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La Zona, de Sergei Dovlatov

(Zona)
LaBreu Eds., col. La Intrusa
Barcelona, 2009 [1982]

Sergei Dovlatov, entre otras cosas, fue vigilante de un campo de trabajo soviético. Me apresuro a aclarar que se trataba de un campo de trabajo penal para delincuentes comunes y no políticos. Si eso sugiere en el lector que los internos, por tanto, se lo tenían bien merecido, diré que las condiciones inhumanas son inhumanas ya sea que los delitos o supuestos delitos que las provocan sean criminales o de opinión. El debate de cómo de afilada tiene que ser la espada de la Justicia es uno que prosigue hasta hoy, pero si el sistema penal tiene que propiciar la rehabilitación y no el mero castigo, queda claro que un sistema como el que describe Dovlatov lo único que consigue es la reincidencia.
Este libro se compone de unas partes vividas en el campo, sin apenas ilación entre sí, escenas que más parecen un collage que una estructura coherente. Una razón para esto es que Dovlatov fue "invitado" a abandonar la Unión Soviética, sin que se le permitiera llevarse sus manuscritos. Estos fueron contrabandeados (microfilmados, escritos en un papel de fumar, mediante mil otros sistemas) a Occidente. Algunas partes se perdieron. Otras no fueron utilizadas. Sin embargo, no era esto lo que preocupaba a Dovlatov. Puede que al principio quisiera realizar una obra sobre la vida en los campos, pero después el objetivo sufrió un cambio. El motivo aparente puede ser esta falta del material original y la imposibilidad de recomponerlo. Cito: «Volver a explicar las partes perdidas es una tontería. Rehacerlas es imposible. Porque lo más importante está olvidado: cómo era yo.» Pero es también probable que el objetivo inicial ocultara otro más fundamental. «No escribo retratos fisiológicos. Tampoco escribo sobre la prisión y los reclusos. Quería escribir sobre la vida y las personas. Y no quiero invitar a mis lectores a una cámara de los horrores. [...] Vuelvo a repetir que lo que me interesa es la vida, no la prisión. Y las personas, no los monstruos».
Estos cuadros anecdóticos (que, según le contaron a Dovlatov, se parecían a la técnica de Dos Passos) vienen intercalados con cartas a su editor americano, y allí es donde el autor efectúa la reflexión, en libre asociación, sobre esos cuadros, sí, pero sobre el mundo en general y sobre el calco que esos cuadros son de la vida. Y allí encontraremos unos momentos de pensamiento particularmente brillantes: «En este sentido, es extraordinariamente representativa la creación en los campos. En un campo, sin ninguna presión ni imposición, triunfa el método del realismo socialista.
»¿Ha pensado alguna vez que el arte soviético se aproxima a la magia? ¿Que recuerda a la pintura ritual y de culto de los antiguos? Si pintas un bisonte en una roca, por la noche comerás caliente.
»Los funcionarios del arte soviético razonan de la misma manera. Si se representa una cosa positiva, todos estarán bien. Pero si es negativa, será al contrario. Si se pinta una producción estajanovista, todos trabajarán bien. Etcétera. [...]
»En los campos, la historia es la misma.
»Tome la pintura de los campos. Si es un paisaje, tendrá unos colores increíblemente ardientes y andaluces. Si es una naturaleza muerta, estará colmada de calorías. »
Todo lo cual conforma un resultado fascinante e incitante a la reflexión, que sigue un lema que el mismo Dovlatov se impuso: «Según Soljenitsin, el campo es el infierno. Yo, en cambio, creo que el infierno somos nosotros.»

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"Brontosaurus" y la nalga del Ministro, de Stephen Jay Gould

(Bully for Brontosaurus. Reflections in Natural Histoy)
Ed. Crítica, col. Biblioteca de Bolsillo
Barcelona, 2005 [1991]
Trad. de Joandomènec Ros

¿Cómo el que un ministro fuera herido en una nalga de resultas de un duelo influyó en la teoría de la evolución? ¿Existe una lección científica que extraer de la historia del béisbol? ¿Se equivocaba el Servicio Postal de Estados Unidos al llamar a uno de los dinosaurios representados en un sello Brontosaurus? ¿Es coherente con la evolución que el kiwi ponga huevos que alcanzan el 25% del peso corporal de la hembra? ¿Qué explicación da el darwinismo a los pezones masculinos? ¿Qué relación tiene el motín de la Bounty con el estudio de la fauna australiana? ¿Fue Kropotkin un naturalista notable? ¿Son la mediana y la media la medida del hombre? ¿Qué sucedió en realidad en el enfrentamiento entre el obispo Wilberforce y Thomas Henry Huxley?
Stephen Jay Gould proporciona respuestas a estos y otros muchos interrogantes. Y lo hace sin adornos, sin metáforas, desde la ciencia, pero (y ahí su inmenso mérito) con una claridad que pocos divulgadores y no divulgadores han alcanzado nunca.
En efecto, cualquiera con un mínimo bagaje (de primeros cursos de secundaria, digamos) puede enfrentarse a estos artículos y salir con conceptos claros, con visiones nuevas y con una mayor comprensión de lo que nos dice la ciencia. A veces en contra de algunos prejuicios que la misma ciencia ha impuesto (como el supuesto primitivismo de los monotremas, es decir, de los ornitorrincos y equidnas).
Sobre todo, y en eso Gould se convirtió en un auténtico paladín, el autor es especialmente efectivo en mostrarnos cómo funciona y qué es y significa la teoría de la evolución. Y al respecto, unas pocas palabras: en Europa, el debate creacionismo/evolución sigue asombrando por su misma persistencia. Pero en el mundo anglosajón, sobre todo en Estados Unidos, se libra una amarga batalla desde hace años entre los partidarios de estos conceptos. Por razones legales que sería muy largo explicar, los creacionistas están poniendo sus ojos en Europa como base de operaciones. Y mientras la batalla se libra en Estados Unidos, puede no ser lejano el día en que ese combate pase a este continente. Ante eso, el mejor método no es el adoctrinamiento, ni el establecimiento del darwinismo como un canon a ser memorizado y repetido como un mantra, sino la comprensión y captación de los conceptos que conlleva la evolución. No hay mejor sistema contra el oscurantismo que la luz intelectual. Los artículos de Gould representan la claridad en el concepto, la exposición y la demostración. Y esas armas, desde el principio de los tiempos, han sido las imprescindibles en cualquier debate. Si Gould sólo fuera ameno, apenas sobresaldría de entre la miríada de divulgadores científicos. Pero además es claro y estricto, y eso lo convierte en un gigante.

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Los Intocables de Elliot Ness, de Brian De Palma

SESIÓN MATINAL

(The Untouchables)
Director: Brian De Palma; Guión: David Mamet; Intérpretes: Kevin Costner (Elliot Ness); Sean Connery (Jim Malone); Robert De Niro (Al Capone); Andy García (Agente George Stone/Giuseppe Petri); Música: Ennio Morricone; Dirección Artística: Patrizia von Brandenstein, William A. Elliott y Hal Gausman; Diseño de Vestuario: Marilyn Vance.

Brian De Palma nunca me ha acabado de convencer del todo en sus homenajes a Alfred Hitchcock, salvo en contados momentos y en esos sólo cuando lograba una imitación casi plano a plano del cine del maestro.
Por eso, este Los Intocables representó una agradable sorpresa, en una incursión en el mundo del gangsterismo más allá de la serie televisiva. Claro que puede deberse al guión de David Mamet, un autor que me convence más en su trabajo cinematográfico que en el teatral.
También, claro, se beneficia de una grandiosa interpretación de Sean Connery, una muy buena de Robert De Niro, un Kevin Costner como Elliot Ness que está correcto, sin más (lo cual es bastante para alguien que suele sobreactuar o, claramente, no encajar en otros papeles), y una banda sonora de Ennio Morricone notable.
Como hablar de De Palma suele ser sinónimo de homenajes, esta película no se libra de ellos: la escena del tiroteo recuerda de forma muy evidente al Acorazado Potemkin de Eisenstein.
Una película sobre la época de la Ley Seca sin concesiones; un auténtico lujo de 1987 en un género que dio sus mejores frutos en los años treinta y cuarenta.

