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L'Amant, de Harold Pinter

(The Lover)
En Harold Pinter Essencial
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2005 [1963]

In memoriam: HAROLD PINTER (1930-2008)

Aunque sólo fuera por haber escrito el guión de La Huella (Sleuth, 1972; dirigida por Joseph Leo Mankiewicz; interpretada por Laurence Olivier y Michael Caine), sería justo recordar aquí la desaparición de un gran autor. Olivier, escritor de novelas de misterio, convoca a Caine, amante de su mujer, a su mansión y le somete a un cruel juego de humillación. La historia más vieja del mundo. ¡Ja! Ese texto se convierte en toda una fascinante tesis sobre la venganza y sus límites, la dignidad, el matrimonio, la sociedad contemporánea contrastada con otra ya periclitada y la lucha de clases.
En El Amante, Pinter desarrolla una situación de pareja: Un matrimonio nos informa, con toda naturalidad y en la primera escena, que ambos tienen respectivos amantes. La historia más vieja del mundo. ¡Ja!
De inmediato, descubrimos que estos amantes no son sino ellos mismos transformados en las fantasías del otro. En este entremezclar de fantasías, frustraciones y deseos insatisfechos y reprimidos, la tensión irá subiendo de tono, hasta llegar a un final inesperado en el que la vida de ambos sufrirá unas transformaciones tan radicales como las de las personalidades que asumen, en teoría para complacer al otro.
Es una pequeña obra maestra del teatro de cámara, maravillosa por au concisión y profundidad, intensa y cambiante en su brevedad.
Pinter desarrolló toda su carrera, principalmente en el teatro y las artes escénicas, con brillantez y una incisiva mirada sobre las relaciones humanas, como pocos autores han sabido hacer.
En su vida pública, además, mantuvo una altura y valentía moral irreductibles propias, no de los grandes autores, sino de los grandes hombres. Descanse en paz.

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El Llarg Viatge, de Jorge Semprún

(Le Grand Voyage)
Ed. Empúries, col. Narrativa
Barcelona, 1991 [1963]

«De repente, mientras los veo andar por este camino, como si fuera una cosa tan sencilla, me doy cuenta de que estoy dentro y ellos están fuera. Me impregna una profunda tristeza física. Yo estoy dentro, hace meses que estoy dentro, y los otros están fuera. No es sólo el hecho de que ellos son libres, tendríamos que hablar durante mucho tiempo, de esto. Es simplemente que ellos están fuera, que para ellos hay caminos, árboles a lo largo de los senderos, frutas en los frutales, uvas en las viñas. Ellos están fuera, sencillamente, y yo en cambio estoy dentro. No es bien el hecho de poder ir allá donde quieras, nunca eres completamente libre de ir donde quieras. Yo nunca he sido libre de ir donde quería. He sido libre de ir donde hacía falta que fuera, y hacía falta que fuera en este tren, porque hacía falta que hiciera las cosas que me han llevado a este tren. Era libre de ir en este tren, completamente libre, y aproveché esa libertad. Estoy, en este tren. Estoy libremente, porque habría podido no estar. O sea que no es esto. Es una sensación física: estás dentro. Hay el fuera y el dentro, y yo estoy dentro. Es una sensación física que te viene como una oleada, nada más.»
El Largo Viaje cuenta el viaje de un grupo de deportados franceses desde París al campo de trabajo de Buchenwald en 1943. Es una novela porque tiene una estructura novelística, pero un somero vistazo a la biografía de su autor basta para saber que es una novela compuesta de episodios biográficos.
En una serie concurrente y obsesiva de flashbacks y flashforwards, Semprún nos evocará los recuerdos de la resistencia, del campo de Buchenwald, de la ocupación, de la miseria de la guerra, de la posguerra, pero sobre todo del abuso del ser humano por parte de sus semejantes, siempre volviendo a ese interminable largo viaje en un vagón de mercancías lleno de hombres hacinados, en una noche interminable, una noche en la que da igual que amanezca, siempre es una noche que no acabará nunca.
Semprún ha declarado que, mientras a Primo Levi escribir sobre los campos de exterminio le salvó la vida, a él le dieron ganas de suicidarse. El mismo autor se refiere a esta novela dentro del texto: "De todas maneras, mi libro lo acabaré porque se ha de acabar, pero ya sé que no vale nada. Todavía no ha llegado la hora de poder explicar el viaje, todavía he de esperar, he de olvidar realmente el viaje, después tal vez lo podré explicar."
Es un texto claustrofóbico, ominoso, pero imprescindible. En él, extrañamente, se mezclan los recuerdos de la vileza y la solidaridad, la compasión y el odio. No estoy seguro de que este libro tuviera una finalidad, ni tan siquiera para su autor. Tal vez sólo sea una invitación, un "ven y mira" cómo fue. Todo es perplejidad, todo es interrogarse sobre el ser humano. Y hasta dónde puede llegar:
«─¿Por qué quieres visitar esta casa exactamente?
─¿Habéis visto cómo está situada? ─les digo.
Miran la casa y después se vuelven para mirar el campo.
─¡Dios mío! ─salta Haroux─. Hay que decir que estaban en primera fila.
[...]
Entro en la sala de estar y es precisamente eso lo que me esperaba. Pero no, si he de ser sincero he de decir que, aún esperando esto, esperaba que fuera diferente. Era una esperanza insensata, por supuesto, porque a menos que borrase el campo, a menos que lo tachase del paisaje, no podía ser de ninguna otra manera. Me acerco a las ventanas de la sala de estar y veo el campo. Veo, en el encuadre de una de las ventanas, la chimenea cuadrada del crematorio. Y miro. Quería verlo, lo veo. Querría ser un muerto, pero lo veo, estoy vivo y lo veo.
La mujer de cabellos grises, detrás mío, habla:
Eine gemülitche Stube, nicht wahr? [¿Una habitación confortable, verdad?]
Me vuelvo, pero no llego a verla, no llego a fijar su imagen, ni a fijar la imagen de esta habitación. ¿Cómo se puede traducir «gemülitch»? Intento aferrarme a este pequeño problema real, pero no llego, resbalo sobre este pequeño problema real, resbalo en la pesadilla algodonosa y cortante donde se alza, justo en el encuadre de una de las ventanas, la chimenea del crematorio. Si Hans estuviera aquí, en mi lugar, ¿cuál sería su reacción? Seguramente no se dejaría hundir en esta pesadilla.
─De noche ─pregunto─, ¿estaban en esta habitación?
Me mira.
─Sí ─dice─, estamos en esta habitación.
─¿Hace mucho tiempo que viven aquí? ─pregunto.
─¡Oh, sí! ─dice─. Desde hace muchísimo tiempo.
─De noche ─le pregunto, pero la verdad es que no es un pregunta, porque no puede haber la menor duda─, de noche, cuando las llamas iban más arriba de la chimenea del crematorio, ¿veían las llamas del crematorio?
De repente se sobresalta y se pone una mano en el cuello. Recula un paso y ahora tiene miedo. Hasta ahora no había tenido miedo, pero ahora tiene miedo.
─Mis dos hijos ─dice─, mis dos hijos han muerto en la guerra.
Me tira los cadáveres de sus dos hijos como carnaza, se protege tras los cuerpos inanimados de sus dos hijos muertos en la guerra. Intenta hacerme creer que todos los sufrimientos son iguales, que todas las muertes tienen el mismo peso. Al peso de todos mis compañeros muertos, al peso de sus cenizas, opone el peso de su propio sufrimiento. Pero no todas las muertes tienen el mismo peso, claro que no. Ningún cadáver del ejército alemán pesará jamás este peso de humo de uno de mis compañeros muertos.»

