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L'Agent Confidencial, de Graham Greene

(The Confidential Agent)
Eds. de La Magrana, col. La Negra
Barcelona, 1993 [1938]

En una anterior reseña me dedicaba a reivindicar el papel de John Le Carré como renovador del género de espionaje y gran narrador, escapando de la sombra del gran Greene, que había puesto las bases literarias de la novela del juego sucio por excelencia.
Establecidos ya los méritos de Le Carré, sería injusto tirar a la papelera la ingente obra de Graham Greene y no reconocer sus logros en el establecimiento de un género. Méritos no sólo argumentales, sino literarios, morales y humanos.
La trama de El Agente Confidencial es paradigmática de la obra de Greene: Un agente de la república española, en plena Guerra Civil, y al que sólo se identifica con la inicial D., es enviado a Inglaterra por su gobierno para conseguir carbón, imprescindible para el esfuerzo de guerra. Por desgracia, coincide con un agente homólogo del gobierno franquista con la misma misión. Éste, con mejores contactos y más recursos humanos y materiales, consigue robar las cartas credenciales, de presentación y documentos de D., enviándolo directamente a un calvario personal por el cumplimiento de su misión y su propia supervivencia.
Hasta aquí la novela no se aleja de un policíaco o una aventura "normal". Lo paradigmático en Greene es la tortura del protagonista, su abandono (hasta sus correligionarios desconfían de él), su soledad apenas paliada por una chica conocida durante el viaje a Inglaterra, su desamparo. En muchas ocasiones el lector tiene la sensación de que todo es inútil, de que D. haría mejor en abandonar, pero a Greene no le interesa tanto la misión como mostrarnos la entereza moral de su protagonista.
Lastradas por los finales felices (la conclusión de la versión fílmica de El Tercer Hombre parece ser una excepción, y sospecho que se debe más a Orson Welles o Carol Reed; en la novela, Greene se empeña: el chico consigue a la chica, suenan violines de fondo y cantan los pajaritos, metafóricamente hablando), las novelas de Greene, sin embargo, tienen mucho más de lo que su sinopsis muestra. El lector que busque aventura e inmersión en el sucio mundo de los servicios secretos quedará satisfecho. Pero nociones como deber, moral, integridad, expiación (Greene era católico inglés, un hecho que por lo general aboca a la militancia) y conflicto personal siempre se hallan presentes. Esos conceptos elevan las historias de Graham Greene por encima del pasatiempo, y las hacen necesarias.

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El Pont de San Luis Rey, de Thornton Wilder

(The Bridge of San Luis Rey)
Enciclopèdia Catalana/Proa
Barcelona, 2004 [1927]

El 20 de julio de 1714, un antiguo puente colgante inca cede y cinco personas que lo atravesaban mueren al precipitarse al abismo. Este suceso conmueve profundamente a la sociedad peruana, y particularmente al hermano Junípero, testigo ocular del hecho: «Cualquier otra persona se habría dicho con secreta alegría: "En diez minutos, ¡yo también...!" Pero fue otro el pensamiento que tuvo el hermano Junípero: "¿Por qué les ha pasado esto a estas cinco personas?" Si en el universo existía algún plan, si había algún patrón en la vida humana, sin duda podía ser descubierto misteriosamente oculto en aquellas vidas cortadas en seco. O bien vivimos por casualidad y morimos por casualidad, o vivimos según un plan y morimos según un plan. Y, en ese instante, el hermano Junípero tomó la resolución de descubrir la vida secreta de esas cinco personas, que en ese momento caían por el aire, y determinar la razón por la cual abandonaban este mundo.»
Y es así como Wilder empieza unos retratos de esos viajeros, y haciéndolo, elabora una altísima literatura, llena de matices y percepción, profundamente humana. Puede que el hecho de que la caída del puente, planeando omnipresente en los destinos de los retratados, sea el cebo que mantenga nuestra atención, pero pronto se ve sustituido por la fascinación que estas personas ejercerán en el lector. Como el hermano Junípero, intentaremos descubrir el nexo común en todos ellos, y ese nexo existe, pero Wilder consigue que el destino no sea más importante que el viaje.
Es muy raro hallar en la literatura obras que puedan ser recomendadas sin hacer distinciones entre lectores, obras que tienen una inmanencia y unos valores capaces de interesar y conmover a las personas de cualquier época y predisposición. El Puente de San Luis Rey es, creo, una de esas pocas obras.
Sus recursos literarios, su prosa exacta y medida, sus situaciones realistas o extrañas, sus diálogos sabiamente mesurados y dosificados, su ritmo y su planteamiento son todos de gran mérito y alcance. Pero lo que permanece, lo que conmueve al lector, es la tremenda humanidad que trasciende al texto y nos toca en nuestro interior más profundo.