Tráiler:

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Delicioso Suicidio en Grupo, de Arto Paasilinna

(Hurmaava Joukkoitsctnurha)
Ed. Anagrama, col. Panorama de Narrativas
Barcelona, 20084 [1990]

Si el humor es el género más difícil, el humor negro es ya el súmmum. No sólo se pretende hacer reír, sino hacerlo con unos temas considerados casi universalmente como tabúes. Cuestiones que se evitan en las conversaciones cotidianas son tratadas por novelistas con toda libertad y, además, con espíritu jocoso. Escribir humor negro requiere una gran dosis de valor y un cierto espíritu kamikaze (ja, ja). Además de Ambrose Bierce, que se ganó a pulso el apodo de "Amargo" y fue el máximo frecuentador, tal vez una de las pocas incursiones conéxito en este género sea Los Seres Queridos, de Evelyn Waugh.
Paasilinna, en esta novela, se arma de valor y pone en solfa lo que se ha denominado, por supuesto no sin humor, "el deporte nacional finlandés": el suicidio.
La máxima que inicia este libro y que lo preside de principio a fin es «En esta vida lo que más importa es la muerte, y tampoco es que sea para tanto».
Les recomiendo lean la sinopsis que les enlazo al pie de esta reseña. A grandes rasgos, la coincidencia en un lugar de dos suicidas impide la consumación de sus respectivos pasos a la otra vida y les lleva a reflexionar sobre el tema. Esta reflexión da pie a la organización de una asociación de posibles suicidas, con un éxito de concurrencia inusitado. Deciden entonces decantarse por el suicidio en grupo y así emprenderán un viaje en el autocar bautizado como "La Flecha de la Muerte" primero hacia el cabo Norte, para despeñarse allí, y después de múltiples aplazamientos, un viaje a través de toda Europa hasta llegar a la conclusión colectiva de que, en efecto, tampoco es que la muerte sea tan importante.
En términos de literatura de humor, lo que siempre cabe preguntarse es si funciona o no en el lector. Y funciona, vaya que sí. Pero no mediante el chiste fácil o los episodios inconexos. Delicioso Suicidio en Grupo es una novela que avanza, de situación en situación, con una coherencia e inteligencia notables. Es en extremo divertida, pero jamás se aparta del tema que la ocupa, con un dominio de recursos que se emplean siempre al servicio del humor, pero de un humor que, precisamente por su reflexión, es desopilante. En el género del humor negro, esta novela, finlandesa pero universal, es un hito, un monumento a la valentía y una rara perla que se atreve a tratar un tema tabú y ponerlo es su justa medida, sin un solo momento de mal gusto.

Portada y sinopsis

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Twistanschauung, de Víctor García Tur

Ed. Empúries, col. Narrativa
Barcelona, 2009 [2009]

Cuando vi el título de esta colección de trece relatos (sólo en catalán por el momento, lo siento), me dije que un título tan ingenioso bien merecía echarle un vistazo. También contribuyó que hubiera ganado el Premi Documenta, que de entre el marasmo de premios literarios es uno que conserva un cierto prestigio de independencia y calidad.
García Tur escribe con resabios del estilo de Quim Monzó. Eso no quiere decir que escriba como Quim Monzó, que ejerza un mimetismo temático y formal, porque García Tur posee voz propia en ambos campos. Y tampoco son malos esos resabios. Al fin y al cabo, Monzó es uno de los pocos que ha intentado llevar a una literatura, la catalana, a una modernidad necesaria, en lugar de anclarse en el "Caterina sospirà amb despit" que mantiene la expresión literaria catalana alejada, no ya de este siglo, sino hasta del anterior (a este respecto, véanse las opiniones de, por ejemplo, Vicenç Villatoro). Si esta influencia es voluntaria o no, da igual. Lo que marca distancias es el talento que hay detrás (si por cada mal imitador de Monzó que existe tuviera un euro, podría comprarme La Pedrera de Gaudí); y talento, hay.
Por supuesto, esta es una primera publicación, y no hay que exigir una excelencia total. Hay cuentos malos, para mi gusto (Cremallera (una impressió) [Cremallera (una impresión)] es uno de estos pocos cuentos). Pero hay unos relatos que van más allá de la simple corrección. Alguien que ha escrito Apunts per a un Elogi de Quinying Zhou [Apuntes Para un Elogio de Quinying Zhou] o El Conte de Fons i Figura [El Cuento de Fondo y Figura], merece ser premiado, no con galardones, sino con una lectura atenta.
Otra de las influencias, si es que son tales, es la de Màrius Serra (Serra, crucigramista genial, enigmista grandioso, tío simpático y (se nota) mejor persona, es un novelista al que le pierde el juego con las palabras, que muchas veces distrae del objetivo principal y hace que sus novelas, que son interesantes en un principio, resulten fallidas por pura incontinencia y falta de control). García Tur gusta de jugar con el lenguaje y con los elementos físico-tipográficos. En el peor de los casos, se excede, (como en Mozzaiku, que es salvado, sin embargo, por un argumento y un estilo notables) y entonces la narratividad y la narración se resienten de ello. En el mejor, como en el citado El Conte de Fons i Figura, son elementos que contribuyen a mejorar el relato. En otros casos, son curiosidades que no molestan (como en Les 7 Diferències/Las 7 Diferencias y Antena/AntenaI). Pero estas ganas de jugar son estimulantes y, porqué no, muestran a un narrador que no está dispuesto a caer en rutinas o estereotipos.
García Tur posee estilo, temas, dominio del lenguaje, humor y percepción. Tiene la virtud de poder cambiar o invertir la marcha de sus relatos a voluntad, en giros que sorprenden a veces y en otras cambian la percepción o la perspectiva de sus cuentos. Pocos escritores consiguen eso, y lo consiguen gracias a un trabajo inmenso o bien a un talento natural.
El autor, probablemente porque considera que sus hijos son todos igualmente queridos, hace que sus relatos se inicien todos en la página 13. Ese amor de padre, legítimo, no tiene porqué ser compartido por el lector. Pero sí es cierto que aun los peores relatos tienen algo que los hace apreciables. En los mejores, García Tur muestra unas cualidades extremas. Víctor García Tur es un escritor al que hay que seguir con atención. En este Twistanschauung ya nos proporciona grandes satisfacciones. A poco que se lo proponga, puede darnos muchas más.

Portada y sinopsis

Web del autor: http://www.garciatur.com/

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Mamá, de Joyce Carol Oates

(Missing Mom)
Ed. Alfaguara
Madrid, 2009 [2009]

«Esta es la historia de cuánto echo en falta a mi madre. Algún día, de una forma única, será también tu historia.»
Esta supuesta declaración de intenciones, que figura en la contraportada y es integrante del primer capítulo del libro, no es tal, pese a que esta novela esté dedicada a la memoria de Carolina Oates (1916-2003).
Esta novela no es un lamento personal, ni una forma narrativa de Sopa de Pollo Para el Alma (que es mencionado sarcásticamente en el texto). Oates marca distancias desde el primer momento: la protagonista tiene treinta y un años, es decir, es de una generación completamente distinta a la de la autora; y las circunstancias que acompañan a esta protagonista son diferentes de las de su autora, de forma radical. De modo que esto no es una confesión, ni un llanto, ni una conmemoración. Como máximo, puede ser un ejemplo de las circunstancias que acompañan a una pérdida y, como mucho, se puede partir de lo concreto hacia lo universal mediante la reflexión, no la similitud. Si Oates ha efectuado una catarsis, ésta debe haber sido personal, pero ni pretende exponerla de forma pública ni nos la carga en los hombros.
Joyce Carol Oates, que parece ser eterna candidata al Premio Nobel de Literatura, es una escritora prolífica. Pero, además, es una de intereses tan variados que ha escrito sobre casi todos. Le he leído novelas intimistas, relatos/reportaje sobre boxeo, novelas góticas, sagas familiares, y no sigo porque probablemente me dejo registros que debe haber tocado. Y siempre lo ha hecho bien. Cualidades narrativas le sobran, y dominio de los recursos, también. Su estilo es el de la escritora neoyorquina que es, cosmopolita, sofisticada, guardando las formas de Nueva Inglaterra a veces, de una modernidad rabiosa otras, pero siempre con naturalidad y al servicio de la historia y el tono que ésta requiera, no para deslumbrar al lector. Que sin embargo queda deslumbrado, pero no por efectos especiales ni fuegos de artificio. Tal vez, si hay una palabra que puede definir su narrativa, esta es "clase".
Esta es una novela que describe el proceso de aceptación de una pérdida inesperada, sí, pero también tiene que ver con el papel que asignamos a las madres, como si toda su vida no hubieran sido otra cosa, y sobre la imposibilidad de conocer del todo a un ser humano, aun cuando sea el más cercano a nosotros. Y todo esto relatado de forma atractiva, impecable, con una construcción precisa que nos sorprende e interesa. Con una clase insuperable.
Yo, de ser la Academia Sueca, me daría prisa en concederle el premio a Joyce Carol Oates. Sería, sin duda, prestigiar el galardón.