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El Jorobado, de Paul Féval

(Le Bossu)
Ed. Bruguera, col. Historias
Barcelona, 1958 [1858]
Una de las grandes novelas de aventuras de capa y espada de todos los tiempos, El Jorobado (que en España ha tenido un baile de títulos de lo más variopinto: El Jorobado, El Jorobado de Lagardere, Enrique de Lagardere, El Juramento de Lagardere, La Venganza de Lagardere, etc.) recoge y amplía todos los tópicos del género: los duelos, las intrigas, el villano, la historia de amor, la venganza, la justicia más allá de la muerte y el honor. También es origen de un tema singular que después ha sido empleado en múltiples novelas (por ejemplo, en El Maestro de Esgrima, de Arturo Pérez-Reverte), como es la estocada secreta, en este caso la famosa "estocada de Nevers".
Veamos si podemos dar un resumen que no desvele demasiado y a la vez sea esclarecedor. Felipe de Nevers, noble sin tacha y espadachín extraordinario, ha logrado vencer la clausura que ha impuesto el Marqués de Caylus a su hija Aurora y se ha casado en secreto con ella, teniendo una hija de esta unión. Pero el mejor amigo del de Nevers, Felipe de Mantua, príncipe de Gonzaga, abriga negros planes para su amigo: matarlo, hacer desaparecer a la hija y casarse con Aurora de Caylus para así hacerse con las herencias tanto de Caylus como de Nevers. Sin embargo, el caballero Enrique de Lagardere, una de las primeras espadas de Francia, enterado de la conspiración, da un paso adelante, rescata a la hija de Nevers y los papaeles que prueban su identidad y naciemiento, lucha junto a Nevers en el combate que le costará la vida a éste y Nevers le hace prometer, in articulo mortis, proteger a su hija y vengarle. Diecinueve años más tarde, Lagardere y Aurora de Nevers regresan a París para evitar que Gonzaga, que ha removido cielo y tierra en busca de la hija desaparecida que se interpone entre él y la herencia de Nevers, después de casrse con Aurora de Caylus, realice su última jugada. El plan de Gonzaga es presentar a una suplantadora y hacerla reconocer como hija de Nevers. Lagardere, proscrito y sabedor de lo que puede suceder si Gonzaga y sus secuaces le ponen la mano encima, concurre a París bajo el disfraz de Esopo, el jorobado.
Todo esto que acabo de contar es el resumen de las 35 primeras páginas. La novela tiene 255. Pueden imaginarse que lo que sigue va in crecendo de intrigas, emboscadas, ardides y situaciones límite.
Es este ritmo y los personajes lo que la convierten en un clásico de las novelas de aventuras. Es un feliz encuentro de talento narrativo y emociones argumentales. Fue, es y será una de esas novelas que han marcado época y establecido los cánones del género. Como la estocada de Nevers.