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Sobre la Psicología de la Incompetencia Militar, de Norman F. Dixon

(On the Psychology of Military Incompetence)
Ed. Anagrama, col. Argumentos
Barcelona, 2001 [1976]

Este es un libro fundamental, piedra angular de la polemología (aquí en España, erróneamente, tomada como la ciencia de la discusión; en otros países, más civilizados, la ciencia que analiza los conflictos), que inauguró el estudio de la incompetencia en un campo capaz de causar un enorme sufrimiento al ser humano.
La guerra es consustancial a la humanidad, mal que nos pese. Y si esta actividad es productora de sufrimiento y penalidad, y su ciencia es la de la obtención de objetivos minimizando el sufrimiento y penalidades, la incompetencia es un aspecto fundamental que entorpece la obtención de los objetivos, aumentando, de forma desmesurada e inútil, los padecimientos y aflicciones. En una magnitud irreparable, porque toda vida humana sacrificada por el aparente capricho de unas decisiones que parecen irracionales se convierte en el colmo de la inhumanidad.
Dixon, en un análisis no exento de humor, desvela que la incompetencia militar puede identificarse y, mediante su estudio por la psicología, depurarse.
El libro está dividido en dos partes. En la primera, Dixon pone ejemplos de crasa incompetencia militar: Crimea, la guerra de los bóer, las campañas coloniales inglesas en India y Afganistán, la guerra de trincheras en la Primera Guerra Mundial, el sitio de Kut, Singapur y Arnhem. Por numerosos que puedan parecer, la lista podría ampliarse considerablemente: los Dardanelos, Stalingrado, Pearl Harbor, Borodino, Waterloo, Vietnam, las Malvinas (por ambos bandos)... Lo curioso es que con posterioridad al estudio de Dixon, se han seguido produciendo casos de incompetencia flagrante. Y por las mismas causas que Dixon identifica.
En la segunda parte, la más extensa, y con un lúcido análisis, Dixon identifica la incompetencia, encuentra las causas de la misma y localiza el pecado original de porqué según qué generales llegaron hasta la posición en la que, sin el menor desdoro, pudieron provocar pequeñas o grandes catástrofes militares de resultado irrevocable para los recursos y los hombres que estuvieron implicados.
Es admirable que alguien se planteara la cuestión de que estos desastres no eran fruto de la casualidad o la mala suerte. Igualmente admirable es la argumentación que emplea para prevenir que incompetentes lleguen a tener el mando de operaciones en las que causar unos daños que, a pesar o quizás precisamente por estar inmersos en la actividad más destructiva de la humanidad, son en toda cuestión superfluos.
Como ejemplo de esta irracionalidad, que no puede atribuirse únicamente a la ignorancia o la estupidez, valga un epítome de la incompetencia; en la guerra de los bóer, la infame batalla de Spion Kop, en el análisis de Dixon:
«Fue entonces cuando el simple retraso y la falta de eficacia dieron paso a algo más cercano a la locura. Bajo la creciente tensión de la inactividad, una curiosa folie à deux pareció cernirse sobre Buller y su subordinado. Los hechos son, por orden cronológico, los siguientes:
»1. Un reconocimiento realizado por la caballería dirigida por Lord Dundonald comprobó que en el territorio que había al otro lado del río se encontraba una clara línea de avance para la fuerza de Warren.
»2. Warren se enfureció cuando supo que Dundonald había utilizado su caballería para efectuar el reconocimiento.
