Sant Jordi i el Drac Gandul, de Kenneth Grahame

(The Reluctant Dragon)
Ed. Empúries
Barcelona, 2003 [1898]
Ilustraciones de Ernest H. Shepard

Dejemos de lado este título en catalán y volvamos al original, que no es otro que El Dragón Reluctante. Porque este cuento infantil, que puede ser disfrutado por igual por el lector adulto, trata justo de eso. De entre la población de dragones (y, como buena figura mítica, los dragones han poblado la literatura oral y escrita por centenares), alguno tendría que haber que no compartiese ni la malicia, ni la ferocidad, ni esa extraña afición por los tributos de doncellas. En este dragón que se ha asentado en los Downs británicos, semejantes tendencias se han transmutado en un inusitado amor por la poesía y la vida pastoral y perezosa.
El muchacho protagonista (que se llama "Muchacho"), inteligente y leído como es, no tardará en establecer una cordial relación con la bestia, animal simpático y pacífico. No es tan comprensiva el resto de la vecindad, que recurrirá a los héroes para librarse de esa inquietante presencia, y el mismísimo San Jorge será el que acuda a la lucha.
Pero San Jorge no es tonto, y tras una conversación con el muchacho y el dragón, convendrá en escenificar un magnífico combate, para entretenimiento y tranquilidad de los habitantes, y dejar en paz después al dragón y sus aficiones.
Kenneth Grahame es el autor de El Viento en los Sauces (un clásico de la literatura infantil poco conocido en el mundo hispánico). En toda su obra hay un mucho de fino humor y una cierta dosis de nonsense, combinados con unos argumentos originales cuyo tratamiento los eleva por encima del común de la literatura para niños y los sitúa en la plena inteligencia. Acompañado de unas ilustraciones clásicas deliciosas, es uno de esos cuentos que, una vez descubiertos, no se olvidan.

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2 comentarios:

Asterión dijo...

A propóstio de libros infantiles (categoría sospechosa y género defícil como el que más), debo decir que cuesta encontrar buenos ejemplos. Umberto Eco, García Márquez y claro, Wilde, son de los pocos.

Hay uno que finalmente no leí,aunque su autor fue popular en los 80 y 90, y de él leí sus tres obras precedentes. Me refiero a Patrick Suskind y su Historia del señor Sommers o algo así. ¿Tuviste oportunidad de leerla?

Saludos.

Lluís Salvador dijo...

Hola, Asterión:
¡Ja, ja! Me río porque, muy atinadamente, los autores que citas casi nunca son considerados por los antólogos y estudiosos del género (de ese sospechoso y espinoso género) como autores para niños. Y es que, en efecto, considero que gran parte de la literatura infantil y juvenil de nuestros tiempos va lastrada por la creencia por parte de los editores (menos por parte de los autores, pero también los hay que incurren en el vicio), por una creencia, decía, de que los niños y jóvenes son idiotas. Y no. Las virtudes que tiene que tener un libro infantil y juvenil pasan por tener un lenguaje accesible para el público al que van destinados, pero de eso a repetir las cosas (para que las entiendan, pobrecitos) media un abismo. Y en cuanto a los temas, estoy convencido de que se puede tratar cualquiera mientras no les fuerces al alambicamiento.
Y no, no he leído La Historia del Señor Sommer. De Suskind he leído el Perfume, y lo hice poco después (o algo después, da igual; lo que pasa es que es una imagen potente, esta a la que me referiré) de haberme paseado con el protagonista de Los Hijos de la Medianoche, de Salman Rushdie, en ciclomotor por las calles de Bombay captando los olores y aromas de la vida en esa ciudad. El tema tratado posteriormente por Suskind me olía (ja, ja) a cuerno demasiado requemado como para resultarme original, y albergué unas profundas sospechas de... ¿inspiración? ¿intertextualidad? Después, además, surgió el escándalo del supuesto plagio de (creo) El Contrabajo, de modo que decidí abstenerme de Suskind (y él decidió abstenerse de escribir, según parece, y hasta hoy).
Hay algunas obras infantiles y juveniles que merecen la pena. No voy a insultar tu inteligencia diciendo que las Alicias de Carroll son libros infantiles. Pero el primer volumen de The Once and Future King, de T. H. White, ViceVersa, de Fred Anstey, El Viento en los sauces, de Grahame y algunas otras que ahora mismo no me vienen a la cabeza son perfectamente recomendables. Y, por supuesto, y como bien apuntas, Wilde.
Por definición, una buena obra infantil o juvenil sería aquella que pudieras leer sin avergonzarte de ella en la edad adulta. Y ahí volvemos a mi razonamiento inicial. Los niños no son idiotas. Y los adultos, aunque a veces actúen como tales, en el fondo, tampoco.
Un saludo!