Portada

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Moby Dick, de Herman Melville

(Moby Dick, or The Whale)
Edebé, col. Nómadas del Tiempo
Barcelona, 2006 [1851]

A estas alturas, no sé qué se puede decir de Moby Dick (lacónicamente subtitulada o la Ballena) que pueda sonar a nuevo. Baste mencionar que quien no la haya leído descubrirá una obra maestra; quien la relea quedará preso de nuevo por ella, incapaz de abandonarla hasta el final.
No hay en la literatura otra obra que se mereciera que su autor pudiera escribir con toda justicia que iba a glosar una historia como lo hacían los antiguos griegos. Melville, por modestia sin duda (porque Moby Dick está escrita desde una extraña modestia que no hace sino engrandecer el estilo del relato), no declaró esa pretensión, pero en muchas ocasiones esta novela es comparable a las grandes épicas.
Pero Moby Dick es mucho más que una epopeya. Epítome de novela de aventuras; arquetipo de la novela marinera; gran novela de experiencia; novela, más que fantástica, feérica; novela naturalista total; científica incluso; hasta puede considerarse una alegoría religiosa.
Escenas tremendas en sus páginas, con una fuerza inusitada: la del doblón clavado en el palo mayor; la del juramento de los arponeros; la de la caza del leviatán; las profecías sobre el destino del barco y su misión; la fundición del arpón.
Personajes enormes: los tres oficiales del Pequod, un corifeo asombrado y fatalista, representación del mundo atrapado en una gesta infernal; los tres héroes épicos, los arponeros Queequeg, Daggoo y Tashtego; el enigmático y fatal Fedallah; el negrito Pip, fantasma en vida. Por encima de todos, dominador absoluto, dictador enajenado, maníaco obsesivo y diabólico, Ahab, personificación de la venganza y del desafío prometeico de cazar a la ballena de las ballenas, en una intención más parecida a retar a los dioses que a capturar un animal.
No sé si es necesario un resumen argumental. Ismael se enrola en una expedición ballenera en el Pequod, mandado por el capitán Ahab, a quien Moby Dick, el gran cachalote blanco, le arrancó una pierna, que ha sustituido, significativamente, por una de marfil tallada de la mandíbula de un cachalote. Pronto se verá que Ahab pone su experiencia y sus conocimientos en la pesca de la ballena, pero no sus sentidos y determinación. Éstos los dedica en exclusiva al auténtico propósito de su expedición: encontrar a Moby Dick y vengarse. Un encuentro que se producirá, para desolación de todos.
Más allá de la sinopsis, quien lea Moby Dick se verá desconcertado. Porque esta novela tiene una estructura inusual. Única, genial e inimitable. Empieza relatando la historia de Ismael, el narrador, y de cómo se embarca en el Pequod. Nada hay de extraordinario, o que se diferencie de otras novelas marineras. Melville nos introduce en el mundo de la mar y los balleneros de forma sabia, pero en absoluto trasluce las dimensiones que adquirirá su novela hasta que (en el capítulo 19) un extraño personaje realiza una profecía que introduce la inquietud en el lector. Sigue con este ritmo pausado hasta que presenta a Ahab (hasta entonces sólo mencionado de forma enigmática). Es una presentación terrible, magnífica, como si de un personaje salido del infierno se tratara. En un crescendo prometeico, Ahab irá condicionando la vida de a bordo hasta que (en el capítulo 39), en una especie de aquelarre marino, en una escena cumbre de la literatura, Ahab clavará una onza de oro en el palo mayor y forzará a la tripulación a un juramento que mostrará la dimensión de sus ansias de venganza.
Y entonces, en un escamoteo genial, Melville lo hará desaparecer de escena casi en su totalidad. Como un gran cocinero que promete un postre excepcional, y mientras tanto va sirviendo platos exquisitos, el autor cederá el protagonismo a asuntos en apariencia triviales (la caza de la ballena, la vida a bordo), pero sobre todo a la ballena. No a Moby Dick, sino a los cetáceos en general. No es un desvío ocioso, puesto que nos pondrá en su justa medida a ese adversario poderoso, al leviatán de los mares, mientras por estas escenas falsamente inocuas planea omnipresente la inminencia inevitable del encuentro entre el vengador y su objetivo.
Cuando Ahab reaparece es para convertirse en una figura dominante, una de representación del destino más allá de toda remisión. El lector no puede sino someterse a la fascinación de la pesadilla de Ahab y el torbellino en que se convierte su encuentro con la ballena blanca.
Hay otro hecho remarcable en la novela. Empieza como la historia de Ismael, después con la de los tripulantes del Pequod, la de su capitán y la de los cetáceos. Cuando Ahab vuelve a aparecer en escena, omnímodo y fatal, todos estos personajes se disuelven progresivamente conforme el Pequod y sus tripulantes se convierten en meros instrumentos de la obsesión de su capitán. Ahab y su némesis pasada y futura adquieren aspectos titánicos y universales, absorbiendo las vidas y voluntades que giran a su alrededor, hasta la inevitable conclusión del enfrentamiento entre el vengador y su leviatán blanco.
No es de extrañar que el narrador inicie su relato de esta experiencia con la declaración, desesperada y fatalista, tras verse involucrado con dos diablos del mar, de recuperar su propia identidad: «Llamadme Ismael».

Portada y ¿sinopsis o humorada?

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Anàbasis, L'Expedició dels Deu Mil, de Jenofonte

(Anabasis)
Fund. Bernat Metge, col. Escriptors Grecs - Texte i Traducció
Barcelona, 1968 [~390 a. de C.]