»3. En parte debido a su obsesión por su convoy de equipaje personal, y en parte por culpa de la no pedida y mal recibida información proporcionada por Dundonald, Warren rechazó el movimiento que se le proponía y optó en cambio por un avance directo a través de las sierras de Tabanyama, que se encontraban directamente frente a él. Por desgracia, esa zona no había sido reconocida.
»4. Fue entonces cuando Buller empezó a decir que el comportamiento de Warren era "carente de objeto y falto de resolución". A pesar de ello se negó a asumir el mando.
»5. El asalto a la sierra de Tabanyama por parte de Warren estuvo lejos de ser un éxito. Ello fue debido a que encontró a los bóer bien atrincherados en una segunda cresta cuya existencia ignoraba. Pero siguió negándose a avanzar por el flanco y dejar atrás las posiciones de los bóer.
»6. Buller, que estaba más inquieto a cada momento, cabalgó hasta la zona para criticar y dar consejos a Warren, pero ni siquiera entonces llegó a dar órdenes.
»7. La mirada de Warren se fijó entonces en la prominencia cónica constituida por Spion Kop. Inmediatamente comprendió que era necesario capturar esa colina. Buller estuvo muy de acuerdo, y ello a pesar de que ninguno de los dos generales había pensado anteriormente seguir esa línea de acción. Tampoco, naturalmente, habían imaginado siquiera qué consecuencias podía tener esta nueva actitud.
»8. La tarea de atacar lo que ha sido calificado de "una montaña desconocida, en una noche oscura, contra un enemigo decidido y de fuerza desconocida", fue entregada al general Talbot-Coke. Los "méritos" que le convertían en el hombre más a propósito para la empresa eran que acababa de llegar y se veía aquejado de cojera de una de sus piernas. Pero, cuando menos, su ignorancia acerca de la cumbre de Spion Kop, su forma y su extensión o su adecuación para su defensa, no era superior a la de los demás generales. Ninguno de ellos se preguntó porqué los bóer no habían instalado allí cañón alguno, ni se les ocurrió tampoco que a los bóer pudiera molestarles que los británicos la ocuparan. Por esta razón no se puso en práctica ninguna táctica de distracción del enemigo.
»Así, mientras los generales se quedaban al pie de la colina, los soldados recibieron órdenes de ascender la fuerte pendiente y, de este modo, penetraron en una niebla poco menos espesa que la que afectaba la mente de sus comandantes. Cuando, con una visibilidad casi nula, creyeron haber alcanzado la cumbre, la fuerza asaltante se detuvo y, tras felicitarse por la completa ausencia de enemigos, plantó la bandera británica y trató de atrincherarse. Digo "trató" porque la cumbre era aproximadamente igual al resto de la colina, roca pura. Nadie les había advertido de este hecho. Decidieron utilizar sacos de arena pero entonces se dieron cuenta de que nadie se había acordado de subirlos. Mientras la niebla se iba disipando hicieron lo que pudieron por crear defensas con pedazos de rocas y terrones, conscientes desde luego de la escasa protección que iba a proporcionarles aquella difícil construcción.
»Si aquello les dio que pensar, más motivos iban a tener pronto, pues, al mejorar de nuevo la visibilidad, hicieron un poco tranquilizador descubrimiento. No se encontraban donde creían encontrarse. En lugar de la cumbre, lo que habían ocupado era una pequeñísima altiplanicie situada algo por debajo de la cumbre: 1.700 hombres amontonados en una extensión de 350 por 450 metros, y sobre ellos, rodeándoles por tres lados, los bóer. El enemigo abrió fuego. En pocos minutos el suelo quedó cubierto de cadáveres, muchos de ellos con los agujeros de las balas en un lado de la cabeza o del cuerpo. Debido a que carecían totalmente de defensas para sus cabezas, las pérdidas causadas por la metralla fueron todavía mayores. Atrapados en aquella desesperada posición, sin directrices de sus mandos superiores y en ausencia de su general, doscientos Fusileros de Lancashire dejaron sus armas y se rindieron a los bóer. Su puesto fue ocupado por refuerzos enviados desde abajo.
