia disparatada de Ladlehaus, y de Quiz, y de Flanoy, y de Dios Padre: una acción trepidante que jamás desfallece y un sentido del humor que convence, primero, y avasalla, después".
Bueno. Dejando aparte las exageraciones propias de estos textos (lo de "disparatado" es falso, y lo de "acción trepidante" no es la mejor definición) este resumen es un esfuerzo heroico para definir lo indefinible que es esta novela.
Es cierto que es la historia de Ellerbee, un hombre fundamentalmente bueno al que después de ser asesinado a tiros en su tienda, se le permite tener una visión fugaz del Cielo para después ser enviado al Infierno por haber abierto en domingo, haber tomado el nombre de Dios en vano un par de veces y no haber honrado a sus padres (los biológicos, a los que no conoció; a sus padres adoptivos los honró con todas las de la ley).
Toda la novela transcurre en el más allá, y estarán de acuerdo conmigo en que no existen muchas novelas metafísicas en el repertorio literario mundial. El Cielo es como un parque de atracciones; el Infierno un lugar de perpetuo terror.
«Vosotros os habéis preguntado por qué las cosas son como son. Os habéis interrogado acerca de cuáles eran Mis motivos. ¿Por qué tanta fragmentación? ¿Por qué esta teología a tontas y a locas, por qué estas disposiciones a base de arranques y paradas? ¿Por qué la zanahoria, por qué la vara? [...] ¡Por qué una serpiente, por qué un árbol? ¿Por qué letra menuda tan cerca del inicio de las cosas? ¿Por qué codicilios y condiciones, toda esta faramalla de leyes? ¿Por qué este abracadabra y este galimatías de la decisión Miranda, leyendo derechos a un hombre y una mujer que no sólo no saben que ya están metidos en un lío sino que ni siquiera saben de qué lío se trata? Naturalmente que caen. ¿Quién no caería en un sitio así? ¿Quién no caería allí donde la gravedad era de mil dos a la sombra? ¿Quién no caería cuando el cultivo más abundante de aquel jardín era precisamente la gravedad?»
Elkin dispara contra todo: Dios, Cristo, la Virgen María, José, el bien y el mal y la teología en general y en concreto. ¿Herejía? No tanto. Cualquiera que ante la pérdida, por lo general prematura, de una persona haya escuchado a un sacerdote pronunciar las teóricas palabras de consuelo "Dios se lo ha llevado a su lado" y haya pensado en un minuto en ellas habrá sentido que el sacerdote no tenía ni idea de lo que estaba diciendo o que Dios era en extremo egoísta por obrar así. En resumen, que lo que la religión cuenta no es más que una historieta, una novela irreal o surreal. Tan válida, quizás, como ésta en la que Elkin nos describe el Cielo, el Infierno y las motivaciones de un Dios vestido con un traje de tres piezas.

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