«Después de que los estrategas fueron presos y los lócagos y los soldados que habían ido con ellos fueron muertos, los griegos se hallaron en una gran confusión, pensando que estaban a las puertas del Rey, que por todos lados los rodeaban muchas tribus y ciudades enemigas, que nadie más les iba a parar mercado, que distaban de Grecia no menos de diez mil estadios, que no tenían guía para el camino hacia la patria; que los habían traicionado hasta los bárbaros que habían hecho la expedición con Ciro; que se habían quedado solos, sin un solo jinete que les apoyara. Así pues, era evidente que, vencedores, no matarían a nadie, y, vencidos, ninguno de ellos quedaría con vida.» (Libro III)
Este es el punto de inflexión de la Anábasis, y lo que ha hecho famosa la odisea de Jenofonte y sus diez mil soldados.
Se trata de la historia de unos mercenarios griegos contratados por Ciro (no Ciro el Grande) para combatir y derrocar a su hermano Artajerjes, rey de Persia. Tras la batalla de Cunaxa, en la que Ciro fue derrotado y muerto, los griegos fueron la única formación del ejército derrotado que se mantuvo en buen orden y preparada para ejercer una resistencia desesperada, aunque formidable. Ahí se vieron ante la disyuntiva de rendirse (y muy probablemente ser pasados por las armas) o presentar batalla e intentar escapar.
Es entonces cuando Jenofonte asciende a uno de los mandos conjuntos de los diez mil soldados griegos, y decide que morir por morir, mejor hacerlo en pie y camino a casa. En medio de Asia Menor, junto al Éufrates, los Diez Mil emprenden los que Arturo Pérez-Reverte ha denominado indirectamente "la mayor evasión militar de la Historia".
La obra tiene tres partes definidas: la primera, la expedición de Ciro el Joven, que culminará en la desastrosa batalla de Cunaxa. La segunda, la propia marcha de los griegos por Asia hasta llegar al Ponto (el mar Negro). La tercera, la historia de los pillajes y chantajes hasta llegar finalmente a Grecia y su disolución como ejército operativo.
La mejor, por supuesto, es la segunda. Rodeados de enemigos, atravesando ríos, pasando montañas entre el frío y la nieve, sufriendo el hambre, cruzando siempre territorio hostil, la gesta de los griegos adquiere magnitudes épicas hasta culminar en la famosa escena en la que, arrojando las armas, los griegos corren hacia la playa gritando: "¡Thalassa! ¡Thalassa!" (¡El mar! ¡El mar!).
Es una curiosa epopeya en la que la épica reside en la gesta en sí y no en los individuos que la protagonizan: mercenarios rastreros, avariciosos y crueles. Chaqueteros atentos siempre al mejor postor que, sin embargo, llegado el momento, hicieron lo que nadie ha vuelto a hacer jamás; que un continuador de Jenofonte resumió con una aparente simplicidad: "El total del recorrido, tanto de la ida como de la vuelta, es de doscientas quince etapas, mil ciento cincuenta parasangas, treinta y cuatro mil seiscientos cincuenta estadios [6.652 Km]. La duración, de ida y vuelta, un año y tres meses".

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La Flecha Negra, de Robert Louis Stevenson

(The Black Arrow)
Ed. Bruguera, col. Historias
Barcelona, 1958 [1883]

En el contexto de la Guerra de las Rosas, una misteriosa banda de proscritos amenaza vengarse de los déspotas que han ejercido un poder inicuo sobre el pueblo, matándolos mediante una flecha negra. Richard Shelton, joven noble tutelado por sir Daniel (quién asesinó a su padre, un hecho que el aguerrido Richard desconoce), en cumplimiento de una misión, se encuentra con John Matcham, que huye del cautiverio a que lo tiene sometido sir Daniel. En realidad, Matcham es Joanna Sedley, disfrazada.
Sin reconocer la auténtica naturaleza de la joven, sin embargo Richard se siente atraído por ella. Cuando se revela la realidad, Richard emprenderá su propia guerra para liberar a Joanna, una guerra que se verá inextricablemente ligada a su propia historia y a las innumerables felonías cometidas por sir Daniel y sus secuaces. Tras una muy shakespeariana intervención del por el momento rey Ricardo III, la pareja tendrá un final feliz tras muchas penalidades.
Es un argumento tan típico que apenas merece comentario. No se esperen subtextos alegóricos ni mensajes más allá de la propia aventura o los valores de la moral tradicional: la honradez, la nobleza, la rectitud y el amor. Cada obra es hija de sus tiempos y de su autor, y los tiempos eran los victorianos y el autor un moralista (un moralista ciertamente extraño, si miramos La Isla del Tesoro, pero esa es otra historia).
Lo que salva a la novela y la ha hecho un clásico del género es su ritmo y su narración. Es una novela de aventuras constantes, con intrigas que se cruzan y entrecruzan, y la narración conduce con toda fluidez la trama hasta su conclusión.
Si ustedes a veces echan de menos las grandes aventuras, no tanto del tipo Errol Flynn sino más bien las de Burt Lancaster, permítanse unas horas de puro entretenimiento con esta novela. En eso, no quedarán defraudados.

Portada y sinopsis

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Un As en la Manga, de Annie Proulx

(That Old Ace in the Hole)
Tusquets Editores, col. Andanzas
Barcelona, 2005 [2002]

A Bob Dollar le encargan que vaya de incógnito a una región del norte de Texas para encontrar terrenos aptos para la instalación de forma masiva de granjas de cerdos. Bob es un tipo peculiar (y esa historia tendrán que leerla ustedes en el libro), y una de sus peculiaridades es ser una persona sensible. Le gusta escuchar, y su personalidad se ve atraída por la belleza (uno diría por la belleza perdida) del territorio que está pisando, por las historias de la gente que lo ganó en los lejanos tiempos de los pioneros, por la misma gente que, en decadencia o no, todavía mantiene una simbiosis con ese mundo. Un mundo que, como dice la contraportada, Bob pretende llenar de granjas porcinas.
Es esta una novela compuesta de historias: las que conforman la personalidad de Bob Dollar, las de las gentes que habitan el panhandle de Texas, las de los que llegaron allí en un principio y las del propio territorio.
Y se trata de un territorio que conjura todos los mitos del Salvaje Oeste y de la colonización pionera de los Estados Unidos.
Ya he remarcado antes [Atando Cabos] el aprecio que tiene Annie Proulx por la exageración como medio para destacar personajes, actitudes e ideas. En este caso es, más que los personajes, el propio territorio el que es exagerado, con unas proporciones casi míticas, que contagian a los protagonistas.
Es también una novela que plantea la cuestión de qué estamos haciendo, no ya con el mundo, sino con la parte de éste en el que vivimos. De si este supuesto progreso es tal o si, en realidad, los males que nos aquejan no los habremos provocado nosotros, por ambición, inconsciencia y por perder el respeto a la tierra, que es como perder el respeto por nosotros mismos.
Las virtudes de Proulx como escritora son inmensas: historias que absorben, una sabia distribución del ritmo narrativo, una comicidad oportuna y que se adhiere a la historia en lugar de ser un chiste aislado, personajes creíbles, lenguaje adecuado y versátil.
Un placer de novela, para leer y pensar, una gran obra de una gran narradora americana.