»Mientras, Warren y Buller no hacían nada por ayudar a sus tropas. Horrorizados por lo que estaba ocurriendo en el monte, Warren, que en su mejor momento llegaba a ser supino, entró en una especie de trance que fue calificado de parálisis. Sólo una vez trató de intervenir en el curso de los acontecimientos. Fue para ordenar que su batería de cañones navales dejara de bombardear las posiciones que los bóer ocupaban en un pico vecino. Lo hizo creyendo, equivocadamente, que las tropas que estaban siendo bombardeadas eran británicas. A pesar de contar con un equipo para ello, no había establecido contacto telegráfico con sus tropas de Spion Kop. Si lo hubiera hecho, este caro error no habría ocurrido.
»En cuanto a por qué un general al mando de las tropas dejó deliberadamente de utilizar la principal fuente de información que tenía en aquel momento, es decir, los hombres de sus filas que se encontraban en primera línea, uno no puede contestar sino diciendo que, a uno u otro nivel, no quería enterarse de nada. Esta hipótesis, el hecho de que Warren utilizara el mecanismo psicológico conocido por denegación, es confirmado por otro curioso incidente. Un corresponsal de guerra que había sido testigo de los horrendos acontecimientos de la cumbre, corrió monte abajo para contárselo todo al general. Pero éste, en lugar de recibir esta información, desde luego no pedida, con gratitud, se puso furioso y ordenó que el periodista fuera arrestado por su insolencia. El corresponsal de guerra en cuestión era Winston Churchill.
»Pero el comportamiento de Warren, como hemos dicho, no era sino parte solamente de una folie à deux. El del comandante en jefe, Buller, fue igualmente extraordinario. El papel del jefe supremo de las fuerzas británicas en Sudáfrica consistió en resistir violentamente las sugerencias de sus subordinados que le instaban a lanzar un ataque contra las posiciones desde las que los bóer lanzaban sus bombas ininterrumpidamente contra los soldados británicos. Buller llegó incluso a hacer retroceder a las tropas que habían llegado a alcanzar las cumbres dominadas por el enemigo. Si se les hubiera permitido seguir adelante, la matanza de tropas británicas se hubiera reducido notablemente.
»Al llegar la noche, los que seguían vivos después del constante bombardeo y fuego de rifles, decidieron pedir autorización para retirarse. Por desgracia, sus líneas de comunicación volvían a funcionar mal, esta vez porque no les habían dado suficiente petróleo para sus lámparas de señales. El mantenimiento de comunicaciones con su propio ejército no era el fuerte de Warren. Pero sí dio órdenes al general Talbot-Coke para que subiera a la montaña y regresara con noticias. Sin embargo, una vez más hizo los mayores esfuerzos posibles para conseguir no oír lo peor. Para empezar, eligió como mensajero a un tullido que no conocía el país; pero, por si acaso triunfaba en su empeño de ascender y descender de la montaña, Warren adoptó una nueva precaución de última hora: cambiar su cuartel general de sitio. Como lo hizo durante la ausencia de Talbot-Coke, y sin decir palabra a nadie, consiguió conservar su ignorancia.
»Así terminó la batalla.»