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Steven Spielberg: El Inconformista Soñador

Firma invitada: SUSANA RIZO

SESIÓN MATINAL

Este jovencito ─jovencito, sí─ judío de mirada avispada y mayor talento es a quien muchos de nosotros debemos el cine de una época. Le debemos también que nos lo pensemos dos veces antes de zambullirnos en el agua, o que escudriñemos el cielo en busca de luces de colorines sin identificar. Sus películas son iconos. Sus bandas sonoras, de la mano muchas de ellas de John Williams, también. Ha puesto de moda hasta frases (recuerden la célebre “necesitará un barco mayor”, frase usada a raíz de Tiburón para referirse a cualquier situación que entrañara dificultades difíciles de superar). Además tiene la virtud de no dejarse anquilosar ni perder la capacidad para seguir sorprendiéndonos. Para muchos de nosotros es un símbolo, como para otros tal vez lo sea el cine de John Ford, y es que con Spielberg todo es posible, porque todo lo que toca lo convierte en magia.

¿Qué es lo que hace que recordemos esas escenas, y que otras películas del mismo género nos parezcan meras imitaciones que rozan el ridículo? pues su fórmula, que es lo que marca diferencia. Los ingredientes: sentido del humor agudo, capacidad de establecer con el espectador empatía y meterlo en escena, sentido de la acción trepidante, capacidad para crear intriga y suspense, imaginación y fantasía arraigadas a la realidad. Y un pilar temático tan antiguo como el mundo, a saber, el enfrentamiento entre el bien y el mal, con el casi ─casi─ siempre triunfalismo de valores como el amor, la bondad o la amistad.

Definiendo un estilo: “No me gusta seguir la corriente, sino marcar la pauta”
Steven Allan Spielberg nació en Cincinnati (Ohio). Hijo de un ingeniero y una concertista de piano, tuvo una infancia en movimiento, con varios traslados, aunque gran parte de la su infancia transcurrió en los suburbios de Haddonfield (Nueva Jersey) y Scottsdale (Arizona). Fue un niño tímido ─¡qué extraña característica en un genio!─, introvertido ─otra extraña característica─, y un estudiante mediocre ─también─. La separación de sus padres supuso un duro golpe. De pequeño le gustaba ver las series de ciencia ficción de los años 50 y los dibujos animados de la TV. Hizo sus primeras películas caseras tras requisar la cámara de su padre ─una kodak de 8 milímetros─, y mientras sus tres hermanas se dedicaban a vender las entradas por el vecindario. Pasaba la mayor parte de su tiempo rodando cortos pero no conseguía buenas notas y ello le impidió estudiar su vocación ─el cine─ en la Universidad del Sur de California en Los Ángeles, así que finalmente lo hizo en el Colegio Estatal de Long Beach. En esos años, Spielberg fue aprendiendo de algunos directores de cine, que se acabaron convirtiendo en modelos y referentes para su cine. Éstos fueron A. Hitchcock, W. Disney, J. Ford, S. Kubrick, A. Kurosawa, D. Lean, R. Walsh, y F. Capra.

Sabía lo que quería y lo persiguió. Lo provocó, más bien, y fue gracias a una pequeña travesura, o una osadía, según se mire: durante una excursión organizada a los estudios de la Universal, Spielberg se escondió en el lavabo hasta que se marchó todo el mundo, y allí se quedó, deambulando por sus instalaciones durante todo el día siguiente. El entonces responsable de la biblioteca, Chuck Silvers, lo descubrió y le cayó en gracia. Le concedió un pase y el joven cineasta pasó todo el verano tomando nota de cómo trabajaban los grandes. Incluido el mago de suspense, Hitchcock.

A partir de ahí, se encadenaron las cosas y todo sucedió deprisa. En 1969 rueda Amblin, un corto que llamó la atención de un capitoste de la Universal, Sid Sheimberg, y se le empezaron a abrir todas las puertas, comenzando por la realización de sketches para series de TV, concretamente la entonces afamada Night Gallery, donde ya se topó con actores de la talla de Joan Crawford, y siguieron otros encargos para la TV, siendo destacado el primer episodio de la celebérrima Colombo. Y así fue cómo empezó a moverse con soltura por ese mundillo, dándose a conocer, hasta que en 1971, solo dos años después de aquella encerrona en el lavabo, llevaría a cabo su primera adaptación de un relato para la gran pantalla. Muchos de ustedes ya saben que les estoy hablando de aquel anticipo del Tiburón que fue El Diablo Sobre Ruedas. Nada más estrenarse en la gran pantalla, Spielberg ya fue muy bien acogido por el gran público y pudo ver un atisbo de lo que sería su arrollador éxito del futuro.

Y ese éxito no tardó mucho en llegar, porque las maneras que apuntó desde el primer momento, y tras algún que otro experimento, con Loca Evasión un poco menos afortunado, enseguida llegaron Tiburón ─tremendo éxito de taquilla─, la originalísima y cómica 1941, la ópera kubrickiana Encuentros en la Tercera Fase y la aventura con mayúsculas de la era moderna, que el cine clásico había dejado en listón tan alto, Indiana Jones (I, II, y III; dejemos la IV de lado). Con los Indianas de Spielberg nace un estilo de marca propia, que otros han intentado imitar con bastante poca fortuna e ínfima calidad. La infancia, tema recurrente en su obra, se cubre de magia con aquel entrañable homenaje que supuso ET. Pero no sólo de fantasía y aventuras trepidantes vive el hombre. Este genio sabe entrar en otros campos que a veces no encajan con el encasillamiento de eterno director de entretenimiento. El efectismo lo logra a veces economizando medios, con obras maestras y más personales que en su día pasaron más desapercibidas, porque tal vez no coincidían con sus esquemas habituales. Ahí quedan las sentimentales y melodramáticas El Color Púrpura, Always y Amistad, o la obra maestra (bellísima) El Imperio del Sol. Esta última película es justamente la que marcó un punto de inflexión en su carrera y vimos la cara de un Spielberg con muchos otros registros. Dejaba patente una lucidez mucho menos esperanzada y cruda. Una visión de la infancia ausente de inocencia. Demasiado trágica, incluso. Pero no queda duda de que cuando Spielberg arriesga, le sale bien.

La ciencia-ficción es uno de sus lugares predilectos. Acaso aquellas películas y series que veía de pequeño tuvieron mucho que ver. En honor a aquella mítica serie The Twilight Zone dirigió uno de los episodios de En los Límites de la Realidad y más adelante Cuentos Asombrosos. Y retomó el género más adelante en sendos homenajes a los grandes clásicos, anteriormente novelas, con La Guerra de los Mundos e Inteligencia Artificial. Esta última, realizada por sugerencia de su amigo Stanley Kubrick, quien durante mucho tiempo deseó dirigir el film, pero finalmente le pasó el testigo a Spielberg.

Lo sobrenatural tiene su lugar en el cine de Spielberg, especialmente en los Indianas, pero hay un título en concreto que se alza protagonista absoluto y da la impresión de que aquellos célebres sustos no han perdido hoy en día todo su potencial. Con Poltergeist de nuevo nació una frase para el recuerdo “ya están aquí”, y la tele con niebla para algunos llegó a ser amenazante.

Fuera de esos terrenos en los que Spielberg se mueve como pez en el agua, hay otros trabajos en que evidencia su gran capacidad como narrador y su interés en explicar historias que conmuevan con temas serios y comprometidos. Así, entran en su cine los conflictos bélicos y los conflictos personales. Con Munich o Salvar al Soldado Ryan, ambas de una crudeza considerable, mostró en determinadas escenas una violencia frontal e inusual incluso en el cine, y ya no digamos en su cine. La soledad y la humanidad ante todo priman en La Terminal o la búsqueda de arraigo familiar que hay tras la cara cómica de la espléndida Atrápame Si Puedes. Y detrás, casi siempre, un final de marca con esa “esperanza spilbergiana”.

Cuando experimenta con el drama usa uno de sus temas predilectos: el Holocausto, abordado varias veces a lo largo de su carrera (El Holocausto Szemei, Los últimos días, Supervivientes del Holocausto). Tratar de contar lo que no se puede contar era una tarea difícil, pero lo consiguió a través de esta historia que se convirtió en uno de sus mayores éxitos, poniendo de acuerdo a casi toda la crítica: la obra maestra La Lista de Schindler, quizás su obra más personal. No sólo es una historia fascinante. Es una película hermosa, sin dejar de maquillar la cara más perversa del ser humano, con una cadencia y una fotografía impecables. De hecho, aquí la luz habla, se convierte en un personaje más.