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En Busca del Unicornio, de Juan Eslava Galán

En Premios Planeta 1985-1987
Ed. Planeta
Barcelona, 1994 [1987]

Juan de Olid, joven caballero al servicio del Condestable de Castilla, recibe el encargo del rey Enrique IV de llegarse al África para buscar el cuerno del unicornio, que tiene que curar los problemas de impotencia del rey de Castilla.
Iniciará así un periplo de veintiún años en el que Olid y sus ballesteros atravesarán el continente africano, desde el puerto marroquí de Safí hasta el mozambiqueño de Sofala, en una aventura llena de penalidades y peripecias, algunas trágicas y otras grotescas. Será esta una aventura con un continuo juego de espejos entre la superstición, las ilusiones y la realidad. Así Olid será representante del poder de un rey impotente; el choque de la realidad y fealdad del rinoceronte frente al mito del caballo astado; la ingenuidad del mito del dominio de la bestia por parte de una virgen contra la feroz evidencia en la sabana africana.
Pero, sobre todo, es un cruel juego de ajedrez, en el que Olid, peón que se cree caballo o alfil, no hace sino marchar adelante en la esperanza de coronar la última casilla, para descubrir que su rey abandonó la partida tiempo atrás. Fundamentalmente, revelarse que en realidad, la partida se jugaba en otra parte y que su esfuerzo era no sólo irrisorio, sino inútil. Una novela de perdedores, con aquella épica misérrima que se revela inútil dentro de los sueños absurdos de los monarcas.
Una novela muy apreciable, escrita en primera persona y empleando el castellano antiguo (hasta cierto punto; siempre hay que transigir ante la legibilidad). Bien documentada históricamente, y y que por encima de todo transmite la idea de que, si bien la historia no sucedió, o no sucedió así, esa aventura pudiera haber sucedido; que es uno de los fundamentos de la literatura.

Portada y sinopsis

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La Entrada Nº 100

Es imposible resistirse a los llamados "números redondos". Siete meses después de iniciado este blog, llego a esta cifra significativa. Y, por fortuna, ni empecé solo ni he llegado a esta etapa en solitario.
Ahí a su derecha tienen ustedes una lista de blogs, les insisto, que representan lo mejor que he encontrado en este mundillo. Calidad intrínseca aparte, que la tienen, en ellos sobre todo encontrarán buena gente.

Sá y su Gemelo, que está en el origen de esta excentricidad y con el que aprendí qué era un blog y que en la fría pantalla hay también calidez y reflexión.

Miss Missing y su Sensus Amoris, donde siempre me he sentido como en el salón de mi casa.

Dani y el blog del Club de Lectura de Ciencia de la mejor biblioteca, a mi gusto, de Barcelona, con el que hemos recorrido el proceloso camino de los bloggers, probando y errando, siempre teniendo presentes a los lectores, fueran uno o mil.

Carmen y su Saborearte, o la gastronomía hecha cuento. El espíritu de Vázquez Montalbán, Camilleri y tantos otros planea por sus entradas.

Magalí y su Rayuela Cosmicómica, alguien que ama más a Cortázar que yo, y ya es decir, y que me descubre nuevos libros o me recuerda viejas lecturas; y me hace jugar al arte.

Verónika y sus Almas Grises y los Caballitos Persas, o la literatura con bendita pasión y una poetisa impresionante.

Andrómeda, siempre con un comentario exacto y preciso surgido de su Tintero. No hay mejor deseo para ella que todo el tiempo necesario y más para que lea y comente todo lo que su entusiasmo requiere.

Bárbara y su Fermé la Bouche, persona generosa que regala visiones de libros y almas en pintura.

Gustavo, en su Casa de Asterión, teórico terrible, polemista tenaz, con un sentido del humor y bonhomía que trasciende su aspecto feroz y hace inevitable el aprecio y el cariño.

Milserifas y sus millares (ojalá) de serifas, fino comentarista, atento siempre al libro como cosa total, idea, objeto, arte.

Javier, que no deja que permanezcamos en su Zaguán, sino que nos invita a sus lecturas, y con el que comparto muchas veces autores y temas gratos.

El binomio que compone con gusto y acierto (salvo un par de errores, como son dos entradas mías que no sé porqué se empeñaron en publicar) 500 Ejemplares. 300 se ha convertido en símbolo de la resistencia espartana. Los 500, de defensa de la literatura y la palabra libre.

Carolina y sus Tejados sin Gatos (y su casa llena de ellos), que regala relatos y percepciones. No se espera menos de su generosidad, inmensa.

Germán y su Signo Roto, presto a descubrirnos poetas y a bien razonarlos. Al elogiarle un poema de Cardenal que reseñó, me envió otros poemas, para mi lectura y disfrute. ¿Qué se puede decir ante esto?

Luis y su Humor Vagabundo, siempre incisivo en el análisis y siempre presto a recibir de buen humor y con amabilidad extrema a sus visitantes. En sus vagabundeos he asistido a la mejor tertulia literaria de mis últimos diez años.