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El Silencio de los Corderos, de Thomas Harris

(The Silence of the Lambs)
Ultramar Editores
Barcelona, 1990 [1988]

¿Habrá alguien que no haya visto la película? Y el problema es que si la han visto, no hay ninguna necesidad de leer la novela, porque se trata de una de las mejores y fieles adaptaciones fílmicas producidas jamás.
Sin embargo, ya hace unos días comenté El Dragón Rojo, primera aparición literaria del Dr Hannibal (the Cannibal) Lecter, y este personaje se merece un vistazo.
En primer lugar porque se ha convertido en un icono popular, algo muy difícil de conseguir, de los 90, como Freddy Krueger lo fue de los 80, el maníaco de Halloween de los 70 y el Drácula de Christopher Lee lo fue de los 60.
En segundo, porque hay diferencias significativas entre el Lecter de El Dragón Rojo y el de esta novela. Sigue siendo cínico, intrínsecamente malvado, sutilmente manipulador, vocacionalmente asesino y con una mente criminal; brillante, pero criminal.
Sin embargo, esa especie de relación paterno-filial (menos marcada en la novela que en la película) que se establece entre Lecter y la agente Starling (esto era antes de que Harris empezara a desbarrar con esa tontería titulada Hannibal) hace que se cree una corriente de simpatía hacia el psicópata doctor.
El público parece desear que Lecter escape de las manos del estúpido doctor Chilton, culpable de soberbia, incompetencia e idiotez, pero que no ha matado (ni mucho menos comido) a nadie. Esta corriente de simpatía persiste a pesar de que, para conseguir sus fines de venganza, Hannibal Lecter deje un rastro de cadáveres en los simpáticos (más marcada esta simpatía en la novela que en la película) policías y los inocentes enfermeros. Incluso aunque exista la certeza de que en su camino Lecter va a dejar atrás más muertos que el terremoto de San Francisco.
Los que menosprecian el género de terror harían bien en considerar bajo esta luz tanto película como novela, no para examinar un personaje extralimitado y de ficción, sino para mirarnos a nosotros mismos. El experimento puede resultar fascinante.

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Quel Petit Vélo à Guidon Chromé au Fond de la Cour?, de Georges Perec

En Romans & Récits
Le Livre de Poche, col. La Pochothèque
Varese, 2002 [1966]
Edición de Bernard Magné

Leí a Georges Perec mucho antes de saber que era escritor. Se trataba de una entrevista en Science & Vie sobre el juego japonés del Go. Que recuerde una entrevista en lengua extranjera sobre un juego que no he practicado jamás es significativo, y quiere decir que trascendía la mera anécdota y el propio tema para convertirse en algo más. Es muy difícil definir la genialidad, pero una de sus constantes, en mi opinión, parece ser la capacidad del genio para hablar de cualquier cosa y convertirla en algo original e interesante.
Tal vez, también, me llamara la atención su aspecto. Un rostro enmarcado por un cabello encrespado y una perilla indescriptible, pero sobre todo una cara bondadosa y con una mirada de niño feliz que disfruta de la vida como un juego. En esa entrevista, Perec mostraba que no había dejado de jugar jamás, a lo que fuera, y se tenía la impresión de que después de entrevistado iría de nuevo a jugar, y si era a algo nuevo, mejor. No es de extrañar que recibiera de la vida un juego que ésta pone a todos a nuestra disposición, pero que a él le debió encantar. El inmenso e interminable juguete del lenguaje que puesto en sus manos le iba a convertir en un narrador prodigioso.
¿Aquél Pequeño Velomotor con Manillar Cromado en el Fondo del Patio? es un divertimento, una tontería entre la novela corta (por sus páginas) y el relato (por su extensión), un cuento épico en prosa adornado con diversas flores y ornamentos retóricos, empleados con finalidades satíricas, humorísticas y paródicas. Su tema, sin embargo, es muy serio. Un soldado va a ser enviado a la guerra de Argelia y sus compañeros se conjuran para idear un método para que obtenga la baja médica. El adjetivo de "épico" ya da idea del tono humorístico, y no obstante Perec, narrador sabio, consigue no ocultar el drama bajo el humor. Un divertimento, una tontería, pero en absoluto tonta; un ejercicio de estilo con todas las formas de la retórica, pero no sólo un ejercicio. Los subtextos están en toda obra para quienes quieran buscarlos y hallarlos. El secreto de la buena narración es que estén ahí sin molestar a la narración principal y sin quitarle protagonismo a esa narración.
Y Georges Perec no es escritor que haga nada superfluo. Y así, por ejemplo, riendo, riendo, uno percibe unas curiosas reiteraciones o fijaciones en el texto con los números once (cuenten las palabras del título) y cuarenta y tres. Es misión del comentarista el descubrirnos la fecha del 11 de febrero de 1943, cuando el padre de Georges Perec "murió por la Patria".