En ocasiones ha querido experimentar aprovechando por un lado su casi asegurado éxito, pues ya tenía un nombre. El mundo perdido se hizo más real que nunca con Parque Jurásico. Con ésta, y tal vez como productor de Gremlins y Regreso al Futuro, también taquillazos en su día, desplegó hasta límites insospechados lo que su imaginación le pedía en ese momento, sacando partido de los prodigios de las nuevas tecnologías. Se trataba de nuevo de llevar a la gran pantalla algo de magia y mucho entretenimiento. Demasiado tentador. Aunque en este caso tal vez se granjeó escaso respaldo por parte de la crítica, y es ahí donde desde algunos sectores lo encasillaron en una mainstream poco pensante, y su público se volvió mayoritariamente infantil.

Además de los títulos citados, en los que trabaja como director, merece mención a parte su extensa e impresionante labor como productor. Y cabe destacar la alianza con el otro monstruo del género ciencia-ficción o fantasía, George Lucas, con el que comparte su predilección por los marcianos.

No es difícil percibir en muchas de sus películas una sensación de búsqueda, en el sentido que los personajes casi siempre buscan escapar de ciertas rutinas, siguen determinados ideales casi infantiles a veces. Sus personajes son libres, y huyen de la estrechez de miras y de las normas. La interrupción de lo cotidiano, de la rutina ─lo extraordinario, por tanto─ es casi una constante en el cine de Spielberg. Asistimos a la transformación a nivel personal de los protagonistas, como si hubiera un antes y un después a lo largo de la misma película. Por eso tal vez Spielberg ha echado mano de actores con registros interpretativos altamente expresivos, con los que además, ha repetido. Tom Hanks, Richard Dreyfuss y Tom Cruise están en su lista de favoritos. Y en otras ha recurrido a caras poco conocidas para otorgar mayor credibilidad. Sus elecciones en este sentido son cuidadosas, perfilando personalidades con las pueda identificarse su público.

Otro tema de fondo recurrente, especialmente cuando los niños son protagonistas, es la falta de armonía familiar, acaso sea esto una reminiscencia de la propia falta de estabilidad durante su infancia. Y tiene otras obsesiones, como la vida después de la muerte, el esoterismo, la magia y la religión. Spielberg además domina la técnica de crear momentos de tensión en todos los géneros que ha abordado. Entre el derroche de imaginación, la música que usa, el sentido de la acción trepidante, el uso de los silencios en el momento oportuno, la técnica de sugerir sin mostrar… y que encima se conoce a la perfección las normas de los que inventaron el suspense, consigue que no se pueda apartar la vista de la pantalla y que te quedes pensando “qué va a pasar ahora”. Y que de vez en cuando te de unos buenos sustos. Podríamos decir que es un maestro para crear “el momento” o “la escena”. Cómo, en caso contrario, podría estar grabada en la retina de tantos espectadores la escena del perfil en sombra de Elliot y ET en bicicleta recortándose contra una luna inmensa. O aquel primer ataque desgarrador de tiburón cuando todos habíamos salido a nadar con aquella chica a la luz de la luna. Eso ya es historia.

Impossible is nothing
Tal podría ser su lema. Porque Spielberg tiene la varita para activar los resortes emocionales y conectar con los sueños infantiles y las fantasías de los mayores que siguen siendo un poco niños. Hacerse amigo de un extra-terrestre encantador o ser arqueólogo? ¡Por qué no!. Hay mucho espacio para la esperanza en su cine, mucho happy end. ¿Manipulador? Puede, quién no lo es en arte. Todo arte es artificio. Si lo haces bien, mereces un diez. Spielberg es un cineasta con fino olfato para saber dónde se esconde un buen proyecto, capaz de convertir una novela de mediana repercusión en un éxito sin precedentes trasladada a la pantalla.

Sin embargo, Spielberg ha sido menoscabado por parte de ciertos sectores de la crítica que se concentran más en el potencial mercantilista que han tenido sus películas. Pero lo que en realidad subyace es una sutileza magistral en un discurso narrativo sincero con su público a la hora de mostrar su visión del mundo, sus inquietudes, su imaginación. Sencillamente, y según sus propias palabras, “hago películas que como espectador me gustaría ver”. Quiere entretener, esa es la norma. Sus cuentos, son aptos para todos los públicos, y que nadie se equivoque: me refiero a un público inteligente y que puede ser exigente como el que más.

Cuando Spielberg llegó, el cine-espectáculo ya estaba inventado por directores como Cecil B. deMille, y el listón estaba muy alto. Siempre he pensado que Spielberg intuyó que él podía ─debía, si me apuran─ aportar su propia visión de lo que él había asimilado del cine de su infancia y juventud, con las películas de monstruos y extraterrestres, fantasía y ciencia ficción, géneros éstos en los que se ha desenvuelto con gran soltura. Lo que vemos en pantalla son en parte sus propios anhelos, pero da la casualidad, bien calculada por otra parte, que coinciden con los anhelos de muchas personas, y ahí nació el vínculo. Y creo que él sabía que funcionaría. Lo que la vida limitaba, el cine lo hacía posible. Con aquellos sueños, aventuras, e historias bonitas, nos hizo desear estar allí. Pero también con temores, y fantasmas, desde el privilegio de sentirse “a salvo” sentado en la butaca. Un engranaje perfecto entre puesta en escena, elección cuidadosa de actores, argumentos atractivos, y su sello. Y como lema, entretener a su público sin menoscabar su capacidad analítica, como espectador no pasivo, sino activo y pensante. Su sello, su firma, se fue moldeando con los años y conforme maduraba se atrevió a meterse en otros terrenos más oscuros. Cambió ─cuando quiso, porque es ante todo un artista libre que sigue sus propias normas e instintos─, la luminosidad a la que nos tenía acostumbrados por la lucidez que sólo pueden darte las experiencias dolorosas. La seguridad en el riesgo a veces solo la concede el talento y eso se lo pueden permitir solo unos pocos. Los que de verdad tienen talento.

© 2009, Susana Rizo. Todos los derechos reservados.

Trailer de El Imperio del Sol:

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Vida y Destino, de Vasili Grossman

(Zhizn i Sudbá)
Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg
Barcelona, 2007 [1959]