Madoguna, y su Brújula que nos orienta en lecturas muchas veces desconocidas para mí y que pasan a formar parte de mis proyectos de lectura.

Jordi Nadal, que jamás me ha revelado su secreto para multiplicar el tiempo y leer, leer y leer...

En fin, Blanca y el Gusanillo de los Libros que todos tenemos, Camilo, que pone el Ojo en la Paja,
Teresa en Metrópolis, Amparo, Cristina, Juan, Mónica y Provi reforzando el Fondo de Catálogo, Carlos, Juan Carlos, Ferran, Jaume y Chema que mantienen el Libro Abierto, Sonia, Maria, Ramon, Silvia y Carolina y sus Históricas, o Elena, Perdida entre libros.

Las firmas invitadas, Dani González, Susana y Luis Moreno Villamediana, y otras que vendrán. Es un auténtico privilegio tenerlas aquí, y sus reseñas no hacen sino elevar el nivel de este blog.

Los seguidores, que son como esos socios o mecenas que mantienen museos e instituciones, como se dice, "más allá del deber". Muchos ya han sido citados por sus blogs. Otros, Magda, Olivia, Emiliano, el Hada, Juliett y Adán, están ahí. Ver los rostros o avatares de todos ellos al abrir la página hace que uno se sienta acompañado y que el viaje valga la pena.

Los que comentan. Existe la soledad frente a la pantalla en blanco, pero también la soledad frente al texto publicado. Cuando alguien pierde un minuto o diez de su tiempo para realizar un comentario hace que esa pantalla sea menos fría, y añade valor a mis tonterías.

Los lectores. Los hay, aunque sea difícil percibirlos. Comenten o no, para ellos se hace esto, y por ellos no es tiempo perdido. No puedo sino agrdecerles su paciencia y comprometerme con ellos para mejorar.

Este blog no surgió como un acto egocéntrico, ni mucho menos por el convencimiento de que tenía una verdad que transmitir. Hubieron personas, sin duda generosas, que me lo sugirieron y me animaron. Ahí empezó, con dudas y con el deseo de transmitir amor por los libros y la literatura, y convencido de que habían otros que lo harían mucho mejor que yo.
Y así sigo, con los mismos convencimientos, deseos y dudas, pero también con el conocimiento y las lecciones que he podido adquirir de todos los anteriormente citados. Gracias a este blog he encontrado amistad, humor, camaradería, respeto, conocimiento, sabiduría y bondad. No es poco; en absoluto es poco. Pero, sobre todo, he hallado generosidad. La auténtica, porque ni un sólo céntimo se mueve aquí, y sin embargo puedo afirmar que he recibido mucho más de lo que he dado. Siempre he estado convencido de que existe más gente buena en el mundo que mezquina. Conocerla, conocer a esta buena gente antes citada, sin embargo, es un raro privilegio que me hace mucho mejor. Gracias a todos.

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K2, de Javier García Sánchez

Ed. Planeta, col. Autores Españoles e Iberoamericanos
Barcelona, 2006 [2006]

En primer lugar tengo que decir que Javier García Sánchez es amigo mío. Buen amigo. ¿Puede habérseles pasado por la cabeza que este hecho motive una especial benevolencia o el simple peloteo por mi parte? La respuesta es que a un amigo no se le hace eso, no se le engaña. Aquí sólo se comentan obras que me gustan, de modo que Javier o no Javier, si figura aquí su K2 es por el puro mérito literario. Como máximo, conozco bien el modo de trabajar y escribir del autor, pero eso no tiene porqué influir en el resultado final.
Javier García Sánchez, por si alguien lo duda, es un hombre literario integral e íntegro, y para comprobarlo sólo tienen que repasar su bibliografía. Pero también constituye un caso único en las letras españolas por el hecho de ser el autor de las dos únicas novelas deportivas que pueden calificarse como gran literatura, El Alpe d'Huez (que algún día les comentaré) y K2. No ha sido sin problemas. Desprecio, ostracismo y mala intención, porqué no decirlo, por parte de la crítica y el mundillo literario. Al parecer, el hombre literario, con o sin atributos, para cierto sector que se considera en las alturas espirituales, el único deporte que debe hacer es levantamiento de libros. No quiero imaginar lo que le hubiesen hecho a Píndaro.
El K2, para aquellos no informados del hecho, es la segunda montaña más alta del mundo, 8.616 metros, la más difícil de escalar, la más difícil de sobrevivir, la Montaña de las Montañas [y gracias a Susana por la información previa, y la pasión, que me dio pistas al respecto de lo que siente cualquier escalador ante la montaña más bella del mundo].
No es una novela de épica, no es una novela unidimensional. Javier García Sánchez es hombre literario integral. Hay una gesta, como es la ascensión y la renuncia, hay sufrimiento, hay descripciones bellas, tremendas, terribles. Esa integridad literaria implica que puede haber poesía y literatura en la montaña, que el K2 puede ser el espejo del que se dedica a su ascensión, que la persona puede ser también el reflejo del propio K2. Es gloria y derrota. Gloria amarga y derrota redentora. Hay una historia de amor. Con la montaña, un extraño amor-odio; con una mujer, no como sustitución de la montaña, sino como enseñanza y salvación ante la ambición y la locura. Hay un martirologio alpinista que deviene homenaje al poder omnímodo de la montaña de montañas, siempre celosa de su propia integridad. Hay dudas y una continua interrogación sobre el alpinismo, lo que fue y en lo que se ha convertido. Pero sobre todo hay experiencia, una de transformación, porque si es verdad que la montaña te transforma, del K2 nadie sale indemne en esa metamorfosis.
¿Una historia de amor? Sí, y puede extrañar esa intrusión inusitada en una historia que es de un deporte y una montaña. Paciencia. Esa historia está realmente imbricada en la experiencia del protagonista y su K2, y (mérito de García Sánchez) pronto ambas cordadas se unen en un todo inextricable y necesario para la narración.
¿Es posible que alguien espere una epopeya gloriosa? En pleno siglo XXI, ya es imposible y hasta ridículo describir la guerra como algo puramente heroico. Hubiera sido igualmente anacrónico y falaz describir el alpinismo como una gloriosa ascensión a la cumbre. La misma tecnología nos ha alienado de la épica. Ya no es posible matar con honor y ya casi es imposible admirar a quienes ascienden con más panoplia y equipo que el astronauta medio, cuando no a hombros de sherpas. Javier García Sánchez emplea todos y cada uno de los recursos para mirar el K2 y a su protagonista desde todos los ángulos posibles. Hay épica, pero es la de la propia montaña, el hombre solo y su transformación psicológica, mental, espiritual inclusive. Es la épica del sufrimiento, de la expiación, de la culpa, de la renuncia y de la temeridad. La del respeto a la montaña. Un temor reverencial que no es sino el amor y la adoración a una diosa terrible y despiadada, pero por la que es imposible no sentir fascinación.