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El Dragón Rojo, de Thomas Harris

(Red Dragon)
Random House Mondadori/DeBolsillo
Barcelona, 2003 [1981]

Vamos a hacer abstracción de unas cuantas cosas. Estamos en 1981, ¿correcto? No se ha publicado El Silencio de los Corderos, ni se ha realizado la película, ni se han entregado los cinco Oscars que obtuvo, ni ustedes han leído esa novela ni, sobre todo, han visto esa película. ¿Correcto? Correcto.
Thomas Harris, tras una novela de moderado éxito, Domingo Negro (también llevada al cine), se centra en un caso de asesino psicopático y en su persecución por parte del FBI. En concreto, los esfuerzos de los agentes Jack Crawford y Will Graham para neutralizar a un asesino ritual, que mata en noches de luna llena a familias enteras, incluidos animales domésticos; sus rituales incluyen extrañas firmas con trozos de espejo y con marcas de dentelladas, de carácter sexual, en el cadáver de la esposa.
Hay elementos notables en esta historia de terror: es heredera de esa dividida personalidad que fue el Dr Jekyll y Mr Hyde, que ya había evolucionado modernamente en Psicosis, de Robert Bloch/Alfred Hitchcock, y la descripción de la motivación y evolución de la psicopatología del Dragón Rojo es remarcable. Prefigura las exhaustivas investigaciones del FBI, que han sido adoptadas por la ficción de hoy día (como, por ejemplo, CSI). La personalidad de un exagente reincorporado al servicio, Will Graham, muy capaz de empatizar con el asesino y las víctimas, por este hecho ejerce una fascinación intensa. Y la presencia de un personaje secundario, el doctor Hannibal Lecter, un socíópata encarcelado sin ninguna característica redimente que precisamente por su inteligencia se sitúa, no más allá del bien y del mal, sino adentrado totalmente en el mal.
Dentro del género, estas cualidades sumadas forman un conjunto que rara vez se da y, por ello, Harris se ha ganado un puesto honorífico en la literatura de terror.

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El Sastre de Panamá, de John Le Carré

(The Tailor of Panama)
Plaza & Janés, col. Ave Fénix, Serie Mayor
Barcelona, 1997 [1996]