La historia de la publicación (o, mejor, de la no publicación) de esta novela es la siguiente: escrita con anterioridad, el autor aprovechó el supuesto deshielo que representó el inicio de la etapa Jrushov para proponerla a publicación. La reacción fue fulminante: la novela fue prohibida, la casa de Grossman registrada, todas las copias, notas y escritos del autor confiscados y éste condenado al ostracismo. Muerto ya Grossman, Sajarov y Vladimir Voinivich consiguieron recuperar una copia, microfilmarla y pasarla a Occidente donde se publicó finalmente por primera vez. Hasta aquí una historia demasiado frecuente en la Unión Soviética.
Dicho esto, hay que precisar algo. Los escritores soviéticos vivían en un estado, deshielo o no, en el que la censura era omnipresente. Incluso en uno en el que la autocensura era la norma (véase Contra la Censura, de J. M. Coetzee y Esclavos de la Libertad, de Vitali Shentalinski).
esto implica que Grossman no escribió una obra con total libertad. El escritor soviético (que quisiera publicar, claro está) tenía en consideración a dos receptores últimos: no sólo el público, sino también al comité de censores, en un país en el que todos los medios de publicación estaban estatalizados. De modo que si alguien espera encontrarse con una obra escrita con total libertad, en la que se habla sin ambages de un período de la historia de Rusia, quíteselo de la cabeza. Esta es una novela escrita con una autocensura funcionando a plena marcha, presentada a una comisión de censura para aspirar a su publicación, no con espíritu kamikaze, aunque ese fuera el resultado final, en un error de cálculo que fue frecuente. Por tanto, es una obra escrita buscando el compromiso con el marxismo-leninismo y cargando la crítica sobre el estalinismo. La respuesta fue que autocrítica sí, pero renunciar (o denunciar) un período de la marcha del tren de la historia, ni hablar. Por tanto, quien espere una obra totalmente libre, esperará en vano. El retrato no puede ser completo, ni totalmente real. Está mediatizado por el compromiso y la autocensura. Ni siquiera conoceremos el auténtico pensamiento del autor.
Dicho esto, y descontado que pueda ser una novela que refleje la realidad por entero, hay que pasar a otro plano, como es el de la novela en sí, aislada de sus circunstancias de publicación y escritura.
Vida y Destino es una novela monumental, de 1.100 páginas, una novela-río que se desarrolla en el punto más inflexivo de la Gran Guerra Patriótica (es decir, la Segunda Guerra Mundial): el asalto alemán a Stalingrado, el punto máximo de retroceso de la Unión Soviética es este conflicto; la resistencia de la ciudad; y la posterior contraofensiva que llevó a la rendición del VI Ejército alemán y, en definitiva, al principio del fin del poderío militar nazi. Pero no es una historia bélica, o sólo una historia bélica. Grossman nos llevará de Stalingrado a los campos de concentración alemanes, a los campos de trabajo soviéticos, a la cárcel de la Lubianka, a la vida en la retaguardia. Todo ello mediante las vidas de sus personajes (y hay que resaltar con rapidez que el libro posee una lista de personajes al final, que resulta de extrema utilidad). En estas historias, Grossman supera todas las expectativas. Sean cuales sean, las vidas de estas gentes, un auténtico cuadro de la sociedad soviética, se convierten en personales, atractivas, amigas para el lector. Nuestro interés se ve arrebatado para sumergirnos en estas vidas, en definitiva modificadas todas por un Destino que las maneja a su antojo, sea éste la guerra, la arbitrariedad de la denuncia o la circunstancia histórica, el pragmatismo de Stalin o la rigidez social soviética.
Hay unas vidas detrás de todo, por muy grande que sea este todo. Y son unas vidas respetables, conmovedoras, que en el fondo quieren ser libres frente a un Destino que, en muchos casos, amenaza con ahogarles.
He leído esta novela en poco más de una semana, lo cual habla del interés que despierta en el lector. Sus personajes, por muy alejados que sean nacional, social e históricamente, se hacen cercanos, y a la vez representativos de una época, sin caer en la conversión en monigotes, en estereotipos, en banderas de tesis. Son seres cuyas circunstancias vitales nos hacen reflexionar sobre muchas cosas, pero esta reflexión es inducida, no forzada en nosotros.
Se han dicho muchas cosas respecto a esta novela. Las comparaciones suelen ser odiosas. Pretender, como se ha dicho, que es una nueva Guerra y Paz es sólo un recurso crítico, pero es injusto con Vida y Destino, aun cuando hayan similitudes temáticas. La novela de Grossman tiene entidad suficiente de por sí, y es una entidad que la acerca a la maestría literaria.
Como novela-río, resaltemos que los ríos tienen meandros, remansos, zonas pantanosas incluso. Quiere esto decir que hay ritmos diferentes, que dependiendo del lector pueden resultar desiguales en pariencia. Pero en conjunto esta novela avanza a toda potencia, en un retrato de los personajes y la sociedad fascinante y fundamentalmente verista. En la que los personajes se interrogan a sí mismos y entonces interrogan al mundo en que viven; el mundo marcha y entonces nos hace interrogarnos por la vida de los personajes que viven en él. Una novela total con todas las cualidades de una obra maestra.

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Poesía y Fútbol


Las relaciones entre la literatura y el deporte han sido siempre difíciles, sobre todo desde que la intelectualidad determinó que las manifestaciones literarias tenían que ser de una espiritualidad pura, alejándose de cualquier veleidad física y terrenal, probablemente por menosprecio al sudor, obviando que éste suele ir acompañado de la sangre y las lágrimas, en palabras de Winston Churchill, y eliminando esos himnos olímpicos de Píndaro, populares en la Grecia clásica.
Por fortuna, esta percepción ha ido cambiando con el tiempo. Cierto es que, en Barcelona, las cosas han sido más fáciles. La imbricación del Fútbol Club Barcelona con la sociedad ha sido una, por motivos políticos, sociológicos y de otra índole, muy alta, de modo que el Barça siempre ha sido parte integrante de la sociedad civil y, a su vez, el Barcelona ha respondido a esta pertenencia de forma probablemente única. Prueba de ello son los carteles del 75 y el 100 aniversario, obras de Miró y de Antoni Tàpies; el que sea un club que adquiere regularmente obras de arte relacionadas con el fútbol y que ha organizado una bienal artística; la letra de su canto (que no himno), obra del escritor Josep Mª Espinàs. Y otras muchas.
El ayuntamiento de Barcelona, con buen criterio, ha puesto en la fachada lateral de un edificio un caligrama (que pueden ver en la imagen), obra de Carles Sindreu i Pons, titulado Futbol ed. 1928, en una de las calles frente al Camp Nou (uno de los estadios más bellos del mundo, arquitectónicamente hablando, y uno que, si levanto la vista desde la biblioteca en la que escribo esto, puedo ver), que dice así:
Amb el llavi esquinçat
l'ironia
ara un home ha blocat
[Con el labio rasgado
la ironía
ahora un hombre ha blocado]
tres versos intercambiables con sentido que resultan oportunos en su grafismo, significado y localización.
Pese a su normalización, sigue chocando esta unión del fútbol y el poema. Y eso incluso después de que Rafael Alberti dedicara su Oda a Platko (a la que homenajea este caligrama; esta Oda se publicó en 1928) a ese portero del FC Barcelona:
Ni el mar,
que frente a ti saltaba sin poder defenderte.
Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía.
Ni el mar, ni el viento, Platko,
rubio Platko de sangre,
guardameta en el polvo,
pararrayos.
No, nadie, nadie, nadie.
Camisetas azules y blancas, sobre el aire.
Camisetas reales,
contrarias, contra ti, volando y arrastrándote.
Platko, Platko lejano,
rubio Platko tronchado,
tigre ardiente en la yerba de otro país.
[...]
Si alguien se resiente de esta entrada, lamento decirle que la escribo muy a gusto, acompañado del espíritu de Sindreu, Alberti, Eduardo Galeano, Vázquez Montalbán, Javier Marías, Manuel Rivas, Sergi Pàmies, Lluís Permanyer, Espinàs, Serrat y muchos otros. Y la escribo también porque, justamente hoy, empieza a rodar el balón. A rodar en serio, quiero decir: empieza la Copa de Europa y juega el Barça. Hoy empieza una aventura que puede ser dramática, o épica, poética tantas veces que ya conquistó el año pasado a un dramaturgo, Sergi Belbel, para el fútbol.
Y si siguen creyendo que exagero con la poética del fútbol, pregúntenle a Serrat. Hablando de Kubala, él decía: «Permitidme glosar la gloria de estos hechos / como lo hacían unos años atrás los griegos».
De la fotografía: © 2009, Daniel González Martín. Todos los derechos reservados.

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Nadie Es Perfecto, de Billy Wilder con Hellmuth Karasek

(Billy Wilder. Eine Nahaufnahme von Hellmuth Karasek)
Grijalbo Mondadori
Barcelona, 2000 [1992]

Billy Wilder, un cineasta al que se recuerda como uno de los reyes de la comedia, realizó más películas dramáticas que comedias. Citado continuamente por sus frases ácidas, pocas veces se para mientes en que, por trayectoria vital, fue un testigo excepcional de la evolución del cine desde Europa, pasando por el sistema de grandes estudios, hasta prácticamente la actualidad. Reconocido por su ingenio, se olvida de lo mucho que conllevan sus películas en sus aspectos formales (la evolución del toque Lubitsch, el aprovechamiento del montaje, el establecimiento de un ritmo desenfrenado y, sin embargo, calculado).
Esto no es una biografía al uso, sino una serie de conversaciones con Karasek transcritas, ordenadas y complementadas con material biográfico y biofílmico.
Si ustedes conocen al personaje, las anécdotas les serán de sobra oídas, ya que han sido repetidas y antologizadas de continuo. Otra cosa es el método de trabajo, los aportes cinematográficos y las opiniones teóricas de alguien que fue el guionista mejor pagado de Hollywood, que ganó Oscars con películas relativamente modestas y de temática molesta (por ejemplo, Días Sin Huella/The Lost Weekend), que compuso la mejor película sobre Hollywood (El Crepúsculo de los Dioses/Sunset Boulevard) o que realizó uno de los mejores Hitchcock no rodados por Hitchcock (Testigo de Cargo/Witness for the Prosecution).
Un libro con muy pocos cotilleos y sí, en cambio, con reflexiones sobre el cine y cómo hacerlo, una historia la de Wilder que es testimonio de una época, y un libro útil por muchos conceptos si se quiere conocer cómo es el cine y cómo se hace.

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La Vida de Brian, de los Monty Python

SESIÓN MATINAL

(Life of Brian)
Director: Terry Jones; Guión: Monty Python; Intérpretes: Graham Chapman; John Cleese; Terry Gilliam; Eric Idle; Terry Jones; Michael Palin; Sue Jones-Davies;
cameo de George Harrison.