Portada y sinopsis

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¡Pues Vaya! Lo Mejor de Wodehouse, de P. G. Wodehouse

(What Ho! The Best of P. G. Wodehouse)
Ed. Anagrama, col, Panorama de Narrativas
Barcelona, 2004 [1915-1975]
Introducción de Stephen Fry

Durante meses me he estado rompiendo la cabeza pensando qué libro de Wodehouse podía presentarles aquí con la esperanza de darles a conocer un gran genio del humor inglés. Al final, y frente a la imposiblidad de decidirme entre mis muchos favoritos del maestro, llegué a la conclusión (como supongo que hizo Jorge Herralde) de reseñar esta antología que puede servir como gran menú de degustación y que les permitirá pasar por la amplia variedad de personajes de este autor. Con la admonición, eso sí, de que si ven un libro de Wodehouse se lancen sobre él. Adquiéranlo, pídanlo prestado, alquílenlo, descárguenselo de internet si saben inglés (en Proyecto Gutenberg hay unas cuantas obras suyas), pero léanlo. Porque vale la pena.
El principal motivo de escoger esta antología es, aparte la variedad, porque lleva una concisa pero definitiva introducción de Stephen Fry (que tuvo el privilegio de interpretar al genial mayordomo Jeeves en una serie británica; el actor que encarnaba a su entrañable y catastrófico señor Bertie Wooster era Hugh Laurie, hoy más conocido como el Dr. Gregory House). En esta introducción se trazan todas las claves esenciales del maestro.
Hace un tiempo, una persona a la que recomendé una novela de Wodehouse volvió quejosa: «Sí, muy divertida, ¡pero es que no tiene nada que ver con la realidad!» «Felicidades ─repuse─. Acabas de sacar de la literatura a Alicia en el País de las Maravillas y a toda la obra de Kafka. Entre otras.» «Quiero decir, que sólo sirve para reír.» «Felicidades. Acabas de expulsar de la literatura todas las comedias de Shakespeare. Entre otras.» Y así se marchó, convencido de que la vida es trascendente en todo momento, y a mí convencido de que era (ustedes disculpen) un perfecto soplador de vidrio. Me pregunté si alguna vez condescendería a bajar al mundo de los mortales y explicar un chiste, o a jugar con su hijo de tres años por el mero hecho de reír juntos. Probablemente no. Se dedicaría a enseñarle trigonometría.
El mundo de Wodehouse no existe ya, si es que alguna vez existió, cosa que dudo. Es un mundo de enredos, de comedia musical sin música, de las grandes comedias de Hollywood. La película que más se parece a lo que Wodehouse nos explica es Bringing Up Baby (aquí titulada "La Fiera de Mi Niña"), y quienes mejor podrían encarnar, por ejemplo, a ese lechuguino entrañable que es Bertram Wooster hubiera sido Cary Grant; y a su sutil, inteligente, levemente cínico y siempre discreto mayordomo Jeeves, siempre he imaginado al gran George Sanders. Las chicas de Wodehouse serían todas esas enormes actrices de la edad de oro de Hollywood, las Carole Lombard, Katharine Hepburn o Rosalind Russell.
Es un humor totalmente blanco y sin más pretensiones que el propio humor. Pero a una edad en la que no había entrado en la adolescencia, Wodehouse me permitió iniciarme en el humor inteligente.
Todo está al servicio de la diversión del lector: sus personajes estrambóticos; las situaciones embrolladas; la serie de catástrofes que se amontonan para formar un conjunto descomunal de comicidad; su lenguaje; el gag sabiamente introducido. Al respecto del título de la antología, que proviene de Adelante, Jeeves:
«─¡Pues vaya! ─dije.
─¡Pues vaya! ─dijo Motty.
─¡Pues vaya! ¡Pues vaya!
─¡Pues vaya! ¡Pues vaya! ¡Pues vaya!
Después de lo cual pareció bastante difícil proseguir la conversación.»

Hay algo en lo que Fry y Laurie se muestran de acuerdo: lo difícil que es llevar a la pantalla un humor que depende en gran medida del juego escrito. Es posible, pero algo (mucho) se pierde en el traslado:
«─¿Sir Jasper Finch-Farrowmere? ─preguntó Wilfred.
─ffinch-ffarrowmere ─corrigió el visitante, al detectar las mayúsculas con su sensible oído.»