La carrera literaria de John Le Carré ha ido siempre lastrada por la sombra de Graham Greene, el primer gran autor que escribió (y casi fundó) en el género de la novela de espionaje. No importa lo que Le Carré haya hecho, no importan los espías surgidos del frío o el comedido y realista Smiley. No importa que, si tenemos que citar a un autor que sintetice la Guerra Fría, su nombre acuda de inmediato a la mente. Siempre, en las críticas, en las historias de la literatura, en las referencias al género, siempre aparece Greene tapando a Le Carré.
Es una injusticia palmaria. Admiro a Graham Greene como escritor y como autor de mérito en cuanto a trama y estilo. Pero en cuestión de realismo, Le Carré es mejor. Entre otras cosas, porque no estropea sus novelas con finales felices tan inverosímiles y metidos con calzador que consiguen no ya desconcertarme, sino irritarme.
Le Carré admira igualmente a Greene. Pero (y esto es sólo elucubración mía), supongo que ya debía estar harto de estar a la sombra permanente del cuasi premio Nobel. Y donde Greene escribió Nuestro Hombre en La Habana, Le Carré escribió El Sastre de Panamá. Tal vez para demostrar hasta dónde se podía llegar con la misma historia.
Porque el argumento es casi el original de Graham Greene: Los servicios secretos de un país se acercan a un individuo inofensivo y le convierten en espía en un país latinoamericano. El espía es un fracaso total, pero por diferentes motivaciones, empieza a inventar información y remitirla a sus jefes; información cada vez más fantasiosa, cada vez más embrollada, cada vez más peligrosa, hasta que los acontecimientos escapan de las manos del protagonista y desembocan en el inevitable...
¿Final feliz? Sí en el caso de Greene. En la novela de Le Carré, lo que es inevitable es la catástrofe. ¿Por qué? Porque el mundo no es de color de rosa. El mundo real es gris, mezquino y sobre todo despiadado, y los servicios secretos son ese mundo combinado con la suciedad y sordidez de lo subterráneo.
En su realismo, Le Carré sale vencedor. ¿Y en el estilo narrativo? Tomen ustedes un ejemplo del inicio de esta novela: "Cuando Osnard irrumpió en el establecimiento, Pendel [el sastre del título] era una persona. Cuando se marchó, Pendel no era ya el mismo".
Pocas veces se ha expresado con tanta concisión el toque maldito de la corrupción del individuo.

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El Asombroso Viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza

Ed. Seix Barral, col. Biblioteca Breve
Barcelona, 2008 [2008]

Eduardo Mendoza es un practicante asiduo de la literatura humorística con estilo propio, que combina el humor suave con el absurdo y la sátira de costumbres, siempre empleando un lenguaje falsamente grandilocuente (puesto que es sólo un recurso estilístico, y no un defecto).
En este caso se trata de la historia del ciudadano romano del título que, en un viaje en busca de manantiales milagrosos (y que tienen un efecto desastroso en su organismo, y desagradable para quienes le rodean), se ve envuelto en una intriga policial en Palestina. El rico Epulón ha sido asesinado en Nazaret, y el principal sospechoso, un tal José, será ejecutado en cuanto él mismo acabe de fabricarse su propia cruz. Su hijo, Jesús, encarga a Pomponio que investigue el crimen y pruebe la inocencia del carpintero.
El recuerdo de la Vida de Brian es inevitable, y algo de eso hay, pero ahí se detiene la semejanza y Mendoza ejerce su magisterio de forma independiente y habitual en él, es decir, con gracia.
Se ha dicho que con esta novela Mendoza carga contra ciertas novelas hoy muy en boga (del tipo Código Da Vinci), y es cierto, pero también satiriza las novelas de detectives históricas (como las aventuras de Marco Didio Falco, una serie que ha acabado por morir de éxito), las novelas históricas en general, la historia sagrada y la novela detectivesca tradicional. Todo ello, como acostumbra, con una erudición más que notable, un empleo del lenguaje rico y original y un sentido del humor envidiable.
Como siempre, se pueden establecer gradaciones entre las novelas de Mendoza, y ésta no figura entre las excepcionales, cierto, pero Eduardo Mendoza cumple siempre lo que promete: se trata de una novela divertida, y el lector la recorre con una sonrisa en los labios y unas cuantas y sinceras carcajadas (a diferencia de otras llenas de promesas incumplidas, como esa pretendida novela de humor de William Boyd, Un Buen Hombre en África). Por eso, y por la escasez crónica que tiene el género humorístico en nuestro país, una novela de Mendoza siempre es una buena noticia.