En la pacatería implícita en toda organización religiosa, las Iglesias de medio mundo (sobre todo la Católica) no quisieron creerse lo que aparece como primera frase en este tráiler: "Todo el mundo conoce la historia del niño nacido en un pesebre. Pero esta es otra historia". Ni el hecho de disociar las personas de Jesucristo y de Brian en la película (Brian asiste al Sermón de la Montaña que da Jesús) logró desvanecer las suspicacias de una organización que (como casi siempre que ejerce su censura) probablemente se basó en campanadas oídas de lejos y no en el visionado. Tal vez tuvieran razón. Cuando el humor es realmente subversivo, socava las bases absurdas de los conceptos. Y esta película socava bastantes: curiosamente, no del cristianismo, sino de la credulidad; la insustancialidad del nacionalismo extremo; los movimientos revolucionarios llenos de matices e incongruencias (Ese "¡Hermanos! ¡Debemos luchar juntos!" "Eso hacemos", responde uno de los que se están pegando con miembros de la facción de liberación de Judea rival); la burocracia, etc. En la inteligencia suprema del humor, es impagable la escena en la que el lenguaje como instrumento de conquista es puesto en claro: al centurión romano le importa un bledo que un judío escriba "Romanos, iros a casa", pero lo que no tolera es que se escriba mal.
Irrepetible, genial, descomunal, una película que nunca envejecerá.

Trailer:





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El Rival de Prometeo. Vidas de Autómatas Ilustres.

Ed. Impedimenta, col. El Panteón Portátil de Impedimenta
Palencia, 2009
Ed. de Marta Peirano y Sonia Bueno Gómez-Tejedor.

Este libro es algo más que una antología literaria. Recopila y comenta textos literarios y especulativos sobre ese amigo (¿y/o rival?) al que llamamos robot o androide.
No es perfecta, y descontando el hecho de que tratándose de una antología realizada en España ignore un muy ilustre precedente como "El Hombre de palo" de Toledo, construido en el siglo XVI por Juanelo Turriano, y la existencia en Barcelona de un museo de Autómatas, el del Tibidabo, que cautivó a Walt Disney, quien porfió sin éxito para llevárselo a Disneylandia, su imperfección reside en que no acaba de decidirse en sus textos entre el ataque puramente literario (y, por tanto, ficticio en su especulación) y los científicos y filosóficos. Pero tal vez sea mejor así. La ficción siempre ha alimentado los temores humanos hacia este teórico usurpador, y la prospectiva, en cambio, por lo general lo ha mostrado como paradigma de la supremacía de la inventiva e ingenio humano, llegando hasta la posibilidad de crear algo mejor, más eficiente y potente que los propios humanos.
En realidad, los textos (que van del siglo XVII al XX, y de autores tan ilustres como Descartes, Diderot, Poe, Hoffmann, Freud, Capek y Asimov, entre otros) no son sino apoyaturas para los comentarios que los preceden, y que constituyen un auténtico análisis del estado de la cuestión a través de los siglos, ya sea a través de logros o de mixtificaciones, en sus aspectos teológicos, filosóficos, éticos, psicoanalíticos o luditas.
En este aspecto, esta casi tesina antologizada es muy útil, sobre todo hoy, cuando la posibilidad del autómata deja de ser la del ente autónomo y antropomórfico (aunque se hagan de continuo intentos en este sentido) para pasar a ser, con mayores visos de realidad, la de una Inteligencia Artificial apoyada en una red global, como la describe Vernor Vinge en La Singularidad.
La estructura del libro va desde las aproximaciones filosóficas a la creación de un imago de la naturaleza, pasando por el turco jugador de ajedrez y la cuestión de la inteligencia creada por el hombre; las máquinas amenazantes de Metrópolis, El Hombre de la Arena y R.U.R.; hasta llegar a nuestra época, en la que (no sin resignación) nos planteamos el hecho de convivir con unos robots que pueden en algunos aspectos ser mejores que nosotros y cómo debemos tratarlos (e incluso a las hipótesis de cómo pueden tratarnos ellos).
Así, este libro presenta una coherencia notable, un acercamiento al robot (más que como objeto, como concepto) útil filosófica, ética y utilitariamente, y una lectura más que incitante tanto en su parte teórica como literaria.

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Cine: 100 Años de Filosofía, de Julio Cabrera

Ed. Gedisa
Barcelona, 19994 [1999]

Este libro, subtitulado Una Introducción a la Filosofía a Través del Análisis de Películas, hace una proposición, si no original, sí muy coherente, como es la de descubrir la filosofía que reside, de forma más o menos evidente, en los filmes. ¿Sólo en algunos? No. «Aun cuando un film presente monstruos o situaciones absolutamente imposibles, seres descuartizados que se recomponen, personas que vuelan, o inverosimilitudes menores el Cine presenta, a través de todo eso, problemas relacionados con el hombre, el mundo, los valores, etc. Esto es absolutamente inevitable. Aun King Kong o la saga de La Guerra de las Galaxias afirman alguna cosa ─verdadera o falsa─ acerca de la humanidad o acerca del mundo en general.» Y remacha: «De manera que el hecho de que un cierto texto (literario o fílmico) sea ficticio, imaginario o fantástico, no obstruye en absoluto el camino hacia la verdad. Al contrario, a través de un experimento que nos aleja extraordinariamente de lo real cotidiano y familiar, el film puede hacernos ver algo que habitualmente no veríamos. Tal vez nos haga falta ver un buen film de horror para concientizarnos de algunos de los horrores de este mundo.»
Y tiene una refrescante falta de manías: «Podemos tener buenas experiencias filosóficas, por otro lado, viendo la serie Cementerio Maldito, o películas de luchas japonesas o pronográficas de clase B, por más que esto pueda escandalizar al profesor universitario o al crítico de cine "especializado".»
Tampoco muestra una posición excluyente referida a la interpretación: «Existen muchas otras lecturas posibles de un film. Las más comunes son las lecturas sociológica, psicoanalítica y semiológica.»
Son algunas (no todas) de las argumentaciones que emplea el profesor Cabrera para justificar esta lectura filosófica y explicar sus propósitos. Este es un libro denso, no en el sentido de pesado, sino en el número de conceptos, e intentar resumirlo sería tarea imposible. Pero sí tengo que decir que simpatizo con sus razones, y este blog es buena prueba de ello, en tanto presto poca atención a las etiquetas de géneros y que intento hallar valores redimentes o significativos en las obras comentadas, incluso si estas no son brillantes desde el punto de vista formal.
hecha su declaración de principios (que, insisto, es mucho más extensa y programática de lo que puedo expresar aquí), Cabrera pasa a realizar, no unas lecciones o tesis, sino lo que él denomina ejercicios, que en realidad constituyen un auténtico paso por la historia de la filosofía. Hay que aclarar que este libro no es una búsqueda de películas que traten temas filosóficos, sino una exposición filosófica basada en ejemplos fílmicos, distinción que puede parecer sutil pero que es fundamental. La impresión resultante es que los conceptos filosóficos son universales, que han sido empleados de forma recurrente en las obras de ficción, en este caso cinematográficos. Para ver lo que nos encontraremos en el libro, es interesante reproducir estos ejercicios, junto con las películas a las que se refiere:
1) Platón se va a la guerra. La teoría de las ideas. (El Cazador, de Michael Cimino; El regreso, de Hal Ashby). Las películas bélicas, ¿consiguen captar la Idea Universal de la Guerra?
2) Aristóteles y los ladrones de bicicletas. La cuestión de lo verosímil. (Ladrón de Bicicletas, de Vittorio de Sica). ¿Es posible retratar la realidad "tal como ella es"?
3) Santo Tomás y el bebé de Rosemary. La filosofía y lo sobrenatural. (La Semilla del Diablo, de Roman Polansky). ¿Existe una Providencia Diabólica?
4) Bacon, Steven Spielberg y los filmes-catástrofe. La relación del hombre con la naturaleza. (Tiburón y Parque Jurásico, de Steven Spielberg). Los terribles derechos de los animales ofendidos. Informe sobre catástrofes.
5) Descartes y los fotógrafos indiscretos. La duda y el problema del conocimiento. (Blow Up, de Michelangelo Antonioni). ¿Se puede creer en todo lo que vemos? (La Ventana Indiscreta, de Alfred Hitchcock). Cómo atrapar a un asesino desobedeciendo a Descartes. (La Prueba, de Jocelyn Moorhouse). Una prueba moral de la existencia del mundo.
6) Los empiristas británicos: John Locke y David Hume. La identidad de batman y Quentin Tarantino. Las críticas empiristas de la sustancia y la causalidad. (Batman I y II, de Tim Burton) ¿Existe una substancia común a Batman y a Bruce Wayne? Sustratos, azar y contigüidades alteradas. (Pulp Fiction, de Quentin Tarantino; No Matarás, de Krystof Kieslowski). Cuando el antes viene después del después. Las fragilidades de la cadena causal.
7) Kant, Thomas More y la sociedad de los poetas muertos. Teoría y práctica. (Un Hombre Para la Eternidad, de Fred Zinemann y Mi Pie Izquierdo, de Jim Sheridan). ¿Puede la libertad vencer las coacciones de la sociedad y la naturaleza? (El Club de los Poetas Muertos, de Peter Weir) ¿Puede la libertad, en su conflicto con la autoridad, llevar a alguien a la muerte?
8) Hegel, París, Texas y el turista accidental. El tiempo y el pensamiento. (París/Texas, de Wim Wenders). La reconciliación hegeliana de una familia despedazada: una experiencia dialéctica. (El Imperio del Sol, de Steven Spielberg y El Turista Accidental, de Lawrence Kasdan). Perdiéndose para encontrarse. (Hiroshima, Mon Amour, de Alain Resnais). La temporalidad es inseparable de la imagen.
9) Schopenhauer, Buñuel, Frank Capra. El valor de la vida. (Viridiana, de Luis Buñuel) ¿Vale la pena hacer algo por los otros? (¡Qué Bello Es Vivir!, de Frank Capra). ¿Se puede esperar que las otras personas nos ayuden cuando las necesitamos?
10) Karl Marx, Costa-Gavras, Oliver Stone y el cine politizado. Política y pensamiento. (Z, de Konstantin Costa-Gavras) ¿Se puede ser objetivo en Política?: una obra maestra tendenciosa. (JFK, de Oliver Stone) ¿Cuánta verdad puede soportar una sociedad? (La Historia Oficial, de Luis Puenzo). Escarbando en el pasado.
11) Nietzsche, el imperdonable Clint Eastwood y los asesinos por naturaleza. Heroísmo y violencia. (Los Siete Magníficos, de John Sturges). El conflicto entre Heroísmo y Moralidad. (Sin Perdón, de Clint Eastwood). La maravillosa vuelta del viejo pistolero. (Asesinos Natos, de Oliver Stone). La violencia como forma de ser.
12) Martin Heidegger, Michelangelo Antonioni, el aburrimiento y las ballenas de agosto. El ser y la condición humana. (El Eclipse; Desierto Rojo; Zabriskie Point, de Michelangelo Antonioni). El cineasta del Ser, el Heidegger de la imagen. (Ballenas de Agosto, de Lindsay Anderson). Dos actitudes diferentes ante la vejez y la condición humana.
13) Jean-Paul Sartre, Thelma, Louise, y el infierno de un matrimonio sueco. La existencia y la libertad. (Thelma y Louise, de Ridley Scott). ¿Hay una vinculación interna entre la Libertad y la Muerte? (Cadena Perpetua, de Frank Darabont). La libertad no es sólo "interior", ella también debe modificar el mundo. (Escenas de la Vida Conyugal, de Ingmar Bergman). La indestructible fragilidad de la existencia.
14) Wittgenstein, el cine mudo y la diligencia: lo que se dice y lo que sólo se muestra. La cuestión de los límites del lenguaje. (El Último, de Friedrich W. Murnau; El Cantor de Jazz, de Alan Crosland) ¿Puede el silencio decir alguna cosa? (La Diligencia, de John Ford) Lo que no puede decirse, puede mostrarse... en una película de cowboys.
Supongo que han sentido cierta perplejidad ante alguno de los títulos seleccionados y su relación con los así llamados grandes filósofos. Espero que esta perplejidad se transmute en curiosidad por el porqué, como me sucedió a mí. Después de la lectura, uno sale con unas valiosas nociones de la filosofía (de esa alta filosofía) aplicadas a casos cotidianos, no necesariamente reales, pero sí aplicadas a obras en apariencia triviales. Aparte de algunas valiosas lecciones sobre el comentario de textos, en este caso fílmicos, pero también en cualquier otro sistema de lenguaje. Y lo bueno es que esta investigación en el mundo sensorial y sensible, apartado de la abstracción y sin embargo relacionado con ella, funciona de manera biunívoca: podemos explicar filosofía mediante el cine, pero también podemos descubrir filosofía en la cotidianeidad y lo extraordinario fílmico.
Unas lecciones que son muy satisfactorias.