Es una situación que depende únicamente del lenguaje escrito, y es imposible llevarlo a la expresión oral sin alterar su precisa concisión.
Pero no sólo hay juegos verbales.
«A diferencia del bacalao macho, que una vez convertido en padre de tres millones quinientos mil bacaladitos, decide animosamente quererlos a todos, el aristócrata de nuestros tiempos se da cuenta de que su hijo menor es un perfecto incordio.»

«El pueblo de Market Blandings es uno de esos poblados adormecidos que el progreso moderno no ha podido tocar... La iglesia es normanda, y la inteligencia de la mayoría de los nativos paleozoica.»

«Como detective eres un desastre. No podrías detectar un bombo en una cabina telefónica.»

«La fascinación de la caza como deporte depende casi por entero de si estás en el lado apropiado o no del arma.»

«A la edad de once años o así, las mujeres adquieren una maestría y capacidad para manejar las situaciones difíciles que un hombre, si es afortunado, consigue tener a los setenta y tantos.»

«¿Ha visto alguien un crítico dramático a la luz del día? Por supuesto que no. Salen de noche, para hacer el mal.»

«Cualquiera puede embaucarme. Si estuviera en un monasterio trapense, lo primero que sucedería sería que algún transeúnte me induciría a hacer alguna espantosa idiotez contra mi mejor juicio por medio del lenguaje de los sordomudos.»

«Un joven con oscuros círculos bajo sus ojos se apoyaba contra una máquina tragaperras. Un enterrador que pasara en ese momento hubiera mirado a este joven con atención, oliendo el negocio. Y lo mismo hubiera hecho un buitre.»

«No importa lo devotamente que una chica pueda adorar al hombre de su elección, siempre llega la ocasión en la que siente un irresistible impulso de cogerlo y darle un pescozón.»

«Atila el Huno podría haber roto su compromiso con ella, pero sólo Atila el Huno, y sólo si hubiera estado en uno de sus mejores días.»

«─Supón que tu tía Dahlia leyera una mañana en el periódico que ibas a ser fusilado al amanecer.
─Imposible, jamás me levanto tan temprano.»

«Demostró de nuevo que la mitad del mundo no sabe cómo viven las otras tres cuartas partes.»

Como dice Fry, "Si ustedes son inmunes a este tipo de humor, entonces, es probable que sólo estén hechos para las traiciones, las estratagemas y las rapiñas. No analicen su luminosa perfección. Limítense a gozar de su cordialidad y esplendor. Como Jeeves, Wodehouse es un caso aparte y analizarlo, en su último término, no sirve de nada".
Cada aficionado a Wodehouse tiene su personaje favorito, y en esta antología tendrán ocasión de hallarlos a todos. Los míos son (tal vez porque fueron los primeros que descubrí) Jeeves y Wooster. Jamás olvidaré ese glorioso final de una de sus novelas, en la que, tras la acostumbrada catástrofe, Bertie Wooster se ve amenazado por la cólera de su tía Agatha, y Jeeves, siempre solícito, le propone aceptar la invitación de un crucero por el Mediterráneo, que era la opción vacacional preferida desde el principio del discreto mayordomo.
«─¿De modo que un crucero, eh, Jeeves? ─dijo Bertie, sombrío.
─Sí, señor.
El pensamiento de tía Agatha con millas de agua de por medio empezó a animar su mente.
─El viento en las velas, la espuma del mar en la proa y todo eso, ¿no, Jeeves?
─Sí, señor.
─¡Ohé, ohé, ohé, Jeeves!
─Sí, señor.
─Y aún diría más: ¡Ohé, ohé, ohé, y una botella de ron!
─Sí, señor. Ahora mismo se la traigo.»

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El Desdén, con el Desdén, de Agustín Moreto

Ed. Castalia, col. Clásicos Castalia
Madrid, 1971 [1654]
Edición de Francisco Rico

Esta obra de teatro clásico, en resumen de Ignacio de Luzán, trata de "Carlos, Conde de Urgel, enamorado de Diana, princesa en extremo esquiva y enemiga de amores y de casamiento, juzgando imposible empresa el vencer su esquivez por los medios regulares de amor y rendimiento, elige el de fingir indiferencia y desamor, y con esta traza logra su intento, pues Diana, rendida al fingido desdén de Carlos, se da a partido y le da la mano de esposa".
Pocas cosas se pueden añadir a la magnífica edición, como acostumbra, de Francisco Rico, uno de los más amenos, a la vez que rigurosos, anotadores y estudiosos de las letras clásicas hispanas.
Goza esta comedia de una exacta simetría en su título (que, lo confieso, es lo primero que me atrajo de ella), una especie de palíndromo semántico que conlleva una aparente contradicción.
Pero además, Moreto da relevancia al bufón ("la figura de donaire", como se definía en la época al gracioso de la obra) y así el papel de Polilla se convierte en uno de los más agradecidos. Los temas de la mujer esquiva o "varonil" (en el sentido de dedicarse al estudio y la filosofía y aborrecer el papel social que tiene asignado en la época de esposa y madre), por descontado ridiculizado y frustrado por la obra, ya que las costumbres y paradigmas de su tiempo no hubieran permitido otra cosa. Aunque su misma aparición como tema en las letras del Siglo de Oro algo barrunta que alguna realidad, poca o mucha, podría tener.
Se trata de una comedia de ingenio, y sus diálogos en verso cumplen por ingeniosos. Es evidente que no es una de las grandes de la época; ese puesto se reserva a las obras de Lope y Calderón. Pero por formas y ejecución es una de las comedias que merecen perdurar.
Como siempre en el caso de los clásicos, la paciencia es uno de los requisitos para su lectura. En este caso se ve acompañada por una edición de aquellas que gustan: las que informan e ilustran en vez de agobiar y distraer la atención.