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El Topo, de John Le Carré

(Tinker, Tailor, Soldier, Spy)
Ed. Bruguera, col. Libro Amigo
Barcelona, 19793 [1974]
Serie Smiley nº5

El Topo, que en realidad se titula Calderero, Sastre, Soldado, Espía, un título inspirado en una canción infantil y que tiene una relativa importancia en la trama de la novela, representó la consagración definitiva de John Le Carré como maestro de la novela de espionaje, un hecho que ya había sido anunciado en la anterior El Espía Que Surgió del Frío.
El Topo es una novela que define por completo el mundo interior del espionaje creado por Le Carré, más allá de las anécdotas o de las tramas particulares. Es en esta historia en la que el personaje de Smiley queda definido como testigo y protagonista del espionaje inglés desde la Segunda Guerra Mundial hasta la Guerra Fría. Donde el mundo del Circus (el servicio secreto ¿inventado? inglés) queda trazado de manera prístina, sus entrañas al descubierto, sus juegos de poder, sus miserias intrínsecas desveladas, sus riesgos, sus logros, sus métodos. Es un cuadro, un fresco fascinante y completo, que por su verismo debió provocar (y los hizo) escalofríos a los responsables de los servicios de inteligencia británicos.
Después de una serie de catástrofes en el campo de operaciones, el Circus se reorganizó de arriba abajo. El jefe, Control, murió de cáncer. Smiley fue jubilado del servicio. Peter Guillam fue relocalizado en los Cazadores de Cabelleras, después de que éstos vieran reducidas sus funciones de forma drástica. El servicio se reorganizó de forma colegiada y lateralista para explotar una fuente de información que es una mina de oro, la operación Brujería, agente o agentes "Merlín". De repente, uno de los agentes de campo, dado por desertor, reaparece y se pone en contacto con Guillam y éste directamente con el ministerio, y trae una información inquietante: que un topo del Centro de Moscú está infiltrado en el Circus y puede estar dirigiendo sus operaciones. El ministerio, con todas las reservas posibles, encarga a George Smiley que investigue, que vaya a la vez hacia el pasado y el presente y verifique esta información. Smiley emprende entonces un trayecto que le enfrentará con los fantasmas del pasado, no sólo del servicio, sino los suyos personales.
Hay muy poca acción en las novelas de Le Carré; su métier es la psicología, el carácter de los individuos que trata. Si es tan verídico es porque las operaciones no son otra cosa que las acciones finales determinadas por mentes que están en despachos, y que tienen otras funciones y preocupaciones.
Es un triunfo completo, en el que las relaciones y conflictos de poder, el contraste entre las aspiraciones individuales y la voluntad patriótica quedan al descubierto; en el que los individuos quedan desnudos, las miserias salen a la luz, las dificultades del heroísmo aparecen y sistemáticamente son despreciadas por el sistema, las convenciones machacadas, las personas resultan ser prescindibles.
Es una novela psicológica enmarcada en un mundo en el que la traición es la norma y la lealtad algo muy difuso. Y lo es con un lenguaje literario excepcional par un género que, muchas veces, se basa únicamente en la trama. Le Carré crea un mundo que da toda la impresión de ser trasunto de uno real, crea todo un lenguaje propio, pero no se limita a esto, sino que además retrata a todos los personajes de ese mundo, de tal manera que se hacen reconocibles y que, para siempre jamás, serán familiares al lector. El Topo es una novela amarga, pero fascinante y fundamental, como no se ha escrito otra en el género.

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Cliente Muerto No Paga, de Carl Reiner

SESIÓN MATINAL

Algunos domingos, no todos, nos vamos a ir al cine. ¿Por qué? Bueno, por espíritu lúdico, por variar, por distraer, porque no conozco a nadie que, gustándole la literatura, no le guste el cine (y si tal persona existe, debe ser muy desgraciada, aunque no lo sepa). Y porque sí, porque al fin y al cabo este es un blog errante. De modo que acomódense en la butaca.

Dead Men Don't Wear Plaid
Director: Carl Reiner. Guión: Carl Reiner, George Gipe y Steve Martin. Intérpretes: Steve Martin (Rigby Reardon), Rachel Ward (Juliet Forrest), Carl Reiner (von Kluck), Reni Santoni (Carlos Rodríguez), Alan Ladd, Barbara Stanwyck, Ray Milland, Ava Gardner, Burt Lancaster, Humphrey Bogart, Cary Grant, Ingrid Bergman, Veronica Lake, Bette Davis, Lana Turner, Edward Arnold, Kirk Douglas, Fred MacMurray, James Cagney, Joan Crawford, Charles Laughton, Vincent Price. Música: Miklós Rozsa. Fotografía: Michael Chapman. Montaje: Bud Molin. Vestuario: Edith Head.

Cliente Muerto No Paga es un ejercicio cómico que a la vez constituye un gran homenaje a los actores y películas del cine negro. Una trama desmadrada que se convierte en vehículo para insertar escenas de las más variadas y míticas películas, no como antología o cameo sino integradas en el guión y manteniendo coherencia argumental. Ese doble juego sostiene a la vez el reto de ver actuando en una nueva película a Bogart, Veronica Lake, Vincent Price, etc. y realizar un tremendo homenaje a esos actores y a todo un género.
Para ello fue necesario un descomunal trabajo de continuidad, dirección artística y vestuario (encabezado por Edith Head, que debió disfrutar horrores reviviendo los vestidos de la mejor época de Hollywood). Si contamos además que el guión tiene gracia, la dirección es notable, las actuaciones apropiadas y el conjunto transmite la sensación de que todo el mundo se lo pasó bien, el producto final es más que satisfactorio, sobre todo por su carácter único.
Sí, sí, veo que algunos de ustedes tienen el ceño fruncido. ¿Steve Martin? Déjenme decirles que Steve Martin es un gran actor lastrado por el hecho de su excesiva producción y poca discriminación a la hora de aceptar los papeles que le proponen. Pero es un gran actor. Su actuación en "Dos Veces Yo" justifica por sí sola esa película. Y ha presentado galas de los Oscar en las que ha brillado, por discreción y humor, a mayor altura que predecesores y sucesores. Si esto no les basta, intenten ver esta Cliente Muerto No Paga y después hablamos.

El trailer de la película:

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Poe. Una Vida Truncada, de Peter Ackroyd

(Poe: A Life Cut Short)
Edhasa
Barcelona, 2009 [2008]

La deuda que este blog mantiene con Peter Ackroyd espero solventarla con el tiempo. Es un novelista magnífico, un estilista de la lengua inglesa, un narrador capaz de hibridar realidad y ficción de modo que uno se sumerge en la una y cree en la otra, y un escritor que sorprende por los temas y su tratamiento.
Además, y es una peculiaridad rara en un escritor que ha sonado para el Premio Nobel, es un biógrafo de marca. De hecho, ha publicado más biografías que novelas, incluyendo la monumental y sorprendente Londres, una Biografía.
En esta faceta, es hombre mantenedor de toda una gran tradición inglesa, como es la de la documentación, dedicación, claridad, orden y, sobre todo, el ser exhaustivo en su trabajo.
La vida de Edgar Allan Poe ha estado tan imbricada con su leyenda que incluso sus anteriores biógrafos no han podido librarse de esta contaminación, y así han seguido corriendo historias inverosímiles o no tanto que se han incorporado al saber popular.
Ackroyd, con los méritos que le caracterizan, desbroza y señala estos errores, basándose en documentos, testimonios y referencias, que no arroja sobre el lector, sino que asume con toda naturalidad. Ackroyd no entra en debates con anteriores biógrafos. Escribe y describe la vida de Poe sobre estos testimonios y desmiente las falsedades, pero no polemiza. Él quiere escribir una biografía veraz, y a fe que lo logra.
Con sólo esta sencillez y veracidad, esta biografía ya se convertiría, no en definitiva, pero sí en fundamental. Pero Ackroyd da una suma importancia a los hechos, y el gran mérito de su método es que estos hechos proporcionan base para el reconocimiento del genio de Edgar Allan Poe. No nos escatimará sus defectos, pero éstos, al ser relatados, también destacarán sus virtudes. Y Poe surge de estas páginas como un ser desdichado, al que la pobreza persiguió, pero también como el mejor literato de su tiempo, reconocido, pero no lo bastante como para permitirle vivir de su genio.
Poe fue un huérfano perpetuo que, durante toda su vida buscó una familia. La tragedia es que la encontró, pero demasiado tarde:
«Tennyson lo describió como "el genio más original que ha producido América", digno de codearse con Catulo y Heine. Thomas Hardy lo consideró "el primero en desarrollar todas las posibilidades de la lengua inglesa", mientras que Yeats creía que era "ciertamente el mayor de los poetas americanos". Las obras de ciencia ficción de Julio Verne y H. G. Wells tienen contraída con él una gran deuda, y Arthur Conan Doyle rindió asimismo tributo a su dominio del género detectivesco. Nietzsche y Kafka lo honraron igualmente, vislumbrando en su triste carrera un bosquejo de sus propias almas doloridas. Fue asimismo admirado por Fiódor Dostoyevski, Joseph Conrad y James Joyce, que vieron en él la semilla de la literatura moderna. El huérfano encontró por fin a su verdadera familia.»
Por su documentación y claridad de expresión, por su belleza y concisión, por su imparcialidad y dedicación, esta es una biografía, a pesar de su brevedad, o también por ella, monumental. Nada hay definitivo en este género, pero esta biografía sí se hace básica desde el mismo momento de su publicación.

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Los Hombres de la Guadaña, de John Connolly

(The Reapers)
Tusquets Ed., col. Andanzas
Barcelona, 2009 [2008]
Serie Detective Charlie Parker nº7

Hemos hablado con anterioridad (The Unquiet/Los Atormentados) de John Connolly, una voz única en la literatura policíaca y de lo sobrenatural actual. La razón de mi cariño por él es muy personal, aunque si lo miran bien, no lo es tanto: uno lleva leyendo historias de terror desde hace largo tiempo, y las sigo leyendo por aprecio al género, pero no para que me den escalofríos. Se aprende a reconocer los modelos y a apreciar el modo en el que están ejecutados (y esa es una definición del análisis literario tan buena como otra), de modo que mis valoraciones en el género suelen basarse en ese parámetro. Pues bien, Connolly es el único autor en los últimos tiempos que ha conseguido ponerme los pelos de punta. Hacerle eso a un lector, digamos, inmunizado, o resabiado si quieren, tiene su mérito. De modo que cuando Connolly publica otra de sus particulares exploraciones del policíaco en el terreno de lo más parecido al mal absoluto que existe en literatura, lo leo con interés, curiosidad y, porqué no decirlo, benevolencia. Todos los comentaristas tenemos filias y fobias, y creo que el secreto es explicar y justificar aquéllas mediante el texto y no darles la tabarra con estas últimas.
Pero la prevención que les comenté en esa reseña anterior sigue en pie: corazones débiles, absténganse. Las historias de Connolly son violentas, y por mucho que la realidad lo sea mucho más (y la prensa me da la razón a diario), leerlas negro sobre blanco puede resultar difícil de digerir para algunos lectores. Quedan avisados.
Confieso que torcí el gesto cuando supe que el personaje fetiche de Connolly, el detective Charlie "Bird" Parker, cedía su protagonismo en esta novela a la pareja de asesinos a sueldo formada por Louis y Ángel. Atractivos y enigmáticos como son, carecen de la carga existencial que caracteriza a Parker. No obstante, como he dicho, estoy dispuesto a perdonarle bastantes cosas a Connolly.
Sin embargo, y aunque no constituye una de sus mejores novelas, Connolly vuelve a conseguir mantener un nivel que pocos consiguen. Los dos protagonistas se definen como «del lado de los ángeles, aun cuando los ángeles no tuvieran muy claro si eso era para bien o para mal». En esta novela, Louis, esa máquina de matar, tiene que luchar por su vida contra un fantasma del pasado, y Connolly aprovecha para explicar la historia de estas dos némesis ambulantes. Por supuesto, la razón por la que Connolly capta la atención del lector es que los enemigos a los que se enfrentan son mucho peores, pero el autor es también consciente de que sus protagonistas están más allá del punto de redención. Es de agradecer que no intente hacernos comulgar con ruedas de molino, y que presente a estos dos personajes como instrumentos que, como máxima bondad, pueden ser utilizados en su oficio para, no hacer el bien, sino corregir un mal. Mantener el interés del lector en estas circunstancias es un tour de force que se sustenta a pura fuerza narrativa. Y lo consigue. Con una trama bien organizada y enigmática, con flashbacks interesantes y con la narración fluida y en apariencia fácil que le caracteriza.
Nadie hace lo que John Connolly. E incluso en sus peores momentos, lo hace muy bien. Por eso Connolly, hasta el momento, no me ha defraudado jamás.